VII. Popurrí

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20 de septiembre de 19..

Últimamente he descuidado mi diario. En casa de la tía Ruth no sobra mucho el tiempo. Pero es viernes por la noche y no puedo irme a casa a pasar el fin de semana, así que he recurrido a mi diario en busca de consuelo. Puedo pasar un fin de semana sí y uno no en la Luna Nueva porque la tía Ruth quiere que un sábado de cada dos me quede a ayudar en la limpieza de la casa. La limpiamos desde sótano hasta la buhardilla, aunque no haga falta, como dijo el vagabundo que se lavaba la cara todos los meses, y después, el domingo, descansamos de nuestro trabajo. Esta noche hay como el asomo de una helada en el aire. Temo que el jardín de la Luna Nueva sufra. La tía
Elizabeth comenzará a pensar que es hora de dejar la cocina de fuera y llevar la cocina Waterloo a la cocina de dentro. El primo Jimmy estará hirviendo las patatas para los cerdos en el viejo huerto y recitando sus versos. Probablemente Teddy, Ilse y Perry (que se han ido todos a casa, criaturas afortunadas) estarán con él y Flor estará correteando alrededor de ellos. Pero no debo pensar en eso. Por ahí es por donde se encuentra la nostalgia.
Está empezando a gustarme Shrewsbury, y la escuela y los maestros de Shrewsbury, aunque Dean tenía razón
cuando dijo que aquí no iba a encontrar a nadie como el señor Carpenter. Los de segundo y tercero desdeñan a los de primero y se hacen los superiores. Algunos se pusieron suficientes conmigo, pero no creo que vuelvan a intentarlo, excepto Evelyn Blake, que se pone suficiente cada vez que nos vemos, lo cual sucede a menudo porque su amiga, Mary Carswell, vive con Ilse en la pensión de la señora Adamson. Odio a Evelyn Blake. De eso no me cabe la menor duda. Y estoy casi segura de que ella me odia a mí. Somos
enemigas instintivas: la primera vez que nos vimos nos miramos como gatas desconocidas y eso bastó. En realidad, yo nunca había odiado a nadie. Pensaba que sí, pero ahora me doy cuenta de que era sólo fastidio y malestar. Evelyn está en segundo y es alta, inteligente y bastante guapa. Tiene unos ojos achinados, brillantes, traicioneros y habla con la nariz. Tiene ambiciones literarias, tengo entendido y se considera la muchacha mejor vestida del instituto. Tal vez sea cierto pero a mí me parece que su ropa causa más impresión que ella misma La gente critica a Ilse por vestirse con ropa muy cara y como si fuera mayor, pero ella domina a su ropa. Evelyn no. Uno siempre piensa en su ropa antes de pensar en ella. La diferencia parece radicar en que Evelyn se viste para los demás e Ilse se viste para ella misma. Tengo que escribir una descripción de personalidad de Evelyn cuando la haya estudiado un poco más. ¡Qué satisfacción va a ser! La conocí en el cuarto de Ilse y nos presentó Mary Carswell. Evelyn me miró como desde arriba (es un
poquito más alta, porque es un año mayor que yo) y me dijo:
«Ah, sí, ¿la señorita Starr? Oí a mi tía, la esposa de Henry Blake, hablar de ti». La esposa de Henry Blake era de soltera la señorita Brownell. Miré a Evelyn a los ojos y le dije:
«Seguramente la señora de Henry Blake pintó una imagen muy favorable de mí». Evelyn rió con una risa que no me gustó nada. Da la sensación de que se está riendo de ti y no de lo que dices.
«No te llevabas muy bien con ella, ¿verdad? Tengo entendido que eres escritora. ¿Para qué publicaciones escribes?». Evelyn hizo la pregunta con mucha dulzura, pero sabía perfectamente bien que no escribo para ninguna publicación... todavía.
«Para el Enterprise de Charlottetown y para el Weekly Times de Shrewsbury», respondí con una sonrisa desdeñosa.
«Acabo de hacer un trato con ellos. El Enterprise me pagará dos centavos por cada noticia que mande y el Times veinticinco centavos a la semana por los ecos de sociedad». Mi sonrisa preocupó a Evelyn. Se supone que los de primero no sonríen así a los de segundo. No se hace.
«Ah, sí, tengo entendido que trabajas para pagarte el alojamiento», dijo. «Supongo que cada centavo ayuda.
Pero yo me refería a publicaciones de verdad».
«¿Como La pluma?», pregunté, con otra sonrisita. La pluma es el diario del instituto, que aparece mensualmente. Lo editan los miembros de La calavera y el
búho, una «sociedad literaria» a la cual sólo pueden pertenecer los de segundo y tercero. El contenido de La pluma es de los estudiantes y en teoría cualquier estudiante puede enviar su contribución, pero en la práctica no aceptan casi nada de los de primer año. Evelyn es miembro de La calavera y el búho y su primo es el director de La pluma. Evidentemente pensó que yo me ponía sarcástica a costa suya y me ignoró durante el resto de su visita,
excepto por una pequeña estocada cuando hablábamos de vestidos.
