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Bueno, tú ocúpate del estómago y yo tomaré las micromuestras. Luego, examinaré el cerebro.
—Lo que tú digas —repuso Richard tomando los intestinos y llevándolos al lavabo para lavarlos.
Por su parte, Emma tomó distintas muestras de tejidos para su estudio
microscópico, especialmente de los pulmones y el corazón. Richard devolvió las tripas limpias a Emma, que se ocupó de ellas a conciencia, tomando muestras a medida que avanzaba. Entretanto, Richard se
puso manos a la obra con la cabeza y retiró el cuero cabelludo. Cuando Emma hubo terminado con el estómago, Richard ya estaba listo para que ella inspeccionara el cráneo. Emma le hizo un gesto al acabar, y él tomó la sierra eléctrica para seccionar el cráneo por encima de las orejas.
Mientras Richard se concentraba en su tarea, Emma tomó unas tijeras y abrió la herida suturada de la parte inferior de la pierna. Todo parecía en orden en la intervención quirúrgica. A continuación abrió las grandes venas de las piernas, resiguiéndolas desde los tobillos hasta el abdomen en busca de coágulos. No encontró ninguno.
—El cerebro me parece normal —comentó Richard.
Emma asintió. No se apreciaban hemorragias ni inflamaciones y su color era normal. Lo palpó con dedo experto y también lo encontró normal.
Unos minutos más tarde, Emma había extraído el órgano y lo depositaba en la bandeja que Richard sostenía. Comprobó los extremos seccionados de la arteria carótida. Igual que todo lo demás, eran normales. Pesó el cerebro. Su peso se hallaba dentro de los límites normales.
—No estamos encontrando nada —dijo.
—Lo siento —repuso Richard.
Emma sonrió. Además de sus otras cualidades, el muchacho era comprensivo.
—No tienes por qué disculparte. No es culpa tuya.
—Habría sido bueno encontrar algo. ¿En qué estás pensando ahora? No
parece que hubiera razón para que muriera.
—No tengo ni idea. Confío en que el estudio microscópico arroje alguna luz, pero no soy optimista. Todo parece tan normal… ¿Por qué no empiezas a coserlo todo mientras yo secciono el cerebro? No se me ocurre qué más hacer.
—Ahora mismo —contestó Richard en tono alegre.
Tal como Emma había previsto, el interior del cerebro tenía el mismo aspecto que el exterior. Tomó las muestras oportunas y fue con Richard para ayudarlo a suturar el cuerpo. Con los dos manos a la obra, tardaron unos pocos minutos.
—Me gustaría seguir con el próximo caso lo antes posible —dijo Emma—.
Espero que no te importe. —Tenía miedo de que, una vez se sentara, la fatiga volviera a apoderarse de ella con más fuerza incluso. Por el momento se sentía mejor de lo que había esperado.
—Claro que no —contestó Richard, que ya se estaba estirando.
Emma contempló el foso a su alrededor. Había estado tan absorta en la tarea que no se había fijado en toda la actividad. En esos momentos, había ocho mesas ocupadas con al menos dos personas atareadas alrededor de cada una. Miró en
dirección a la mesa de Logan. Este se hallaba inclinado sobre la cabeza de un cuerpo de mujer. Según parecía, había terminado con Tara Crown, y Luís se había marchado. Más allá de la mesa de Logan, Adam seguía trabajando con Ford en el mismo cuerpo que antes. Aparentemente, Bridham se había marchado para dar su rueda de prensa.
—¿Cuánto tardará el cambio? —le preguntó a Richard mientras este se llevaba los recipientes con las muestras.
—Casi nada.
Emma se acercó a Logan con sentimientos encontrados. No estaba preparada para más frivolidades; pero, tras sus bromas de antes con respecto a Crown, tenía curiosidad por saber qué había descubierto. Se detuvo al pie de la mesa.
Logan estaba muy concentrado haciendo un molde para una lesión que la mujer tenía en la frente, justo en la línea del pelo. Emma se quedó parada un momento, esperando a que él se percatara de su presencia. Al menos, Harold la había visto de inmediato y la había saludado discretamente.
—¿Qué has encontrado en el primer caso? —preguntó al fin Emma a Logan. Le parecía poco probable que él no se hubiera dado cuenta de su presencia, pero así debía de ser. No quería pensar en la posibilidad contraria.
