Abrí los ojos muy pronto la mañana del lunes ocho de junio del 2020; de hecho, no necesité que el despertador del móvil emitiera la estridente música que tenía seleccionada para no quedarme dormida. Lo sostuve entre mis manos un buen rato, echando un vistazo a las redes sociales hasta que fue la hora que había seleccionado para levantarme: las 8:00 de la mañana.
Cuando el móvil empezó a sonar anunciando el comiendo de un nuevo día, una nueva semana, lo silencié al momento.
Había finalizado la reclusión domiciliaria que la población estaba obligada a cumplir debido a la pandemia del virus Covid-19. Este virus era una nueva variedad de coronavirus y todavía no se sabía mucho acerca de él, solo que había comenzado a propagarse en Wuhan (China) y en pocas semanas había llegado a todos los rincones del mundo.
El gobierno había sido muy estricto en cuanto al aislamiento se refería, pues toda precaución era poca para evitar que "el bicho", como lo llamaban en el hospital, se propagase; pero yo tenía que acudir a trabajar, era parte de la población necesaria, y ahora más que nunca se requería toda la ayuda posible en el ámbito sanitario.
A mis casi 30 años, trabajo de médico en prácticas en el hospital universitario de Getafe. Aunque soy valenciana siempre he idealizado la capital y el prestigio de la Universidad Complutense. Cuando tenía catorce años conocí por un chat de internet, creo recordar que el chat "Terra", a una chica diez años mayor que yo que estudiaba Periodismo en esta universidad, y yo, que por aquel entonces destacaba académicamente en su instituto, creí que para poder pulir mi potencial tenía que irme a la meseta en cuanto pudiera, pues, aunque mis compañeros bromeaban conmigo y el futurible de ir a Harvard, era algo que no pasó nunca por mi cabeza. Mi meta era la Complutense.
Lo que no sabía es que Madrid es una selva en la que sobrevive el más espabilado, quién no se duerme, quién está dispuesto a sacrificar su paz mental a cambio de trayectos infinitos en los vagones de metro, siempre abarrotados en los que queda patente la poca empatía y educación de la gente.
Desde el instituto donde estudié, situado cerca del paseo marítimo de Valencia, podía verse el mar, mi querido Mediterráneo al que decidí abandonar por el asfalto, el calor sofocante en verano y los copos de nieve en invierno. A pesar de esto, los momentos de estudio en la biblioteca de la facultad de Medicina, con un chocolate caliente mientras helaba fuera, no tienen precio. Cuando piso ese edificio, mi segunda casa, me invade una sensación de calidez que no siento en ningún otro lugar, ni siquiera en la casa de mis padres, en la costa. Paseando por sus pasillos laberínticos, llena de libros, me siento como Hermione Granger en Howarts: la más brillante alumna haciendo magia con el cuerpo humano, retando a la muerte, aliviando el sufrimiento y mejorando la vida de las personas.
Me licencié con unas notas magníficas, la segunda mejor calificación de mi promoción. El día de mi graduación, toda mi familia acudió de Valencia para compartir conmigo la dicha; incluso mi abuelo Valentín, enfermo de cáncer, no quiso perderse el orgullo de ver a su nieta mayor convertirse en médica; me dijo que fue su mayor alegría poder disfrutar conmigo el momento en el que me pusieron la banda grabada con las letras Licenciatura en medicina. Cuando subí al escenario se acercó con un ramo enorme de lirios blancos, junto a mi padre, me abrazó, y me susurró al oído: "Eres mi orgullo, Leira".
Me dijo mi abuela que este recuerdo le acompañó el día que en que su corazón dejó de latir, dos años después, a causa del cáncer de hígado.
El primer puesto de la promoción se lo llevó un compañero al que le gustaba "hacer pasillo" y rondas de despachos. Es el hijo de uno de los profesores de anatomía, un catedrático con bastante poder en la facultad, por lo que gracias a la endogamia universitaria y su sistema de ascenso elitista y corrupto, Francisco no tuvo que hincar muchos codos para hacerse con el primer puesto del podio.
ESTÁS LEYENDO
COMO LA VIDA MISMA
RomanceLeira está en su quinto año de residencia en medicina. Eduardo es el padre de su nuevo alumno de clases particulares de Filosofía. Loewe 7 es el perfume que le hizo fijarse en él, y la inteligencia e independencia que la joven médica despre...
