El sol aún no se hace presente. Es un clima suave, no está nublado y logro calmarme, o eso digo para intentar convencerme.
Siento la sangre hirviendo dentro de todo mi ser y el sudor empapa mi camiseta.
Estoy seguro que no son ni las cinco de la mañana pero en realidad no quiero saber la hora, o al menos no exacta, no quiero saber cuántas horas más faltan para que acabe el día, cuando sé que a penas y a empezado mi sufrimiento. Lo peor de todo es que no logro conciliar el sueño cuando me acuesto.
-Todo es una estupidez -digo entre dientes.
Vuelvo a casa y al entrar tiro la puerta de un portazo. Todo ha dejado de importarme, y no tengo ni idea de cuándo pasó, pero aseguro que no fue hace demasiado tiempo.
Me doy un baño y al salir, aunque sé que estoy solo, envuelvo la toalla alrededor de mi cintura.
El espejo del cuarto de baño está empañado. Le paso la mano para poder ver mi rostro, pero ni siquiera estoy seguro de qué es lo que quiero ver ni con qué me voy a topar.
Mientras observo mi reflejo me da un ataque de rabia y mis manos se cierran. Mi puño derecho va directamente al espejo y se estrella con el, pero al instante quiero arrepentirme, el dolor me detiene, es como una explosión en mi mano.
Tengo una pelea en mi mente, entre por qué lo hice y que era necesario hacerlo.
Mis nudillos están rojos mientras que por pequeñas endiduras brotan unas minúsculas gotas de sangre. Mis oídos no prestan atención a las partes rotas del espejo cayendo y yo ya no tengo ni idea de lo que me sucede.
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