Transcurrieron unos pocos minutos sin que Logan respondiera. Emma miró a Harold, que hizo un gesto de impotencia para decir que no se explicaba el comportamiento de Logan. Emma permaneció unos segundos más, sin saber qué
hacer a continuación. A pesar de que sabía que Logan era capaz de concentrarse en su trabajo hasta el punto de olvidarse de lo que lo rodeaba, a Emma le resultaba
muy incómodo seguir allí.
Las cosas no le fueron mucho mejor en la mesa de Ford. Aunque
Bridham se había marchado, Adam lo trataba con la misma aspereza mientras el caso se prolongaba interminablemente. Tras una rápida mirada a las otras cinco mesas, Emma optó por dejarse de relaciones sociales y volvió para echar una mano a Richard.
—Puedo hacer que me ayude uno de los otros técnicos —dijo este. Había
llevado la camilla y la había colocado al lado de la mesa.
—No me importa —contestó Emma.
Hubo una época, no mucho tiempo atrás, en la que los forenses se iban a tomar un café o a compartir comentarios en la sala de identificación entre caso y caso; sin embargo, con los complicados trajes de seguridad que llevaban, en ese
momento les suponía demasiada incomodidad.
Cuando los restos de Chase Larsen estuvieron guardados en el frigorífico
portátil, Richard condujo a Emma hasta el compartimiento del siguiente caso, un hombre llamado Dominic McCabe. En el instante en que Richard abrió la puerta del nicho para sacar el cuerpo de un delgado y desnutrido afroamericano, Emma se acordó de que se suponía que era un caso de sobredosis. Su experimentado ojo se fijó inmediatamente en las cicatrices y marcas que el hombre tenía en antebrazos y piernas como resultado de su adicción. A pesar de que Emma estaba acostumbrada a ese tipo de casos, todavía tenían el poder de impresionarla. Con menos control del habitual sobre sus pensamientos, su mente dio un salto en el tiempo de vuelta a una limpia y ventosa tarde de octubre de 1985, cuando había
vuelto a casa a toda prisa desde el la escuela —el Colegio Femenino Gilbert—.Vivía con sus padres en un gran departamento de antes de la guerra en ParkAvenue. Era el viernes anterior al largo fin de semana del 19 de octubre, y estaba muy
emocionada porque Joy, su único hermano, había vuelto a casa la noche
anterior de Yale, donde hacía su primer curso.
Al salir del ascensor al vestíbulo privado, Emma había notado una
preocupante quietud. Ningún sonido salía de la ventana que daba al cuarto de la lavadora. Entró en el apartamento y llamó a Joy por su nombre mientras dejaba los libros en la mesa del vestíbulo antes de acortar por la cocina. Cuando
no vio a Penny, se sintió momentáneamente aliviada al recordar que era el día
libre de la sirvienta. Gritando el nombre de Joy, se asomó al estudio que había al otro lado del salón. El televisor estaba encendido pero sin sonido, lo cual aumentó su inquietud. Durante un momento contempló un programa de juegos mientras se preguntaba por qué la televisión estaba encendida sin sonido. Volvió a llamar a su hermano mientras reanudaba su búsqueda por el piso, convencida de que en casa había alguien. Cuando pasó ante la sala de estar, empezó a caminar más deprisa, presa de una repentina urgencia.
La puerta de la habitación de Joy estaba cerrada. Llamó, pero no obtuvo respuesta. Volvió a llamar antes de intentar abrir. No estaba cerrada. Entró y descubrió a su querido hermano tirado sobre la moqueta, vestido únicamente con
su ropa interior. Para su espanto, una espuma sanguinolenta le goteaba de la boca, y su color era tan pálido como la porcelana que había en el aparador del comedor. Tenía un torniquete medio flojo en el antebrazo. Cerca de su mano
entreabierta yacía una jeringuilla. Sobre la mesa había un envoltorio transparente
que Emma supuso contenía la droga, la mezcla de heroína y cocaína de la que se había pavoneado la noche antes. Emma captó la escena en su totalidad antes incluso de arrodillarse para auxiliarlo.
