MIGUEL.

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El maestro de artes descargó su libro sobre el escritorio llamando la atención de todos los alumnos, sobre todo de los más distraídos. Unos pequeños gritos femeninos se hicieron sonar por todo el salón después del estruendo que generó el libro del maestro. Seguro las chicas estaban hablando y el sonido interrumpió bruscamente su charla.

El hombre frente a la pizarra comenzó a explicar algunas técnicas de dibujo mientras vigilaba los movimientos de los estudiantes, seguramente esperando volver a asustar a medio salón con sus golpes sobre las superficies planas.

- ¿Podrías quedarte después de clase, Miguel? - Levanté la vista y puede contemplar al maestro con una expresión fría y con sus ojos clavados en los míos.

Todos los chicos y chicas que se encontraban en la clase comenzaron a hacer comentarios inapropiados y especulaciones sobre la relación entre el maestro y yo.

Asentí y continué haciendo mi trabajo. El lápiz se movía prácticamente solo sobre aquella blanca hoja manejando sombras y luces aleatoriamente. La campana sonó y todos mis compañeros comenzaron a salir mientras yo soltaba el lápiz, me cruzaba de brazos y observaba inquisitivo al maestro.

Cuando quedamos totalmente solo se levantó corriendo una silla roja y poniéndola frente a mi pupitre, se sentó y comenzó a mirarme.

- ¿Sabes porque hice que te quedaras? - Alzó una ceja.

- (...) Me quiere violar. - El hizo una nueva de asco y negó. Lo admito, me sentí insultado

- No, tus dibujos, tus dibujos son... - Su mirada viajo de un lado a otro intentando encontrar la palabra indicada.

- ¿Increíbles? ¿Fantasticos? ¿Excepcionales? - Sonreí.

- No, son horribles... En serio. - Rió.

¡¿Escuchas eso?! ¡Es mi corazón rompiéndose!

Reí un poco y le sonreí. - Entonces... ¿Qué me sugieres?

- Podrías pedirle ayuda a María, la chica del otro grupo, una muchacha alta con cabello castaño y ojos claros... Podría enseñarte algunas cosas que podrían mejorar tú técnica.

María era una vieja amiga, nos habíamos criado juntos hasta que comenzó a volverse algo distante y extraña, mantenía hablando sobre cementerios e historias de terror, mientras que a mí me estaban empezando a gustar otro tipo de cosas, la música, las matemáticas y... El dibujo.

El maestro de levantó, acomodó la silla y se apoyó sobre el escritorio.

- Puede retirarse. - Me señaló la puerta con una sonrisa.

Llegué a casa un poco cansado, como si la energía se me hubiese consumido por completo. Vebbie se acercó corriendo extendiendo sus pequeñas manitas esperando un abrazo, la alcé y le dí un pequeño beso en su mejilla.

- Llegas tarde, que no vuelva a pasar, me estoy muriendo de hambre. - Asentí, descargué el bolso y me puse a preparar el almuerzo para mi hermanita, mi hermano, mi mamá y tal vez a mi padre.

Comencé a sentirme mareado y muy cansado, me senté en una silla frente a la estufa y escondí la cabeza entre los brazos y las piernas intentando recuperar las fuerzas... Pero no fué así...

Al despertar, me encontraba aún en la silla, con cautela me levanté y eché un vistazo a la cocina, la cual estaba hecha un desastre. Agarré un paño húmedo y empecé a frotarlo con fuerza sobre la mesa de baldosa. Había un líquido rojo oscuro que estaba esparcido como gotas, gotas secas e imposibles de quitar. Un fuerte olor a hierro llegó de la nada, miraba desesperado para todos lados hasta que ví el piso de la cocina inundado por... Sangre. Escuché unos fuertes gritos desde la sala, eran de mi hermanita, así que no dudé un segundo salir para encontrarme con una escena bastante desagradable. Mi pequeña hermana degollada sobre el sofá, sangre regada por el suelo y sobre ella, un vestido blanco con los números "3:47" escritos con sangre.

Salte sobre la silla y me dí cuenta que todo había sido un sueño, me levanté y comprobé que la comida estuviese lista y en buen estado. A pesar de haberme dormido, el almuerzo había quedado perfecto, no se había quemado.

Comencé a servir y nos sentamos en la mesa. Mi padre no había llegado, seguro no llegaría hasta la madrugada, y por si fuera poco borracho. Vebbie jugaba con un pequeño lacito verde, mi hermano estaba mirando unas hojas y mi madre no paraba de mirar hacia la puerta.

- ¿Que tal vuestro día? - Rompí el silencio.

- ¡Hoy aprendimos los números del uno al treinta! - Dijo la pequeña con una gran sonrisa mientras mi mano revolcaba su cabello.

- Mucho trabajo... - Mencionó mi hermano.

- Bien, aunque muy cansada... Tuve un sueño muy extraño. - Mi madre se sentía igual que yo.

- ¿Sobre qué? - Miré a mi madre.

- Prefiero no recordarlo. - Sonrió y continuó comiendo.

Me levanté sin haber terminado y subí las escaleras buscando un teléfono para llamar a María.

- ¿Hola? - pregunté inseguro.

- ¿Miguel? - María me reconoció al instante, pero sonaba un poco extraña. Asumí que le había cambiado la voz o algo así.

- ¡María! Hola.

- Estaba esperando tu llamada, el maestro de arte habló conmigo, dice que tienes problemas con su clase.

- Sí. - Reí - Deberíamos reunirnos para hacer el trabajo ¿Es posible hoy?

- No, estoy un poco ocupada... Lo lamento, me necesitan, si puedes mañana en la tarde... Tengo que irme, hasta pronto.

- Hasta pronto. - La línea se cortó y  colgué el teléfono.

Entré a mi habitación frotándome las sienes por un fuerte dolor de cabeza. El sueño sangriento ocupaba toda mi mente junto con los números 3, 4 y 7. Abracé un pequeño perrito de peluche, mientras pensaba en el profesor de arte, era apuesto, dulce, comprensivo y sincero. Me había ayudado mucho en el transcurso del año, me brindaba tutoría los viernes a las 5 y me daba bastante vergüenza no haber avanzado por estar embelesado con su rostro.

La tarde corría tranquila, mi maestro seguía ocupando gran parte de mi cabeza. Me senté en la cama y agarré un pequeño libro, me senté en el piso, encendí una pequeña lámpara y comencé a leer.

El libro trataba sobre viajes en el tiempo y un romance vastante entretenido. Luego de haber llegado a la página número 437, la última del libro, miré hacia el techo suspirando, me levanté y abrí la puerta de mi habitación para bajar a buscar comida. Todo ya estaba apagado, seguramente, ya estaban durmiendo, el libro me había consumido por completo, y había perdido la noción del tiempo.

Todo estaba muy oscuro, a tropezones bajé las escaleras y abrí la nevera, miré el reloj que estaba junto a la ya antes mencionada...

- ¡Mierda! - Eran las 3:45 a.m. agarré un recipiente lleno de frutas picadas y me dispuse a comerlo.

Unos golpecitos suaves dieron contra la puerta, pensé que habían sido producto de mi imaginación. Pero los golpes volvieron a escucharse, aún más fuertes y desesperados. Un extraño sentimiento recorrió mi estómago como un rayo, un presentimiento, que me hizo pensar antes de abrir, pero no lo suficientemente fuerte para detenerme.

Abrí con delicadeza la puerta evitando hacer ruido, pero una fuerza exterior la abrió de un fuerte golpe, di tres pasos hacia atrás de la sorpresa y pude distinguir, a una mujer no muy alta, pero bastante aterradora. Señaló detrás de mí, exactamente al reloj que recién marcaba las 3:47 a.m.

Clavó sus uñas en mi abdomen arañando tan fuerte, que pudo agarrar un pedazo de piel, y algún órgano. El dolor era tan fuerte, que hizo que me derrumbara por completo mientras veía un río de sangre sobre el piso de madera.

El "rostro" de la mujer era cada vez más aterrador, hasta que metió su mano por mi garganta haciéndome ahogar y jalando algo que hizo que me doliera el pecho de una forma anormal. El dolor terminó recorriendo mi cuerpo, y entonces noté que lo que tenía la mujer agarrado era mi corazón.

Con un fuerte jalón me desconectó dolorosamente del mundo.

Perdón por haber tardado tanto, tuve pequeños percances con el internet.

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⏰ Última actualización: Jun 28, 2020 ⏰

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