4. Máscaras

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―¡Vamos, no seas aguafiestas, sonríe a la cámara! ¡El gran patinador Katsuki Yuuri haciendo su gran gira por tierras niponas!

La sonrisa de Yuuri, aunque tímida, fue dibujada en su rostro a pedido de Mari. Parado frente a un stand con cosas que le había costado organizar, Yuuri no podía sentirse totalmente feliz. La verdad, ir a Fukuoka para vender en el mercado de pulgas era necesario, Yuuri lo entendía y con estoicismo había aceptado el hecho, pero eso no hacía que la puesta en venta de los objetos de colección que poseía de Victor Nikiforov fuera más fácil.

En la madrugada se había despedido de cada uno de los artículos que iba a llevarse a vender. La parafernalia que poseía en relación al hombre que más admiraba en el mundo era increíble. Después de todo, había pasado años de su vida recolectando afiches, entradas, videos, revistas y mucho más.

Se había pasado la noche revisando cada página de su álbum de patinaje artístico, admirando cada afiche con la silueta de su hermoso héroe, contando las fichas de sus múltiples rompecabezas de Victor, incluso embolsando con cuidado los billetes y piezas de un monopolio en versión de los juegos de invierno de Sochi. La avenida más cara llevaba el nombre de su patinador favorito.

Yuuri se había convencido a sí mismo que deshacerse de todo ello era lo mejor para todos. El onsen no se iba a amoblar por sí solo y aún quedaban otras cosas en las que debía pensar. En su corazón tenía una extraña sensación de paz, pero una que a su vez estaba envuelta de cierta melancolía. Con su colección se iba una parte de su vida, una parte que lo había ayudado a continuar y mejorar dentro del mundo del patinaje. Esos objetos no eran solo cosas, eran recuerdos, vivencias y anécdotas que entretejían el camino de su vida como patinador, de su yo como deportista. Y quizás era justamente eso lo que más le molestaba porque, al deshacerse de ellos, ya no tendría cómo rememorar aquellos sublimes momentos de su vida. Ya no le quedaba el hielo y ahora tampoco le quedaría Victor.

―Escucha, Yuuri, tengo en esta lista todo lo que falta para decorar. El mercado abre en una hora, voy a dar un paseo por los stands y si veo algo que podamos usar, lo separaré de antemano, ¿está bien?

―Está bien, yo me quedo aquí.

―¡Te he mandado al celular algunas fotos! ¡Revísalas! Quizás podamos usar alguna de referencia para la página del mercado de pulgas, el señor Kurosagi quiere que se la enviemos a más tardar en media hora.

―¡Ya, anda nomás, yo me fijo!

Mari se fue corriendo hacia los otros stands tan pronto escuchó aquella respuesta. Yuuri suspiró. Su vida de patinador estaba reducida a unos artículos sobre una mesa grande y unos colgadores. Mari había separado el lugar en dos, dando la imagen de que eran dos puestos, cada uno con una temática diferente.

Los pequeños muebles, jarrones y objetos sustraídos del desván se encontraban para el lado derecho y toda la parafernalia de patinador coleccionista hacia su izquierda. Yuuri esperaba de corazón poder vender todos los objetos que habían sacado del desván. Tenía, después de todo, dos días en el mercado para ofrecerlos. Si eso se daba así, quizás no tendría que vender muchas cosas de su colección, quizás aún podría preservar varios de los artículos más preciados. Con suerte, todo sería así.

 Con suerte, todo sería así

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Sigo siendo YuuriDonde viven las historias. Descúbrelo ahora