"¿Tu crees en el destino?... Yo si creo en él" "Hay alguien que me hace creer"
Una triste historia de uno de muchos amores no logrados, la historia de ___ y Sabito, dos niños que se conocieron por obra del destino y llegaron a amarse tan intensament...
—¿A Sabito-san lo atacó un demonio, cierto?— preguntó Tanjiro con cautela, como si supiera que remover ese recuerdo dolía.
Asentiste lentamente, sin necesidad de agregar palabras.
—Fue en el Monte Fujikasane… el último día del examen.
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POV: ____
El silencio en el Monte Fujikasane no era el de un bosque dormido. Era un silencio espeso, como si el aire se hubiera rendido a la oscuridad. Uno que se colaba entre los huesos y hacía que el corazón latiera más rápido, más fuerte, solo para demostrar que aún estaba vivo.
Estábamos parados frente a la entrada, justo donde las glicinas marcaban el límite seguro. Más allá de ese punto, todo cambiaba: la luz, el olor, la esperanza. Allí solo había sombras. Y demonios.
—¿Listos? —preguntó Sabito, apretando el mango de su katana. Su tono sonaba despreocupado, pero sus nudillos blancos lo traicionaban.
—No —respondí con una sonrisa irónica—. ¿Y tú?
—Tampoco —admitió, con una risa breve.
Giyuu no dijo nada. Solo asintió, con la mirada clavada en la entrada. Parecía ver más allá de lo visible. Como si supiera lo que íbamos a perder.
Éramos jóvenes. Muy jóvenes. Apenas unos adolescentes. Pero llevábamos años entrenando con Urokodaki, soñando con convertirnos en cazadores. Nos había enseñado a luchar, a pensar, a resistir… Pero no a sobrevivir a la idea de perder al otro.
Un cuervo graznó desde una rama seca, y la puerta del monte se abrió con un sonido áspero. Un crujido que no parecía una bienvenida, sino una sentencia.
—Siete días —dijo un examinador, sin emoción ni humanidad—. Sobrevivan cinco días dentro del monte. No pueden salir antes. No pueden rendirse. Buena suerte.
Suerte, pensé. Qué palabra tan estúpida para este lugar. Pero no dije nada. Solo crucé el umbral.
El olor a sangre seca se mezclaba con el barro, la humedad, y algo más. Algo rancio. Algo que nos observaba desde las sombras.
—No se separen —les dije, como si decirlo en voz alta fuera suficiente para evitar lo inevitable.
Durante las primeras horas, los tres caminamos juntos. Sabito iba al frente, Giyuu en medio, yo atrás. Éramos un triángulo frágil, pero fuerte. Como una promesa sin palabras.
El primer rugido llegó a los pocos minutos. Un sonido gutural que te eriza la piel.
—¡Dios, qué susto! —grité, katana en mano, aún temblando—. Son más feos en persona.
Sabito soltó una carcajada.
—Miedosa —me dijo con una sonrisa burlona.
—¡No es miedo! Es instinto de supervivencia, idiota —le respondí, aunque tenía la adrenalina hasta en los párpados.