Decima primera parte

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La noche era fría, ya no cruel. La temperatura corporal de Nicolás se adaptó a la del Lago. Ya no eran dos, sino uno. Estaba en medio de él y Nicolás se miraba hermoso a distancia, nadando boca arriba. Mirando las nubes blanquecinas que resaltaba en el cielo de la noche. Robbers estaba sentado en el porche de la cabaña, mirando al chico que le había cambiado la vida y le había enseñado cómo vivir una vida sin él. Empezaba a echarlo de menos, incluso cuando aún no se había ido. Nicolás no se percató que él estaba ahí, pero Robbers seguía mirándolo, lo suficiente como para recordar aquel vívido y resplandeciente momento como un recuerdo que late, y no como un momento sin pulso. Cuando Nicolás ya no estuviese, regresaría al recuerdo y lo vería desnudo, riendo como loco, en medio del lago, pensando en lo maravilloso que había sido en vida. Le resultó imposible no llorar en medio del bosque, para entonces Nicolás ya se encontraba consolándolo y secándole las lágrimas. Besándole los párpados. Besándole los mil aleteos que daba por minuto. Sus pestañas eran largas y brillantes. A Nicolás le parecían unas alas hermosas.

    —No quiero que te vayas —le confesó en tono de súplica.

    Fue desgarrador escuchar cómo la voz de aquel chico iba rompiéndose a medida que hablaba. Nicolás se sintió imposibilitado; no podía hacer nada al respecto.

    —No puedo hacer nada, el destino ya escribió mi final. Y me encanta —Robbers no paraba de llorar, era la primera vez que Nicolás lo veía llorar y se le removió todo su mundo—. Me encanta que al final hayas aparecido y hayas hecho de mis últimos días, una historia digna de recordar.

    —¡No quiero que te vayas, maldita sea! Nos estamos rompiendo el corazón y esta vez nadie nos los arreglará —se lanzó a sus brazos.

    Le dio besos en el pelo de Nicolás. Las lágrimas hacían camino al lago, en los ojos de Robbers se relucían dos lunas, una llena, y otra naciente. Nicolás era la luna llena; Robbers, la luna naciente. Todo tiene su ciclo. Todo tiene su principio. Todo tiene su final. Todos volvemos a la nada después de haberlo sido todo.

    Nicolás tomó el rostro de Robbers entre sus manos...

    —Todo estará bien, ¿ok?

    Ambas frentes se acariciaban.

    —No lo estará —Robbers sabía que, hacerse la ilusión de que nada había pasado después de conocerlo, no iba a cambiar el sentimiento de tristeza y desesperación siempre que él regresara a la cabaña y la mente, esa vez a quien traicionaría, ya no iba a ser a Nicolás, sino a él. Lo traicionaría de una forma brutal y cruel. Sin piedad.

    Robbers quiso que Nicolás hubiese tenido la mitad de la suerte que él tuvo. Él se dio cuenta de que el cuerpo de Nicolás estaba lleno de moretones, pero no dijo nada, no preguntó nada, él sabía perfectamente qué había pasado. No era noche de preguntas. Era la noche de despedida, el tiempo se había acortado y los días habían resultado cortos y sería eterno el recuerdo.

    —Ojalá yo pudiera cambiar el rumbo de nuestras vidas. ¿Cuántos días? —Había prometido no preguntas, pero quiso saber cuánto tiempo la vida le estaría cediendo junto a él.

    Nicolás no quería decirle. No de aquella forma. Tan cruel y descabellada. Decirle a quien amas el tiempo que te queda de vida, es desgarrador para ambas partes. Nicolás no quería que Robbers sufriera más de lo que ya estaba. El universo ya estaba escribiendo con letras doradas el nombre de Nicolás en esa oscuridad en la que se mueven las estrellas.

    —Dentro de unos días... cumpliré 17.

    Aquella edad representaba que Nicolás debía morir en aquellos días, sino es que en aquella noche donde se sentía liviano y ligero. Nada le pesaba en los hombros, ni el pasado pudo borrar la felicidad que en aquel chico surgía desde sus adentros. Nicolás reposó la cabeza sobre el hombro de Robbers, pareció que en él estaba dejando todo el peso del mundo. Todo lo que le atormentaba por las noches. De lo que huía. Estaba dejando en aquel hombro sus dieciséis años.

La mirada del lagoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora