Parte 1
AGLYNTHOR - CAPITAL DE THRIN THERAS
En uno de los amplios sectores que conformaban la mansión Neo Génesis, existía un recinto diferente a los demás: una enorme clase de piscina temperada que ocupaba casi la mitad del lugar y se extendía de un extremo a otro, casi como un pequeño lago encerrado bajo techo.
Las columnas de mármol blanco, altas y perfectas, sostenían un techo ornamentado con grabados del mismo material, mientras los pisos pulidos reflejaban con nitidez cada resplandor que pasaba sobre ellos.
El conjunto emanaba la misma solemnidad y pureza que un palacio real, pero con un aire moderno y silencioso.
A un costado, una fila de duchas alineadas se distinguía tras delgadas paredes de piedra y finas cortinas blancas que caían suavemente hasta el suelo.
A un lado, un tocador de gran longitud con un espejo inmenso reflejaba la niebla del ambiente.
El vapor tibio flotaba con calma, envolviendo el lugar en una atmósfera tranquila y etérea, similar a la de unas aguas termales ocultas entre montañas.
A simple vista el recinto parecía vacío, pero no lo estaba.
En el extremo más alejado, reposaba una figura femenina dentro del agua.
Era Jayla, la joven de cabello rosa, reposando tranquilamente. Su esbelto y jovial cuerpo desnudo descansaba parcialmente sumergido en las tibias aguas, que apenas le cubrían hasta por encima de sus pechos.
Apoyaba la espalda contra el mármol cálido y mantenía los brazos extendidos a los costados, relajada, mientras el vapor se deslizaba por sus hombros y la calma reemplazaba el recuerdo de la batalla reciente.
El sonido tenue del agua era lo único que acompañaba su respiración pausada.
La joven mantenía la cabeza ligeramente erguida, los ojos cerrados y el cuerpo relajado contra el mármol.
Un pequeño palillo púrpura sostenía su cabello rosado, recogido en un moño que dejaba al descubierto su cuello fino y la línea de sus hombros.
A simple vista, parecía disfrutar de un momento de completa tranquilidad, ajena al mundo, con la mente en blanco, pero la quietud era solo aparente. Bajo aquella calma, Jayla revivía mentalmente la pelea que había tenido horas atrás.
Las imágenes volvían una a una, con precisión quirúrgica: los movimientos de Milo, aquel instante en que su cuerpo se cubrió por completo de oscuridad y el momento en que con ayuda de esto logró agrietar el hechizo de defensa que ella había utilizado para protegerse.
El agua se movió levemente cuando la joven abrió los ojos, levantando la vista hacia el techo.
—¿Es posible algo como eso? —susurró.
El eco de su voz se perdió entre el vapor del ambiente.
—Eso... definitivamente debe ser algún tipo de hechizo prohibido de magia negra, no hay otra explicación. Pero eso no debería ser así, solo es un simple criminal.
Su ceño se frunció, aunque su expresión pronto se transformó.
En aquel momento otra imagen se cruzó por su cabeza, el preciso instante en que Milo se acercó a ella para quitarle del cuello la bufanda que traía puesta. Lo cerca que había puesto su rostro al de ella.
—¿Eh? ¡P-Pero qué...! —exclamó en voz baja, moviendo la cabeza de un lado a otro como si intentara sacudirse el recuerdo—. ¿Por qué se me...? —la imagen persistió en su mente, y antes de poder evitarlo, una sonrisa torpe se dibujó en su rostro, mezcla de vergüenza y fastidio—. ¿Eeeehh? —resopló, hundiéndose un poco más en el agua y cubriéndose el rostro con una mano.
