No, no lo hice por venganza. No lo hice por miedo ni ambición, ni mucho menos locura. Me han hecho múltiples exámenes psicológicos y no han encontrado ni el más nimio rastro de demencia en mi cerebro. No, no lo hice por eso.
No tenía nada en contra de ella. Era dulce, bonita y amable. No tenía que ser ella, más lo fue, no por envidia, no por odios ni calumnias de tal tipo que dicen en contra de mi intelecto. Fue ella simplemente porque confiaba en mí lo suficiente como para serlo. Porque era capaz de reírse de las bromas que hacía, de acercarse a mí con una sonrisa dulce, con alegría en sus ojos, y mostrarme afecto, claro está, no del tipo romántico, sino más bien de amistad pura.
Por eso fui esa noche a su apartamento, llevando conmigo mi trabajo de matemáticas para usar como excusa y distracción, una bolsa de comida y una navaja. Por eso actué con calma, como si no pasara nada, mientras me explicaba aquel problema. Por eso dije que iría al baño, tcogí el cuchillo de mi maleta, que estaba en el perchero tras el sofá y, una vez allí, la tomé por sorpresa mientras revisaba su celular y le perforé la garganta.
Todo fue calculado, cada detalle, cada movimiento planeado a la perfección. La bolsa colocada en aquel punto estratégico, el sofá que tanta veces me había puesto a analizar, el corte casi quirúrgico que me permitiera controlar la salida de aquel líquido rojo y de la vida de su portadora.
No lo hice por dolor, ni en un ataque de ira, ni por alguna estupidez de las que dicta la moral. Solo lo hice porque quería hacerlo. Porque quería ver sangre. Quería ver aquella cara de sorpresa, oír aquella exclamación asombrada al entender lo que era ser traicionado. Deseaba observar la piel perdiendo su habitual color rosa, para convertirse en un verdoso marfil, y la vida huir de los esperanzados ojos.
No me arrepentí y no me arrepiento ahora. Podría volver en el tiempo una y otra vez, no cambiaría mi decisión. Lo volvería a hacer sin pensármelo dos veces. Aquí, descansando en mi cama una semana después de escuchar la noticia de que la policía se ha rendido, dejando al autor de tan perfectamente elaborada obra de arte como anónimo, sonrío recordando a cada detalle la tan maravillosa pieza, tan artístico crimen elaborado por mis propias manos.
Pero mi sangre empieza a hervir, mi cuerpo tiembla, mis ojos se humedecen y mi mente intenta comprender qué es lo que está sucediendo una vez volteo mi cabeza para encontrar aquella inocente sonrisa y aquellos esperanzados ojos, observándome burlones desde el marco de mi puerta.
Bueno, mis queridos lectores, he aquí otro pequeño cuento. Ojalá les guste y nos vemos en el siguiente capítulo.
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Cuentos de media noche
TerrorEsta es una pequeña recopilación de cuentos basados en pesadillas que he tenido. Es un tanto extraño y no todos los cuentos tienen mucho sentido que digamos, al estar basados en algo tan confuso como las pesadillas, pero igual espero les gusten.
