Danáe Slide tenía una misión en la cual no podía fallar bajo ningún pretexto: matar al director de la universidad de Princestown antes de que este cometiera la mayor masacre contra estudiantes jamás vista antes.
Pero sus planes no salen como ella es...
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La idea de una Revolución me emocionaba más de lo que podía explicar. Saber que estaba tan cerca de obtener lo que deseaba y que solo debía trabajar un poco más para obtenerlo era lo que me motivaba a seguir adelante.
Pero Danáe no pensaba lo mismo y podía notarlo.
Las últimas dos semanas había estado bien, entrenando como todos los demás y comiendo como debía pese a no aceptar del todo la idea, pero hacia unos días había comenzado a estar más pálida y debilucha. Ella no era así y me estaba enloqueciendo no saber que le ocurría. Incluso su cercanía se sentía extraña, como si alguna cosa estuviera interfiriendo en nuestra conexión.
Iba caminando por uno de los lúgubres pasillos de la casona cuando la vi tambalearse y apoyarse sobre una de las paredes, como si no soportara su propio peso. No tardé ni medio nanosegundo en estar a su lado y agarrarla para que no se callera.
―¿Qué te ocurre?
Ella respiraba agitadamente y el cosquilleo que sentía cada vez que estaba cerca de ella aumentó como si estuviera cerca de otra cosa también.
―No lo sé. Me he estado sintiendo extraña estos últimos días, seguramente sea que el periodo ya me tiene que llegar.
La palabra «periodo» me hizo reaccionar y una idea poco, pero a la vez muy, probable apareció en mi cabeza.
―¿Estás tomando los anticonceptivos?
Ella me miró como si le estuviera preguntando una estupidez, hasta que pareció recordar algo y su semblante cambió drásticamente.
―Me los cancelaron... ―susurró―. Quisieron mejorar mi audición y me los cancelaron por la mezcla de químicos. Mierda.
Si bien el pensamiento había sido mío no pude evitar quedar helado. Siempre teníamos que complicarnos la vida de una manera u otra. En otra situación, aun teniendo veinte años, me habría alegrado que mi vida se uniera a la de ella de esa manera, pero no en este momento, no en esta situación donde si mataban a uno mataban también al otro.
―Quita esa expresión de tu cara, Demian, puede ser solo un retraso.
―O puede no serlo ―respondí bajando la mirada a su vientre y dejándola ahí―. Sabes tan bien como yo, muy en el fondo, que es real y que no tenemos escapatoria de esto.
Una melena pelirroja, que identifiqué como la de Flypper, salió de uno de los pasillos y nos dedicó un saludo antes de desaparecer por la puerta que llevaba a las oficinas. Esa chica me daba muy malas vibras, como si algo no terminara de encajar en esa apariencia inocente y pura que lograba engañar a Danáe.
Sentí su mano rodear la mía, haciéndome volver a ella. Leí con facilidad el miedo en su rostro, el miedo por todo lo que ocurría y por un posible embarazo que solo nos complicaría más las cosas en nuestro intento de tener libertad. Sus ojos castaños brillaban con una emoción mezclada con terror con la que me sentí ampliamente identificado.
―Vayamos a la ciudad y hablamos con tranquilidad allí ―dijo, mirando por el lugar donde se había ido la niña pelirroja―. No me siento segura diciendo nada aquí.
Asentí y entrelacé nuestros dedos antes de jalarla hacia la planta baja, a una de las salidas que daban directo a la calle.
―¿A dónde creen que van?
Frenamos en seco al sentir la voz de Josh. En las últimas semanas habíamos caído en cuenta de que él era el jefe aquí y todo necesitaba su permiso. Incluso salir de esta casona.
―Esto parece una jaula ―murmuró Dan, ocultándose detrás de mí cuando nos volteamos para encarar a Josh. O, bueno, yo lo encaré porque la muy cobarde se escondió.
―Te he oído Danáe ―respondió el hombre con esa voz que pretendía derrochar autoridad. Pasó sus ojos de mi novia a mí―. ¿Qué están haciendo?
―Vamos a salir ―le respondí en el mismo tono.
Había aceptado contribuir en esto, pero no pensaba volver a obedecer órdenes de nadie. El último había sido Charles y así terminó: a orillas de un río sin vida. Aunque Christie me había hecho el favor disparándole antes que yo.
―Ustedes no saldrán a ningún lado.
Me reí sin una pizca de humor y alcé el mentón. Era una cabeza más bajo que yo así que no me intimidaba por mucho que hablara como si fuera el dueño de todos nosotros.
―No lo creo. Me iré cuando se me dé la gana y a dónde se me dé la gana. ¿Comprendes?
―Recuerda para quien trabajas, Demian.
Danáe apretó mi brazo, como si estuviera percibiendo mi furia aumentar y pudiera controlarla con ese simple gesto.
«No esta vez, linda»
―¿Para quién trabajo? ¡¿Para quién trabajo?! ―Estaba comenzando a desesperarme. Necesitaba respuestas a la pregunta que rondaba en mi mente y este desgraciado no estaba colaborando―. Ni yo ni ella ―respondí con absoluto cinismo y frialdad―, trabajamos para nadie aquí. Phillip nos prometió una cosa y eso es lo que queremos.
Josh sonrió como si supiera algo que me iba a mantener allí atado y el hecho de que haya podido oír la conversación de hace un rato me paralizó.
―¿No has aprendido nada en Valquiria, Colton? Las promesas jamás se cumplen, ustedes aceptaron estar aquí sin que nada les garantizara que iban a poder ser libres. Y aquí se quedarán.
La mano de Danáe poco a poco soltó mi brazo y se deslizó hacia uno de los bolsillos secretos que yo tenía en los pantalones deportivos, en el cual guardaba un par de cuchillos pequeños. Entendí que pretendía hacer y me dediqué a entretener a Josh un poco más para que ella lograra su objetivo y no fuera descubierta.
―¿Y quién eres tú para decirme que debo y que no debo hacer?
―Soy quien tiene tu vida y la de tu noviecita en su palma. ―¿Se atrevía a amenazarme? ¿Es que no sabía a quién había reclutado uno de los suyos? Entonces caí: él no era muy diferente a los de Valquiria, quería liberarnos de una organización para luego tenernos bajo su control―. Así que deja de hacerte el rebelde porque ustedes dos no son nada sin mi protección.
Danáe dio un paso al costado y supe que ella se había dado cuenta antes que yo de que debíamos desaparecer de allí. Por el rabillo del ojo la vi sonreír con esa confianza que me encantaba.
―No lo creo.
Dicho eso, levantó el cuchillo y, con una rapidez propia de ella, se lo clavó en el hombro a Josh para después retorcerlo.
―Para que aprendas que a nosotros no nos detienes ni tú.
Josh cayó al piso, conteniendo los gritos de dolor. Danáe sacó y volvió a clavar el arma en el mismo sitio antes de dejarlo allí y agarrar mi mano para que nos fuéramos. Nadie nos vio cuando nos mezclamos con las personas en la calle.