—¡Alfred, el mueble del salón!
Alarmado ante el grito de Amaia, Alfred salió corriendo del que dentro de poco se convertiría en el dormitorio de la navarra.
Habían comenzado la mudanza esa misma mañana después de haber estado casi un mes buscando un piso que estuviera cerca del conservatorio y, a ser posible, cerca de la casa de él. Y finalmente tras tantas horas y días de búsqueda, allí se encontraban subiendo y colocando todas las cosas que Amaia había traído desde Pamplona.
—¿Qué mueble del salón, Amaia?
—El que quería poner aquí —dijo con aire triste señalando delante de la mesita que había en el centro del salón.
—¿Te lo has dejado en Pamplona?
Amaia asintió lentamente mientras se acercaba a él.
—No pasa nada, a lo mejor tú hermano nos lo puede traer. O si quieres algún fin de semana podemos hacerles una visita rápida, así desconectamos un poco y nos lo traemos, ¿vale? —la atrajo hasta su pecho notando como asentía y le besó la cabeza con suavidad— No te agobies, cuquita.
—Ay, lo siento. Es que estoy bastante nerviosa por todo.
—No me tienes que pedir perdón. —le recriminó dulcemente mientras que entrelazaba sus dedos con los de ella— Sólo relájate, —echó un vistazo su alrededor y la volvió a mirar, divertido— ¿quieres que veamos una peli?
—Me encantaría pero... hay muchas cosas que colocar todavía, Alfred— señaló las cajas que había a la izquierda del sofá blanco del salón.
—He dicho que tienes que relajarte .
La empujó levemente para que sentara en el sofá y le sonrió.
—Parece que nos hemos cambiado los papeles.—comentó ella riendo— Casi siempre soy yo la que te tiene que frenar cuando empiezas a ordenar toda la casa porque quiero ver una película.
—Es cierto, estoy traicionando a mis principios, pero la ocasión lo merece.
—¿Harry Potter? —le preguntó mientras la buscaba en la caja donde habían metido los discos y las películas ya que sabía con total seguridad cuál iba a ser su respuesta.
Asintió y pasó por su lado para preparar un bol de palomitas.
Una hora después, Amaia estaba acariciando los rizos de un dormido Alfred, que tenía la cabeza apoyada en su regazo.
—Si al final el que necesitaba descansar eras tú —susurró Amaia acariciándole la mejilla mientras volvía a prestar atención a la película.
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Alfred esperaba tranquilamente apoyado en la pared de aquel edificio. Se sentía como un adolescente que esperaba a su novia en la puerta del instituto porque ese día él había hecho novillos.
Estaba tan concentrado en mirar su móvil para distraerse que no se percató de que las clases habían finalizado y que la figura de una joven con una coleta, casi cinco carpetas en mano y con una gran sonrisa emocionada se colaba en su campo de visión.
—¡Alfred, has venido!
No pasaron por alto las miradas de algunos alumnos que los observaban curiosos.
—Pues claro que he venido. Dame eso. —señaló las carpetas que la chica cargaba en su brazo derecho y entrelazó sus dedos con los de ella con la mano que le quedaba libre— ¿Qué tal tu primer día?
—Ay, ha sido increíble. Hemos...
Unos pasos que escuchaban por detrás les distrajeron.
—Perdona, ¿podría hacerme una foto con vosotros?
Se miraron un poco desconcertados al principio, como siempre hacían cuando les ocurría aquello. Pero pronto una sonrisa se les instalaba en la cara.
—Erais mis favoritos de la edición —comentó mientras se posicionaba entre ellos dos para la foto.
—Jo, muchísimas gracias.
—¿Ahora estudias aquí? —le preguntó la niña ilusionada.
—Pues sí, estoy terminando las clases de piano ahora.
—¡Hala, que guay! —sonrió la pequeña emocionada.
—Bueno, cariño, nos tenemos que ir.
—Antes de iros, ¿podéis firmarme mi cuaderno, porfa?
—¡Claro! ¿Tienes un boli?
La madre de la pequeña que observaba todo un poco alejada, avanzó hasta la niña y revolvió en su mochila.
—¿Cómo te llamas?
—Helga.
—¡Hala! ¿En serio? —no pudo evitar preguntar el catalán.
—Es muy bonito —asintió Amaia sonriendo, sabía la ilusión que le había hecho Alfred escuchar aquel nombre.
Le pasó el cuaderno a él y se despidieron de Helga y su madre.
—Menuda coincidencia —comentó Alfred mientras caminaban hacia su casa. Habían acordado que hoy se quedarían a dormir allí.
—Sí, ¿has visto que mona era?
—Me imagino así a nuestra hija.
Aunque el comentario de él le pilló un poco por sorpresa, Amaia no pudo evitar besar su mejilla con cariño y seguir andando agarrada de su brazo, fantaseando con lo que acababa de decir el catalán.
Helga García Romero.
Sonaba incluso mejor de lo que pensaba.
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Pinceladas
FanfictionPequeños relatos de la historia de Alfred y Amaia, durante y después del concurso. Sin ningún orden cronológico y sin ningún tipo de correlación entre ellas, a menos que lo indique el capítulo.