«Yo quiero una de esas cintas nuevas», dijo. «Hay unas preciosas en Jones and McCallum. Quedan muy elegantes. La cintita de terciopelo negro que llevas en el cuello te sienta muy bien, señorita Starr. Yo tenía una
igual cuando estaban de moda».
A mí no me se ocurrió nada inteligente que decir a modo de respuesta. Se me ocurren cosas inteligentes con
mucha facilidad cuando no hay a quién decírselas. De manera que no dije nada y me limité a sonreírle muy lenta y
desdeñosamente. Eso pareció irritar a Evelyn más que cualquier cosa que hubiera dicho porque después la oí decir que «esa Emily Starr» tenía una sonrisa muy afectada.
Nota: Se puede conseguir mucho con la sonrisa adecuada. Tengo que estudiar el tema con detenimiento. La
sonrisa amistosa, la sonrisa despectiva, la sonrisa indiferente, la sonrisa suplicante, la sonrisa común o de jardín.
En cuanto a la señorita Brownell, mejor dicho, la señora Blake, me la encontré hace unos días en la calle.
Después de pasar le dijo algo a su amiga y las dos se rieron. Pésimos modales, en mi opinión.
Shrewsbury me gusta bastante y la escuela también, pero lo que no me gustará nunca es la casa de la tía Ruth.
Tiene una personalidad desagradable. Las casas son como las personas, a una le gustan unas y le disgustan otras y
de vez en cuando hay alguna a la que amas. Por fuera, esta casa está cubierta de chucherías. Me dan ganas de
coger una escoba y limpiarla. Por dentro, las habitaciones son todas cuadradas, sobrias y desprovistas de alma.
Nada que se pusiera en ellas formar parte de ellas. No tiene ningún rincón romántico, como la Luna Nueva. Mi
cuarto no ha mejorado tampoco a pesar de conocerlo mejor. El techo me oprime, de tanto que baja sobre la cama,
y la tía Ruth no me deja cambiar la cama de lugar. Pareció confusa cuando se lo sugerí.
«La cama ha estado siempre en ese rincón», dijo, como si dijera: «El sol siempre ha salido por el este».
Pero los cuadros son, con diferencia, lo peor de este cuarto: cromolitografías que escapan a toda descripción.
Una vez las puse a todas de cara a la pared, pero, por supuesto, cuando la tía Ruth entró (nunca llama antes de entrar) se dio cuenta en seguida.
«Emilia, ¿por qué has movido los cuadros?».
La tía Ruth siempre pregunta «por qué» yo hago esto o lo otro. A veces puedo explicarlo, pero a veces no. Esa
fue una de las veces en la que no pude. Pero tenía que responderle, claro. Aquí no iba a servirme una sonrisa desdeñosa.
«El collar de perro de la reina Alejandra me pone nerviosa», le contesté, «y la expresión de Byron en su lecho de muerte en Missolonghi me impide estudiar».
«Emilia», dijo la tía Ruth, «podrías tratar de mostrar un poquito de gratitud».
Yo hubiera querido decirle: «¿Hacia quién? ¿Hacia la reina Alejandra o hacia Lord Byron?», pero no lo hice, por supuesto. En cambio, dócilmente puse otra vez todos los cuadros al derecho.
«No me has dicho la razón real por la que volviste esos cuadros», dijo la tía Ruth, con severidad. «Supongo
que no tienes la menor intención de decírmelo. Taimada e insondable. Taimada e insondable, como siempre dije
que eras. La primera vez que te vi en Maywood dije que eras la criatura más reservada que había visto».
«Tía Ruth, ¿por qué me dices esas cosas?», le pregunté, exasperada. «¿Es porque me quieres y quieres educarme o porque me odias y quieres hacerme daño, o sencillamente porque no puedes evitarlo?».
«Señorita Impertinencia, recuerde por favor que ésta es mi casa. Y de ahora en adelante no tocaras mis cuadros. Esta vez te perdono por haberlos movido, pero que no vuelva a suceder. Voy a averiguar el motivo por el que lo hiciste, por inteligente que tú te creas».
La tía Ruth salió a paso vivo, pero sé que se quedó escuchando un buen rato en la escalera para ver si yo me ponía a hablar sola. Me vigila permanentemente. Aunque no diga nada ni haga nada, sé que está vigilándome. Me siento como una mosca bajo la lente de un microscopio. No hay palabra ni actitud que escape a su crítica y,
aunque no puede leerme los pensamientos, me atribuye pensamientos que a mí jamás se me ocurriría tener.
Detesto eso más que cualquier otra cosa.
¿No puedo decir nada bueno de la tía Ruth? Sí, claro que puedo.
Es sincera, virtuosa, honrada, trabajadora y no tiene por qué avergonzarse de su despensa. Pero no tiene
ninguna cualidad entrañable, y nunca dejará de intentar averiguar por qué giré los cuadros. Jamás va a creer que le dije «la pura verdad».
