Jasper se quedó huérfano cuando era tan sólo un bebé. No obstante, su tío (que no tiene hijos) lo adopta y lo convierte en su heredero universal, convirtiéndolo en el futuro Conde de Edimburgo.
Él, libertino retirado y hombre reformado para content...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Jasper nunca le había pedido un cortejo informal a nadie antes, pero no esperó que lord Whrite se mostrara tan dispuesto a dar a su hija menor. No hacía falta ser muy listo para ver que Andrew moría de ganas de que él y Queenie terminaran casados. Incluso el hombre había levantado las manos y, por un momento bastante humillante, pensó que lord Whrite aplaudiría de emoción. Gracias a Dios no lo hizo porque hubiera sido demasiado bochornoso para todos, incluido para su también muy bien dispuesto tío Tyrion. En cambio, como el viejo Andrew, un hombre de poco pelo, regordete y bigote espeso, parecía dispuesto a dejarse en ridículo a sí mismo, se puso de pie de un salto, con los ojos muy abiertos. —Qué oferta tan amable, Lord Edimburgo —dijo el Barón de Carls apremiado por agasajarles—. Sin embargo, me gustaría que también consideraras a Ivy en su lugar, ya que ella es la hija mayor.
¡Eso sí que no se lo esperaba! Tampoco se lo esperó Ivy, que quedó atónita al lado de su hermana menor. ¿Qué inspiración divina de último momento habría sacudido a su padre para proponerla? Ese hombre estaba perdiendo el juicio por momentos. Hacía apenas un instante le había pedido que cuidara de Queenie, y ahora la proponía como su rival. Debería hablar seriamente con ese hombre que se hacía llamar padre.
Jasper frunció el ceño. Sabía que no tenía experiencia con las propuestas, pero ciertamente no ser transferido a otra hija. Aquello lo descolocó y sus ojos negros brillaron con evidente malestar.
Manteniendo su tono tranquilo, respondió: —Pero, lord Wright, es la señorita Queenie a quien conozco y con quien hablé anoche. Deseo conocerla mejor. No conozco a su hija mayor, y ella tampoco me conoce a mí. Preferiría ofrecerme por la señorita Queenie —insistió él mismo ante la mirada incómoda de su tío, que se mantenía callado. Era definitivo: había firmado su propia sentencia de muerte. Por alguna extraña razón ese hombrecillo pensaba que él estaba dispuesto a casarse. Y aunque así fuera, no estaba dispuesto a hacerlo con cualquiera. Tenía que ser una de su gusto y no una impuesta.
—No importa —Andrew hizo un gesto con la mano en el aire bastante vulgar, y luego, en cuestión de segundos, antes de que Jasper pudiera objetar, lord Wright empujó a una mujer florero de pelo rojo y aspecto enfermizo delante de él.
Era una de esas situaciones que era tan absolutamente humillante que Jasper descubrió que no podía apartar la mirada. Sus ojos se movieron de la señorita Queenie a la señorita Ivy, y no pudo decidir quién de las dos tenía la expresión más afligida. El rostro de Queenie estaba tan rojo como una cereza, y su boca se había abierto de sorpresa ante el incómodo arrebato de su padre Andrew.
Luego estaba la señorita Ivy, que miró hacia el suelo. Él nunca la había visto antes. ¿Dónde se había escondido? O, a lo mejor, al ser una mujer florero quizás nunca se fijó en ella. En el baile, August le había contado un poco sobre ella. August sabía todo y cualquier cosa sobre la vida en sociedad. Él amaba esa clase de chismorreos, a diferencia de Jasper.
—Ella ha sobrepasado sus temporadas sociales. Siempre ha sido un poco reservada, no tan extrovertida y fresca como su hermana. Es algo triste, me duelo reconocerlo aunque soy su padre. Pero me consta que es muy inteligente y que puede llegar a ser una gran Condesa.