CAPÍTULO DOS

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C a p í t u l o d o s

5 minutos...

"Cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo"
—Mario Benedetti

5 minutos tarde, de momento, a causa de ello...

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Un impacto. Casi inhuidible, pero suficientemente claro y familiar para ella. Tan solo bastó el leve impacto de las primeras lágrimas derramadas por el nacimiento de un nuevo día chocar contra su ventana, para traerla de vuelta a la realidad. Desde hacia semanas que la gente había tenido que acostumbrase a irse a la cama bajo el llanto del cielo y a despertar con él, sintiendo el taciturno pero impetuoso suspiro del viento helado recorrerles hasta el último de sus huesos. El melancólico recuerdo de lo mucho que extrañaba el calor de los rayos del sol rosar sus mejillas la visitó esa mañana. Incluso añoró el poder despertar sintiendo el aroma a césped recién podado inundar sus fosas nasales en lugar de amanecer ahogada en el de tierra mojada. ¿Quien lo diría? La Tierra les había regalado el más frío de los veranos y sin duda los días más grises en años. El verano estaba por terminar y no había un solo día en que su mejor amigo, si es que pensaba en salir, no fuera su paraguas rojo. Y aunque me anime a decir que la gente conservaba las esperanzas a flor de piel; el día siguiente y el día siguiente a ese solo ayudaban a descubrir que tan turbio podía llegar a ser el clima. Ya nadie se molestaba en ver el pronóstico de las ocho cada mañana, a excepción de sus padres. A decir verdad, en días tan oscuros como aquellos, lo único que la gente podia hacer era llevar la luz dentro de ellos...

Postrada sobre la comodidad de su cama, sintiéndose casi suspendida en el aire habiendo perdido desde hace un buen rato la noción del tiempo, pensaba y pensaba, y volvía a pensar. Dando vueltas por la misma cavilación incrustada en su memoria, y luego ya no. Y luego otra vez. Pero cada designio trazado sobre su pequeña cabeza minuciosa la llevaba siempre al mismo lugar que comenzaba a lucir cada vez más atractivo que dormir todas las noches. Era como un faro y ella una indefensa polilla. ¿Qué podía hacer al respecto si no volar hacia él?

¡Alto! Esperen un momento. Ese sonido tan fuerte... Esa voz tan familiar...

¡Sus padres SI seguían viendo el pronóstico del clima de las ocho cada mañana!

Y el despertador que momentos atrás había sido pospuesto por sus manos adormecidas durante su ensoñación (unas cinco veces o más), resonó por toda su habitación confirmando que en definitiva, era tarde.

—¡El Macho!

Se levantó de un brinco lanzando las cobijas a un lado y tan pronto como sus pies tocaron el suelo un escalofrío le recorrió hasta el alma. A tientas con sus dedos de los pies cubiertos por calcetas desiguales trató de buscar sus sandalias bajo la cama.

—¡Agh! El flojo trabaja doble, Adria...

Se dijo a sí misma al no encontrarlas y tener que agacharse para buscarlas con sus propias manos. Una vez con ellas se vistió lo más rápido que pudo con el uniforme de su escuela. Falda negra plisada (extremadamente arrugada, por cierto) apenas un dedo arriba de las rodillas, camisa blanca con tres botones (dos desde hacía unas semanas), un chaleco color vino y un suéter tejido del mismo color con el escudo de la institución y una franja negra. Corrió hacia el baño con el tiempo ganando la carrera, una vez ahí se echó agua en la cara sin molestarse en secarla después; viéndose al espejo cepilló sus dientes con una velocidad que hizo que le dolieran las encías, su reflejo despeinado le devolvió la mirada. ¿Faltaba algo? Le daba la sensación de que así era pero de todos modos no le quedaba tiempo para recordar el qué.

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