Protector.

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Después de ver que cada vez se alejaban más de su hogar en un tiempo considerablemente rápido, Nahia no pudo evitar llorar; sin embargo, no tenía planeado quedarse con esa criatura para siempre. Secuestrarla fue fácil, escapar también debía serlo. Tras unos segundos, el ser que la tenía en su poder se detuvo frente a una gruta; pensar que la mataría dentro de ella era lo más lógico.

Había más de esas bestias detrás de ellos. El Alfa se dio la vuelta y, con un gruñido, les ordenó que se fueran. Que fuese la única hembra no significaba que perteneciera a todos; ella era única y exclusivamente suya. Sus guerreros se inclinaron y abandonaron el lugar. Mientras ella observaba cada detalle para estudiar su comportamiento y capacidades, el Alfa se adentró con alegría en su refugio, la guarida de ambos.

Nahia pudo darse cuenta de que el interior era más oscuro de lo que pensaba. El miedo jamás la abandonó; en ese momento era su único amigo. El Alfa se detuvo en una zona un poco más clara, aunque sombría en su mayoría. La dejó con mucha suavidad en el suelo y ella trató de controlarse. Después de unos instantes, pudo observar lo que parecía un nido de aves enorme. Tenía la altura y forma de una cama cuadrada y bastante ancha. En la superficie había una piel; no sabía con exactitud de qué animal provenía. En las esquinas del recinto había montones de huesos apilados cerca de los muros. El suelo mostraba una evidente suciedad y, un poco alejada del nido, descansaba una vasija. Tal vez perteneció a los humanos en el pasado; el recipiente contenía un líquido, probablemente agua.

El Alfa solo observaba cómo ella conocía su nuevo hogar y, aunque no podía sonreír, trató de hacerlo. Era lo que sentía que debía hacer en ese momento, así que mostró sus colmillos. Nahia se dio la vuelta y, aunque le costó mucho, intentó disimular su expresión de terror. Sabía que eso la pondría en evidencia y necesitaba ganarse su confianza. Era mujer y, por lo tanto, inteligente; su plan consistía en obtener su seguridad para que, al menor descuido, pudiera cubrir su olor con algo —tal vez lodo— y huir de vuelta con su familia.

Sabía lo que tenía que hacer, así que le sonrió de forma muy suave, sin exagerar para no resultar sospechosa. El Alfa, muy feliz por el gesto, la tomó en sus brazos y la llevó al nido, recostándose muy cerca de ella. La acomodó en su regazo dejando su nariz próxima al cuello para inhalar su placentero aroma a flores silvestres y a una mezcla de fresas y bayas. ¿Cómo no pudo darse cuenta antes? Esas frutas crecían en su bosque; parecía que su hermosa compañera nublaba su juicio, pero si era ella, no importaba; era el único ser capaz de hacerlo y solo a ella se lo permitiría.

Mientras tanto, Nahia estudiaba sus rasgos. Había leído muchos libros sobre animales y ahora aplicaba esos conocimientos. Recordó que algunos machos son proveedores y las hembras distribuyen el alimento; también que ellos sufren si su pareja siente hambre, respondiendo con su instinto de protección. Como ya era de noche, lo probaría al día siguiente. Por ahora, se dejó abrazar para avanzar en su plan.

El Alfa, con la ilusión por las nubes, la estrechaba tiernamente. Vio su cara un poco sucia y, con todo su afecto, pasó su lengua áspera por las mejillas de la humana hasta dejarla limpia.

—Gracias —dijo Nahia, tratando de sonar dulce y amable.

Él se alegró tanto que, sin pensarlo, la apretó más contra su cuerpo hasta casi aplastarla. Ella no dijo nada; solo esperaba no cometer un error por su exceso de falsa confianza hacia él. Sobre la piel de animal y entre los enormes y cálidos brazos de la criatura, ambos se durmieron.

Nahia despertó por el sonido de unos gruñidos muy tiernos. Aunque fuese en esas circunstancias, no quería levantarse; el lugar donde estaba era fuerte, suave y caliente, simplemente la mejor cama del mundo. Después de un gruñido un poco más agresivo, decidió despertarse, dándose cuenta de que seguía en los brazos de la bestia. Él se emocionó tanto que ella sintió cómo sacudía su cuerpo. Comenzó a lamer sus mejillas y todo su rostro; le provocaba cosquillas, pero no tenía tiempo que perder.

El Primigenio.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora