Tercera parte

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A la mañana siguiente, cuando Nicolás se disponía ayudar a su madre a entrar las compras del supermercado, se percató que fuera de la gran casa, un chico de rulos castaños brillantes y con una estatura considerable a su edad, se re-pesaba sobre un...

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A la mañana siguiente, cuando Nicolás se disponía ayudar a su madre a entrar las compras del supermercado, se percató que fuera de la gran casa, un chico de rulos castaños brillantes y con una estatura considerable a su edad, se re-pesaba sobre una de las paredes principales. Helena entró a la casa sin meditar la situación, sin remedir que a su hijo le había llamado la atención su nuevo vecino. El vecino que cualquiera pudiera anhelar. Era hermoso. Vestía con prendas de alta costura y de su cuello colgaba un collar de oro que brillaba hasta la casa de Nicolás. El chico se percató que lo estaba observando y le regaló una sonrisa. A Nicolás le temblaron las piernas y no supo qué hacer sino entrar deprisa a la casa, y cerrar la puerta con sujetador. Le sudaba el rostro y parecía que había visto un monstruo, sin embargo, fue todo lo contrario.

—¿Pasa algo?

Helena se acercó a Nicolás y vio a través del cristal de la puerta. No había nadie ya. Nicolás agradeció que no estuviera ahí, porque le resultaría bastante vergonzoso que su madre se diera cuenta que le había gustado el nuevo vecino.

¿Gustar?

¡Claro que no!

Nicolás no creía en el amor a primera vista. Sería absurda la idea de gustarle a alguien a la primera. Aunque aquella era la primera vez que le sucedía algo similar. Nicolás había conocido un chico anteriormente, pero no lo suficientemente importante para pensar en él o que tenga un lugar accesible a su vida. Nunca le dio el pase directo a ella; al contrario, fue reservado y le dio su lugar en su momento. Aquel chico era interesado: cuando conoció la casa de su madre, salió corriendo a la primera y se decepcionó tanto de Nicolás que ese mismo día lo cortó. ¿Se decepcionó? Sí, por no tener dinero, por no tener una madre con una profesión universitaria como la suya, no aceptaba la idea de ser novio de alguien, cuya madre, era la misma que le hacía limpieza los fines de semana en casa.

Cuando Nicolás se había tranquilizado, volteó a ver a través del cristal: y no había nadie posando sobre el jardín. La primera impresión que tuvo de él en aquel instante fue a un nuevo Adán rodeado del jardín más hermoso del mundo. Claro, éste nuevo con su debida vestimenta. Su madre pasó la mano frente a su rostro para que reaccionara.

—Eyyy. Yujuuuu. ¿alguien ahí dentro? Eeeyyy.

Helena se dispuso a servir en los platos la comida que había quedado de la noche anterior: espagueti. En aquella casa se repetía comida, a veces, toda la semana. Iban tanteándose para no quedarse sin nada que comer. Lo poco que Helena ganaba, la mayor parte del dinero se iba en el medicamento que mantenía con vida a Nicolás. Era caro. Barato resultaba para una familia estándar. El resto se destinaba para las compras semanales de la alacena, no era mayor sustento, pero sí apaciguaba los días. Aquellos dos tenían que conformarse con los restos que el mundo dejaba a orillas de su vida.

Nicolás estuvo ausente, haciendo remolinos con los espaguetis durante la cena. Estuvo viéndolos e imaginando los rulos del nuevo vecino. Aquel pelo tenía vida propia: un brillo, una calidez, una vida propia. Vida que él carecía. Pero luego pensó que era ilógica la simple idea de pensar en él: quizás nunca tendría una conexión con él.

La mirada del lagoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora