Compromiso

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—Alfred, vamos a llegar tarde.

Volvió a tocarle el brazo que descansaba fuera de las sábanas debido al calor que había hecho durante toda la noche.

Vivían en aquel piso cerca del centro de Barcelona desde hace medio año. Después de tanto tiempo intentando cuadrar sus agendas y buscando un piso adecuado y que les gustase, encontraron el perfecto.

Alfred emitió unos sonidos de bebé, que en otro momento le habrían enternecido como siempre pero en aquel instante la pusieron más nerviosa porque aquello sólo significaba una cosa: Alfred no se despertaría por las buenas.

—Alfred, vamos, que hemos quedado a las dos y son las doce y media.

— Mmh —se revolvió más en las sábanas evitando por todos los medios que no llegara el momento de levantarse de la cama. Seguía siendo un bebé aunque ya tuviera veintiséis años— Tú misma lo has dicho, son las doce y media y queda mucho tiempo todavía.

Justo en ese momento asomó la cabeza de debajo de la almohada y Amaia no pudo evitar acercar su dedo y acariciarle la mejilla, gesto que Alfred recibió gustoso cerrando los ojos y disfrutando de la caricia. Se quedaría allí con él pero tenían que prepararse para la fiesta y esta vez, por muy raro que parezca, Amaia no se permitió llegar tarde.

—Bueno, haz lo que quieras. Yo me voy a duchar —siguió andando por el pasillo en dirección al baño cuando escucho unas fuertes pisadas detrás de ella. Unas manos la cogieron de la cintura y la acercaron a su pecho. Lo sabía.

—¿Hay sitio para mí?

Ella sonrió triunfante.

—Siempre hay sitio para ti.

Cuarenta y cinco minutos después, ya estaban vestidos y listos para irse. Alfred con una camisa blanca con el primer botón desabrochado y unos pantalones vaqueros ajustados, también llevaba una chaqueta vaquera negra por si tenía frío al volver. Llevaba el pelo despeinado a petición de Amaia, ya que le daba un toque más desenfadado aún. Ella, por su parte, llevaba un top color crema lencero y un pantalón palazzo negro. Se había hecho un medio recogido y se había maquillado de forma natural.

Se miraron en el espejo que había en la entrada de su piso y no pudieron evitar hacerse varias fotos.

—Estás guapísima, este top es muy bonito —la miró a través del espejo— Y el pantalón te hace buen culo, bueno ya tienes buen culo, pero... ya me entiendes.

Soltó una carcajada y le besó. Un beso rápido,  porque sabía que teniendo a Alfred delante con esa camisa blanca y esos pantalones vaqueros negros ajustados que llevaba, su maquillaje y su peinado no iban a durar mucho tal y como estaban ahora.

—¿Sabes dónde es?

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Que sí —la miró divertido por el espejo del ascensor.

Se montaron en el coche y Amaia puso el GPS. No tenía ni idea de donde se iba a celebrar la fiesta y no se fiaba nada de su novio.

—¿Cómo decías que se llamaba el sitio?

—Pero que da igual, relájate, —la intentó tranquilizar él— que yo me acuerdo de la dirección.

Eso la consiguió relajar hasta que vio que habían pasado casi cinco veces el por el mismo sitio en los últimos diez minutos.

—¿Eres consciente de que acabamos de pasar por el mismo sitio cuatro veces?

Sí que lo sabía.

—¿Puedes llamarle y preguntarle qué dónde está eso?

Amaia no pudo evitar reír, fue un ataque de risa de los buenos.

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