「𝗔」Pasada su edad para presentarse, Jaebeom está consiente de que es un Beta más. Sin embargo, esto no le afecta en lo más mínimo.
Con amigos que lo apoyan en todo, familia que lo quiere, un trabajo estable, y una bonita novia también Beta, él no...
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Los días habían corrido con su curso normal, y sin Jaebeom percatarse ya estaba cumpliendo dos semanas de convivir en conjunto a Youngjae. Había aprendido muchísimas cosas del chico, y adaptarse a vivir juntos no fue nada complicado. Podría incluso decir que no le presentaba problema alguno el tenerlo con él.
Luego de la primera semana, ya el rostro y brazos de Youngjae estaban libres de vendas, y sus raspones habían cicatrizado de maravilla. Su pierna había dejado de doler, siendo esta poseedora del hematoma más grande producto del choque, y dejando la piel blanca libre de golpes que fueron desapareciendo con el tiempo. Su cuerpo había adquirido un poco más de peso, y Jaebeom disfrutaba de apretar aquellas mejillas un poco regordetas que siempre adquirían un bonito color rosa.
También había aprendido que a Youngjae le gustaba levantarse temprano, una hora antes que él para hacer su desayuno, —el menor cocinaba muy bien— y arreglar la casa aún cuando esta estaba en orden. Siempre era despertado por el olor a café, y el suave sonido de la radio acompañado por el cantar del chico. Youngjae cantaba, y lo hacía estupendo.
Antes de salir, era despedido por el alegre muchachito, recibiendo su almuerzo muy bien envuelto, y un "Que tenga un buen día, hyung" acompañado de una linda sonrisa. Al volver luego de un día cansado, era recibido con un emocionado "¡Bienvenido a casa, hyung!" y el exquisito aroma del almuerzo o la cena en el aire, siendo llevado hasta la mesa para comenzar a comer y platicar de su día. Era ya parte de la rutina, pero que de alguna u otra forma volvía su día mejor.
Había estado viviendo solo desde hace muchos años, teniendo muy establecida su forma de vida, donde la tranquilidad y el silencio eran sus más fieles compañeras, pero Youngjae llegó a cambiar todo eso.
La casa nunca estaba en silencio, ya que la radio estaba encendida para darle algo más de vida, y el chico cantaba con entusiasmo cada canción que reconocía.
El televisor de la sala que normalmente estaba apagado, ahora era encendido todos los días a partir de las tres de la tarde ya que daban el drama con el cual Youngjae estaba enganchado.
Ya no trabaja en silencio en la sala, puesto que Youngjae lo hacía hablar sobre sus estudiantes o trabajo, ganándose una de esas contagiosas y escandalosas risas que el muchacho poseía cuando comentaba sobre algo gracioso que le sucedía.
Incluso, cuando no tenía nada que hacer, se dedicaba con Youngjae a estudiar para su curso, orgulloso de saber que el chico era más inteligente de lo que muchos creían.
Cada momento de su vida, cada zona de su casa, tenía impresa la escencia de Youngjae. Cubriendo su vida y su espacio con su presencia y su aroma; ese exquisito aroma a rosas que se adhería a todos lados, y que en ocasiones lo tenía respirando profundo para poder llenar sus pulmones con tal aire.
Ambos se habían acoplado tan perfectamente, que se sentía sorprendido por eso, pero aunque todo parecía perfecto, aún habían muchas cosas que desconocía de la historia de Youngjae, y que sentía la necesidad de saberlo para poder entender ciertas actitudes que el chico tenía. Como aquella vez, cuando apenas y tenían dos días viviendo juntos: