La misión era sencilla, entrar en su vida, hacer que confié en mí y destruirlo, pero cuando menos te lo esperas los sentimientos se hacen presentes ¿lograré destruirte, ser fuerte y no dejarme llevar?
[EN EDICIÓN]
¿Le contaré la verdad? No soy tan ilusa, le daré una verdad disfrazada.
—Conocí a Arthur cuando éramos adolescentes —hago una pausa dramática—, él me engañó con mi prima —Intento verme dolida—, luego, la engañó a ella también, él no merece tener todo lo que él tiene. —Intento hacer que salga una que otra lágrima y suspiro con rabia—. Me cambié el nombre para que no me reconociera, mi nombre real es Cristal de la Cruz —Saco mi identificación original y la pongo en el escritorio.
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Hella observa todo sorprendida y confusa, estoy segura de que aceptará, le conviene bastante tenerme de aliada.
—Lo que me dices es bastante sorprendente, Rubí. Pero tengo que confesar que te necesito, quiero que te unas a mí. No ganarás mucho con tu venganza, pero te pagaré si así lo deseas. —me lanza una sonrisa carismática y me toma de la mano—. Tú y yo seremos un muy buen equipo.
Intento ser igual de entusiasta pero no me sale. No dejo de pensar en Arthur y las cosas que permití que hiciera. Mi cabeza no deja de repetir lo estúpida que soy, pero a la vez me dice que debería seguir disfrutando...
Terminamos la reunión. En resumen, sabotearé las propuestas de varias empresas para que Arthur no las acepte y yo se las pueda enviar a Hella. GYA tendrá más éxito que Flynn Enterprises y se irá a la quiebra.
Camino por las aceras intentando no pisar las líneas, cuando por el rabillo del ojo noto a Vera alzando su mano en busca de mi atención. Le devuelvo el saludo y cruzó la calle en su encuentro.
—¡Rubí! —estira sus brazos y se acerca a abrazarme, le devuelvo el abrazo e imito su saludo.
—¡Vera! —se aleja y me jala de la mano para adentrarnos a la cafetería, tomamos asiento en una mesa frente a frente y pedimos un café.
—Bien, jovencita. No has estado muy comunicada conmigo, necesito todas las novedades.
Amo su entusiasmo a la hora de hablar, hace que quiera contarle toda mi vida.
—¿Qué te hace pensar que tengo novedades? —le pregunto con el mismo entusiasmo.
—Porque sé que tienes novedades. —hace una pausa y me mira fijamente a los ojos—. Ya sé, no hay necesidad de que me digas.
—¿De qué estás hablando? —me señala amenazante con su dedo.
—Sé que algo pasó con tu jefe. —dice con un tono cantarín y la sangre sube a mis mejillas.
—¿Cómo...?
—Instinto maternal. —sonríe con satisfacción e inmediatamente recuerdo lo que sucedió hoy.