No sin dificultades, Emma se obligó a regresar al presente. No quería pensar en sus vanos intentos por reanimar a su hermano; no quería recordar lo fríos y desprovistos de vida que había notado sus labios cuando los tocó con los de ella.
—¿Puedes ayudarme a colocarlo en la camilla? —le preguntó Richard—. No
es muy pesado.
—Desde luego —contestó Emma, contenta por ser útil. Dejó el expediente de Dominic McCabe y echó una mano.
Unos minutos después, los dos estaban de vuelta en la sala de autopsias. Una vez allí, cuando Richard hubo situado la camilla al lado de la mesa, uno de los
técnicos lo ayudó a tender el cuerpo sobre la mesa. Emma vio los secos restos de sanguinolenta espuma que le quedaban en la boca; la imagen la devolvió a su malsana ensoñación de antes. Pero no eran sus fracasados intentos de reanimación los que ocupaban su mente, sino el enfrentamiento que había tenido
que soportar con sus padres unas horas más tarde.
—¿Sabías que tu hermano tomaba drogas? —le había preguntado su padre con el rostro rojo de ira y a escasos centímetros del de ella. Los dedos de él se le hundían en la piel de los brazos, por donde la sujetaba—. ¡Contéstame!
—S… Sí —balbuceó Emma entre lágrimas—. Sí. Sí.
—¿Y tú también tomas drogas?
—¡No!
—¿Cómo sabías que Joy las tomaba?
—Fue por casualidad. Encontré en su neceser una jeringa que él había tomado de tu despacho.
Se produjo un momentáneo silencio mientras los ojos de su padre se estrechaban y sus labios se convertían en una línea delgada y cruel.
—¿Y por qué no nos lo dijiste? —gruñó—. Si nos lo hubieras dicho, tu
hermano seguiría vivo.
—¡No podía! —Sollozó Emma.
—¿Por qué? —gritó su padre—. ¡Dime por qué!
—Porque… —Emma se echó a llorar—. Porque me pidió que no os lo
contara. Me lo hizo prometer. Me dijo que nunca más me dirigiría la palabra si les decía.
—¡Muy bien, pues tu promesa lo ha matado! —replicó su padre—. Tu
promesa lo ha matado tanto como esa maldita droga.
Una mano aferró el brazo de Emma, y ella dio un respingo. Se volvió y miró a Richard.
—¿Hay algo especial que quieras para este caso?
—Lo de siempre —contestó Emma.
Mientras Richard se dirigía a tomar los elementos necesarios, Emma respiró profundamente para recobrar el control. Intuitivamente sabía que debía mantener la mente ocupada para evitar que siguiera escarbando en más recuerdos penosos. Abrió el expediente que tenía delante, buscó entre las hojas el informe de Mónica, la investigadora forense, y empezó a leer: el cuerpo había
sido hallado en un contenedor de basuras junto con los instrumentos para pincharse, lo que sugería que Dominic había muerto en otro sitio y había sido arrojado con el resto de la basura. Emma suspiró. Tener que ocuparse de asuntos como aquel era la parte negativa de su trabajo.
Una hora después, y de nuevo vestida con su ropa de calle, Enma subió al
ascensor trasero. El caso de sobredosis había sido simple rutina y no había deparado sorpresas. Dominic McCabe mostraba los signos habituales de muerte por asfixia y edema pulmonar. Los únicos hallazgos mínimamente interesantes
fueron varios: pequeñas y discretas lesiones en distintos órganos que sugerían que el sujeto había sufrido numerosas infecciones como resultado de su adicción.
Mientras el anticuado ascensor subía traqueteando hacia la cuarta planta,
Emma pensó en Logan. Cuando ella había acabado con Dominic, él empezaba su tercer caso. Entre el segundo y el tercero había salido de la sala empujando la camilla mientras Harold la guiaba. Incluso desde donde ella se encontraba, Emma los oyó haciendo los habituales comentarios jocosos. Cinco minutos después, ambos volvían con el caso siguiente, haciendo gala del mismo humor que antes.
A continuación, trasladaron el cadáver a la mesa de autopsias y empezaron con los procedimientos previos antes de ponerse manos a la obra. En ningún momento hizo Logan ademán de acercarse a la mesa de Emma, entablar cualquier
clase de conversación o ni siquiera mirarla. Ella se encogió de hombros.

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