Claro que las cosas «podrían ser peores». Como dice Teddy, podría haber sido la reina Victoria en lugar de la
reina Alejandra.
Tengo algunos cuadros míos clavados en la pared que me salvan, unos preciosos dibujos de la Luna Nueva y del viejo huerto que me hizo Teddy, y un grabado que me regaló Dean. Es un cuadro en colores suaves y apagados de palmeras que rodean un pozo en el desierto con una caravana de camellos que cruza la arena contra un cielo negro salpicado de estrellas. Exhala atracción y misterio y, cuando lo miro, me olvido de las joyas de la reina Alejandra y del rostro lúgubre de Lord Byron, y mi alma se desliza, sale, atravesando un pequeño portón, hacia un mundo grande, vastísimo, de libertad y de ensueño.
La tía Ruth me preguntó de dónde había sacado aquel cuadro. Cuando se lo conté resopló y dijo:
«No entiendo cómo te gusta tanto el Giboso Príest. Ese hombre a mí no me gusta».
Nunca se me había ocurrido que pudiera gustarle.
Pero si la casa es horrible y mi cuarto hostil, la Tierra de la Rectitud es hermosa y me mantiene viva el alma.
La Tierra de la Rectitud es el bosque de abetos detrás de la casa. Lo llamo así porque los abetos son todos tan
sumamente altos, esbeltos y rectos. Allí hay un estanque, cubierto de helechos, con una gran roca gris a un lado.
Se llega a él por un senderito serpenteante, caprichoso, tan estrecho que no puede pasar más de una persona por
vez. Cuando estoy cansada, solitaria, irritada o demasiado ambiciosa voy allí y me siento unos minutos. Nadie puede seguir enfurruñado mirando esas copas altas, entrecruzadas bajo el cielo. Las tardes hermosas voy allí a
estudiar, aunque la tía Ruth sospecha y piensa que es otra manifestación de mi astucia. Pronto oscurecerá demasiado temprano para estudiar allí y lo lamentaré. Por alguna razón, allí mis libros tienen un significado que nunca tienen en otro lado.
Hay muchos rinconcitos verdes y hermosos en la Tierra de la Rectitud, llenos del aroma de los helechos inundados de sol, y muchos espacios abiertos cubiertos de césped donde el pálido áster besa el suelo, meciéndose dulcemente cuando la Señora Viento corre por medio... Y exactamente a la izquierda de mi ventana hay un grupo de abetos altos y viejos que parecen, a la luz de la luna o del crepúsculo, un grupo de brujas tejiendo
encantamientos y hechizos. Cuando los vi por primera vez, una noche ventosa recortándose en el atardecer rojizo,
con el reflejo de mí vela como una extraña señal de fuego suspendida en el aire entre sus ramas, me vino «el destello», por primera vez en Shrewsbury, y me sentí tan feliz que era como si nada más me importara. Les escribí un poema.
Pero suspiro por escribir cuentos. Yo sabía que sería difícil mantener la promesa que le hice a la tía Elizabeth, pero no sabía que sería tan difícil. Cada día parece peor: me surgen miles de ideas espléndidas para argumentos.
Entonces tengo que conformarme con los estudios del carácter de las personas que conozco. He escrito varios. Siempre me siento tentada de retocarlos un poquito, de profundizar las sombras, de resaltar los rasgos
sobresalientes de una manera algo más intensa. Pero recuerdo mi promesa a la tía Elizabeth de no escribir nada que no sea verdadero y freno mi mano y trato de pintarlos exactamente como son.
He escrito uno de la tía Ruth. Interesante pero peligroso. Nunca dejo el cuaderno ni mi diario en el cuarto. Sé que cuando no estoy, la tía Ruth me revisa las cosas. Así que siempre los llevo en la bolsa. Esta tarde ha venido Ilse y hemos estudiado juntas. La tía Ruth frunce el entrecejo y, para ser sincera, no se
equivoca mucho. Ilse es tan divertida y tan cómica que creo que nos reímos más de lo que estudiamos. Al día
siguiente no nos va tan bien en la clase y, además, a esta casa no le gustan las risas.
A Perry y a Teddy les gusta el instituto. Perry se paga el alojamiento ocupándose del horno y la comida, sirviendo la mesa. Además, saca veinticinco centavos a la hora haciendo otros trabajos. No lo veo mucho, ni a él ni a Teddy, excepto en los fines de semana, en casa, porque el reglamento de la escuela prohíbe que las niñas y los niños vayan a la escuela o vuelvan juntos. Claro que muchos lo hacen. Yo he tenido varias oportunidades, pero llegué a la conclusión de que eso de incumplir normas no se ajusta a las tradiciones de la Luna Nueva. Además,
todas las benditas noches la tía Ruth me pregunta, cuando regreso de la escuela, si he venido con alguien. Creo que a veces se siente decepcionada cuando le digo que no.
Además, ninguno de los muchachos que quisieron acompañarme me gustaba.

Emily, lejos de casaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora