La ciudad era enorme, tan grande que nadie se daba cuenta sí, Deborah Crabbs una señorita de diecinueve años se caía y se sangraba la rodilla. Pero todo empezó en un lunes por la tarde, cuando el sol estaba en su punto rojizo, chocando con las nubes que navegaban por el aire cálido de la ciudad de San Francisco.
Deborah era una mujer muy frágil, delgada, a la que su ambición era la lectura de historias románticas o dramáticas, dependiendo de la trama que tenían. La vez pasada, saliendo de la biblioteca, encontró un libro muy interesante, "El sótano", sólo tardó como una semana en leerlo, su contenido no rebasaba de doscientas páginas, no era tan extenso, sin embargo, quería echarse un pez más gordo.
En compañía de su amiga, Sara Kennedy , paseaban por un parque un poco habitable, libre de respirar, platicando sobre el nuevo chico, un poco apuesto por cierto.
No era muy sociable, menos porque todos sabían que una mujer como ella a su edad, un poco fachuda, pantalones de mezclilla y una camisa de cuadrados serían atractivos pero, sólo esa belleza la podía ver Christian, un hombre de complexión un poco robusta que le bastaba para no confiar en el amor, pero es que no era el tipo de hombres que a ella le llamaban la atención.
Su madre, Sofía, soltera desde hace cinco años, manteniendo la casa sola, pero sin ningún problema por parte de Deborah; afortunadamente hija única, la recibió con atención a la casa invitándole pasar a ella y a su amiga a quien ofreció bebidas a las recién llegadas.
La casa era grande y amarilla, junto a un patio extenso protegido por una puerta de metal color negro, una barda de ladrillo blanco cubierta por hiedras verdes y un techo de teja que la hacía resaltar.
Su madre ofreció dos vasos de agua rodeados por una servilleta blanca que se distinguía de la ovalada mesa de madera. Las dos se sentaron en el sofá para ver la televisión; después como de costumbre, Sara, se estabilizaba quince minutos dentro, y después se marchaba directo a su casa abandonando a su amiga para poderla ver al día siguiente.
Después de las diez de la noche, Deborah ya se encontraba dormida. Su madre era la última y como salida, apagaba la luz que aún permanecía encendida de las escaleras.
A la mañana siguiente después de clases, salió de la escuela en compañía de Sara, las dos empezaron a platicar camino a la biblioteca. La plática fue interrumpida por el estrépito sonido anunciando la llamada entrante en el celular de Sara, su madre la necesitaba.
La despedida fue breve, aquella señorita finalizó la acción con un pequeño roce de sus labios en la mejilla de Deborah, ella quedó solitaria en la calle cuando ya empezaba a oscurecer, alertando a los habitantes de una fuerte tormenta.
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Las Almas Deborah Crabbs
Misterio / SuspensoLa Historia en la que ni el bien ni el mal salen ganando.