La habitación

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La habitación olía a lavanda, un suave y envolvente aroma que te arropaba nada más entrar. La ventana estaba abierta y el aire hacía ondular las cortinas. También permitía que se colase el olor a campo que, mezclado con la lavanda, generaban una mezcla muy apetecible.
Los rayos del sol penetraban en la estancia calentándola e incidían de lleno sobre la cama.
La cama, que lucía bien hecha, con los cojines perfectamente colocados nos permitía, sin embargo, intuir unas leves marcas, reflejo de la anterior presencia de dos personas.
El resto de la habitación estaba vacía, exceptuando dos armarios que se miraban y que guardaban, entre otras cosas, muchos recuerdos y tesoros.
Un espejo ampliaba un poco el tamaño, reflejando en él el espacio vacío.
Dos personas se habían mirado hace escasos minutos en el espejo, sonriendole a su reflejo tras haber vuelto a colocar en su sitio las sábanas de la cama.
Habían dejado la ventana abierta, así como la puerta, para facilitarle la entrada a mi mirada curiosa.

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