Es la hora de descanso. Nos sentamos en las bancas del campus, frente a las pequeñas mesas de piedra a compartir el almuerzo. Sacamos nuestros tapeware y hablamos de filosofía. Somos un grupo de cinco. Joana está a mi derecha, cabello negro, mejillas rosadas; Cynthia, los ojos color miel, bronceada, se encuentra sentada frente a mí y de vez en cuando me da alguna mirada sospechosa; al lado Lucía, rubia, pálida, ojos grandes, cansados, y rimel exagerado; Thiago, sentado en el respaldo del banco, su mochila en el piso, sus libros tirados, y yo, Sofía.
El día está hermoso. El cielo está despejado, claro, y se hace presente la brisa fresca típica de los primeros días de otoño. Los árboles aún conservan las hojas, las cuales apenas comienzan a teñirse de amarillo cobre. Veo hacia arriba: por sobre nosotros se ven nubes largas y ligeras, finas, como pinceladas suaves en el cielo.
Al rededor se escucha el murmullo de la juventud conversando y riendo. El ruido de los libros pasando hoja tras hoja, y música de auriculares demasiado fuertes a lo lejos...
-¡...Sofía..! ¿Sofía?
Otra vez me perdí. Cynthia, que siempre está pendiente de mí me mira con cara de reproche. -¡Siempre estás en las nubes!
-Lo siento, replico. Sonrío.
Pasa una corriente de aire que me estremese la espalda. Veo las sombras de las copas de los árboles moverse reflejadas en las piedas azules y grisáceas.
-Déjala. Sofía ¿demasiado estudio por hoy? Bromea Thiago.
Cynthia ríe y saca su guitarra del estuche, a lo que exclama pícara -A ver si con esto te despiertas.
Se ve preciosa, el sol le ilumina el cabello y parte de su rostro, que siempre parece alegre y relajado; su boca improvisa una sonrisa leve, romántica, demasiado jovial, y sus ojos están fijos en las cuerdas. Tiene diescinueve años y la vida está enamorada de ella.
Por mientras, escondo en mi mochila el sandwiche que preparé esta mañana. Creo que son unas 300 calorías. Abro el tapeware, me entretengo con unos trozos de sandía color intenso, muy dulces, y unas pastillas de menta.
Me fijo en Lucía. Pobre chica. No ha tocado siquiera su bolso con la mínima intención de probar bocado. No la he visto comer desde ayer en la tarde. Intento invitarla un café, pero suena el timbre de entrada a clase. Todos recogen sus cosas y se dispersan. Por mi parte, tomo mi bolso, y me dirijo hacia el pasillo.
Comienzo a sentirme nerviosa. Al doblar, justo antes de llegar a clase, está la cafetería. Llevo cinco minutos atrasada, todos están en los salones y sé que está vacía. Paso por allí. Entro como quien no quiere la cosa, pongo mis manos en los bolsillos y compruebo que tengo suficiente dinero. Si en este momento no tienes el suficiente autocontrol como para salir, terminarás haciendo un desastre.
Salgo, diez minutos después, con bolsas de dulces y pastelillos. Los escondo en mi mochila, mientras entremuerdo el esmalte negro de mis uñas, y mientras espero dos largas horas hasta la salida. Veo a mis amigos despiediéndose y paso desapercibida. Voy lo más rápido hasta casa, antes de que lleguen mis padres, y cuando llego, subo las escaleras alfombradas y me encierro en el baño de mi cuarto. Me siento frente al lavabo. Las valdosas son blancas y frías. Esta especie de tranquilidad me gusta. Sólo hay silencio. Sólo existo yo, no importa que esté por cometer un error. Me siento en el suelo, en un rincón. Veo a arriba, al espejo..., desde donde estoy sentada se refleja el techo, y parte de la puerta... La cierro con tranca y abro la mochila. Comienzo por el sandwiche del almuerzo. Sigo con los pastelillos. Los dulces: chocolate con nueces, (mi favorito) y chocolate blanco. Termino el sandwiche. Abro las chips. Tomo un par de magdalenas. La frambuesa se resvala, y cae en el suelo. La comida se desliza por la garganta rápidamente, con asco y culpa, y arrepentimiento, hasta que estos sentimientos progresivamente se vuelven más fuertes y paro. Me levanto. Junto los empaques vacíos, y los tiro. Limpio el rojo de la frambuesa. Me miro al espejo. Por un segundo todo parece sentirse confuso y extraño. Me encuentro parada frente al retrete con mi cepillo de dientes por segunda vez en el día.
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Juventud
RandomJuventud, divino tesoro...! Te vas para no volver. Cuando quiero llorar, no lloro. Y a veces, lloro sin querer...