La historia de Charlotte

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-Hola.

La tía Charlotte se acercó a saludarme.

-¿Cuál es tu nombre? El mío es Charlotte, como ya sabes. Puedes decirme Charlie, aunque sea nombre de hombre.

-Me llamo Emma, y puedes decirme Em, como Lisa.

Ella era divertida. Era de ese tipo de gente que ves y que te da la sensación que tiene por juguete preferido a la vida.

-Sabes Em, no me gusta conocer gente que no sepa la historia de mi vida. Así que te la voy a contar. Y, Lisa, hazme el favor de sentarte a escuchar tú también.

Lisa resopló y se sentó a escuchar.

-De acuerdo, sé que le conté a Lisa esta historia como cien veces, pero no importa... Cuando yo nací, hace cincuenta y cuatro años, tres meses y catorce días, era invierno. Adónde yo nací el invierno era blanco. Es decir, nevaba. Nevaba por doquier y en grandes cantidades. Yo nací con la nieve. El día de mi cumpleaños número catorce, mi madre me mostró algo que nunca olvidaré. Vivíamos en una casona antigua que había pertenecido al conquistador de no sé qué. Ese día mi madre me tomó por la mano y me condujo en silencio hasta una puerta de madera en el piso que yo nunca había visto. La abrió y resultó ser que había una escalera que llevaba a un túnel. Yo tenía miedo. Seguí a mi madre a través del pasillo. Caminamos como cinco minutos, y cuando pensé que nunca llegaríamos a donde fuera que teníamos que ir, apareció una intimidante puerta de acero delante nuestro. Estaba bien cerrada. Mi madre habló por primera vez.

-Charlie, era hora de mostrarte esto, hija. Esta puerta está aquí desde que se construyó la casa. Nunca nadie de la familia la ha abierto y no se sabe que contiene adentro. Quizá un tesoro, pero no hay manera de encontrar la llave correcta.

Nos retiramos y la vida siguió como siempre, salvo que algo en mí había cambiado. El misterio de la puerta de acero me atormentaba tanto de día como de noche. Era una pesadilla... Estuve dos años así. A los dieciséis me decidí encontrar la llave. Investigué durante veinte años, y por fin a los treinta y seis años encontré la respuesta. Inventé una réplica exacta de lo que hubiera sido la llave de la puerta. Pude abrirla. Recuerdo el momento antes de abrirla. Estaba muy nerviosa, no sabía qué pasaría cuando abriera la puerta. Giré la llave en la cerradura y la puerta se abrió tan suavemente como si fuera una pluma. Adentro había un cofre sin candado. Lo abrí y dentro tenía algo que me dejó estupefacta: un collar de perlas falsas con una nota que decía "¡CAÍSTE!"

La vida de EmmaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora