Segunda parte

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Si bien era cierto que Nicolás añoraba conocer aquella casa por dentro, también le inquietaban muchos misterios que la rodeaban desde el inicio

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Si bien era cierto que Nicolás añoraba conocer aquella casa por dentro, también le inquietaban muchos misterios que la rodeaban desde el inicio. Era un tema de conversación dentro del vecindario. Normalmente cuando alguien está por mudarse, desde el inicio de la obra llegan a verla siquiera para ver cómo van y si está quedando tal como la habían pedido, pero, por su puesto, aquella casa tenía que haber sido diseñada por arquitectos. Nadie sabía los nombres de los propietarios ni de dónde provenían. Y eso que en aquel vecindario no había secreto que pudiera ocultar bajo las miradas de los habitantes.

Era un vecindario que colindaba con un bosque, estaba rodeado de altos pinos y árboles gigantes. Nicolás encontró dentro del bosque un lugar de meditación cuando tenía ataques de ansiedad, iba a bañarse a un río donde él suplicaba a la naturaleza que se llevara todos los pensamientos que le atormentaban y que, de paso, que se llevara la condición cardiaca que sufría. Era extraño, mientras se sumergía en el agua, encontraba una tranquilidad que no hallaba en otros lugares. Ni en los libros encontraba aquella clase de tranquilidad: era diferente, extraña y potencialmente atractiva. A veces se sumergía en la profundidad del río y experimentaba la sensación de ahogamiento. Tendré que prepararme para esto, así se ha de sentir morir, es horrible. A lo mejor esa era la razón por la que Nicolás pasaba la mayor parte del tiempo perdido dentro de aquella vegetación. En aquella parte del bosque no había animales salvajes o peligrosos, por lo cual no corría riesgo alguno. O al menos eso era lo que sabía él.

Cuando Helena dio a luz los doctores le diagnosticaron una patología cardíaca a Nicolás. Helena y para aquel entonces su esposo, Abraham, se les rompió el corazón en mil pedazos. A Helena mucho más. Abraham huyó, tal como lo habría hecho Mariah, para no enfrentar la dura realidad. Sólo los cobardes se la viven huyendo, no dando la cara a sus responsabilidades. Así fue como Helena tuvo que tomar fuerzas para darle los cuidados necesarios a su pequeño, se lo llevó al trabajo donde trabajaba hasta que tuvo los treces años, entonces él decidió que era momento que su madre trabajara sin él, a veces se sentía como un peso más. Helena se había dedicado hasta entonces al servicio doméstico. No era un trabajo que le diera grandes frutos, pero no había terminado los estudios necesarios para buscar un trabajo mejor, así que no paró hasta pagar la hipoteca de la casa donde vivían y llevar comida a la mesa cada día, y comprar los medicamentos que mantenían vivo a su hijo. A Nicolás se le explicó su condición desde que empezó a tener razón. Los psicólogos creían que era necesario que él lo supiera, porque los síntomas iban a ser cada vez más notorios y sería él quien los sentiría.

Ni Helena sabía a lo que se refería con condición, pero era así como los doctores se lo habían dicho desde un principio. Nicolás no comprendía del todo, por eso cada año su madre se sentaba a hablar del tema con él, y así sucesivamente hasta que Nicolás logró entender de la mano de su madre lo que ella le había viniendo hablando desde muy pequeño. Nicolás no tuvo una infancia memorable, estuvo llena de conflictos y baches. Helena era consciente del acoso que recibía su hijo por ser homosexual, cuando se daba cuenta en la calle, lo defendía y amenazaba con denunciarlos a las autoridades. Lo envolvía dentro de sus brazos, sintiendo el calor de su pecho, como lo hace una gallina con sus polluelos. Esa es la mejor manera de describir dicho acto.

La mirada del lagoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora