Capítulo 1

12.8K 570 67
                                        

El peso de la corona y el rastro de la nieve.



El sol de la Isla de los Cuentos de Hadas se filtraba con una generosidad casi insultante entre las copas de los árboles. Proyectaba un mosaico de luces y sombras sobre el sendero, como si el mundo quisiera convencerla de que todo estaba bien. A lo lejos, el murmullo de la gente que iniciaba su jornada se entrelazaba con el canto de los pájaros en una sinfonía de vida que, para Lia, resultaba ajena.

Bajo la sombra protectora de un roble centenario, Lia fruncía el ceño. Sus dedos, finos y pálidos, sostenían un mapa arrugado cuyos bordes ya daban muestras de cansancio. Su mirada, que al iniciar el viaje destellaba esperanza, ahora se nublaba con una confusión creciente.

—Creo que estoy perdida —murmuró para sí misma.

Su voz sonó pequeña en la inmensidad del bosque, seguida de un suspiro que nació desde lo más profundo de su pecho.

Recorrió con el índice las líneas borrosas del pergamino, tratando de encontrar un sentido que no estaba allí.

—Tengo que girar a la derecha, luego a la izquierda y, de nuevo, a la derecha… —Volvió a suspirar, esta vez con más pesadez. —Definitivamente, estoy perdida. Será mejor que descanse un poco.

Se dejó caer sobre la hierba fresca sin mucha delicadeza, apoyando la espalda contra el tronco rugoso del roble. El cansancio se le filtraba hasta los huesos, una fatiga física que, curiosamente, no lograba opacar la satisfacción de su libertad. No se arrepentía. Jamás lo haría.

“En ese lugar”, pensó, y el recuerdo del reino le dejó un sabor amargo en la boca, “todos compartían la absurda idea de que las mujeres solo servían para las tareas del hogar”.

En aquel palacio de mármol y oro, ella no era una persona; era un adorno, una pieza de marfil en el tablero de ajedrez de su padre. Un objeto que no tenía permitido hablar sin autorización, un instrumento para forjar alianzas y una moneda de cambio sin voz ni voluntad. La indignación, vieja y conocida, le revolvió el estómago una vez más.

Cerró los ojos y, casi sin querer, la memoria la arrastró hacia atrás.

Una Lia mucho más pequeña se asomaba por la ventana de su alcoba. Sus cabellos platinados brillaban bajo la luz mientras observaba, con una mezcla de envidia y fascinación, el patio de armas. Abajo, el clangor metálico de las espadas resonaba en el aire; los caballeros entrenaban para ser héroes, mientras ella era entrenada para ser sienciosa.

Pero Lia tenía otros sueños. Ella no quería el acero para conquistar, sino la libertad para sanar. Quería ayudar a los que sufrían fuera de esos muros dorados que, para ella, siempre habían sido una prisión.

Impulsada por esa chispa rebelde, se escabulló. No era la primera vez ni sería la última. Su destino siempre era el mismo: el pueblo olvidado, ese rincón de sombras que la corona prefería ignorar. En sus manos siempre llevaba algo: un poco de comida, agua, medicinas... cualquier cosa que pudiera sustraer de la abundancia del palacio para aliviar el hambre de los desposeídos.

Recordaba perfectamente el día que descubrió el pasadizo. Jugando en el jardín real, entre flores perfectas y setos recortados, encontró un túnel oculto bajo una cortina de hiedra. La oscuridad no la asustó; la atrajo. Al final del túnel, la luz la recibió en un mundo que su padre nunca le mencionó.

La miseria la golpeó como un viento helado. Casas desmoronándose, calles de barro y ojos hundidos por la desesperación. Vio a hombres pelear por una corteza de pan y a niños tan delgados que parecían hechos de cristal roto. Aquello era la antítesis de la villa noble donde ella crecía.

  Diferentes e Iguales / Merlin (Finalizada)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora