Capitulo 4:

5.5K 256 28
                                        

"Lo nuevo resulta curioso, inquietante y terrorífico"

Abrí los ojos a causa de ese estridente ruido, cuando me di cuenta de que ya no estaba esposada a la mohosa tubería. Por lo menos podré defenderme algo, pensé.

-Uno, dos, tres, cuatro y cinco-conté en voz baja. Estos son los pasos que se escuchan todos los días a la misma hora. En realidad no son pasos son golpes secos, producidos por no se quién, a no se dónde y por no se qué. 

Vamos que tengo mas preguntas que pruebas, pero algo es algo.

A los diez minutos, aproximadamente, los mismos golpes se escuchaban un poco más cerca.

-Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Cinco exactamente. Ni uno más, ni uno menos. Esto me lleva a pensar que o es una máquina o es una persona minuciosa y realmente perfeccionista.

Cogí la piedra que usaba de tiza y lo apunté en la zona del suelo que cubría el colchón.

Una hora más tarde, escuché el ruido de la puerta de metal, lo que significaba que mi secuestrador venía hacía aquí. Coloque el colchón en su lugar y escondí la piedra bajo la almohada mientras cogía un libro y hacía como que leía.

Agudice el oído y escuche el ruido de... ¿unos tacones?

Si, ese sonido era característico de unos tacones. Por reacción involuntaria, subí mis piernas y las abracé; como si mi subconsciente aceptara ya el peligro que se avecinaba.

Una llave en el cerrojo de la puerta y me acurruqué más aún tapando mi cara entre mis pierna, intentando desaparecer.

Un rayo de luz, hizo que levantara mi cabeza esperanzada y abriera mis ojos; pero durante unos momentos no pude ver nada hasta que se acostumbraron a esta luz de mas que no solía iluminar aquella oscura habitación.

Una mujer de entre treinta a cuarenta años, con unos tacones negros de unos quince centímetros, unos vaqueros oscuros pitillos, camiseta negra y chaqueta vaquera; se encontraba en la entrada de la habitación. Al fijarme en su cara, vi que esta estaba tapada con un velo negro junto con su pelo. Lo único que me dejaba ver eran los ojos. Unos clarísimos ojos verdosos pintados de negro sobre una piel aceitunada. En general era una mujer alta y esbelta; de alta renta, por sus zapatos y pantalones de marca, y debido a la similitud de aquel velo con un hiyab, de religión musulmana. 

Movió sus manos cubiertas por guantes negros indicando que me levantara. Obedecí y me puse de pie intentando disimular el temblor de mis piernas y manos.

Se acercó a mí, mientras me miraba fijamente con sus ojos dominantes e imponentes. Con sus ruidosos tacones, me rodeo mientras me analizaba como si se tratara de una mercancía.

Sin poder evitarlo, el miedo me sobrepaso y causó la caída de una lágrima y el fuerte sonido de un diminuto sollozo en aquel silencio sepulcral. Por esto, me miraron acusadoramente y con rabia aquellos verdes ojos; que con el acompañamiento del traqueteo de los tacones, salieron de la habitación; llevando a aquella misteriosa mujer lejos de mi soledad y miedo.

SecuestradaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora