Capítulo IV

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Sabía que hacer sentir mal a Hera no era del todo correcto, ya que es mi amiga, pero, estaba convencida de que hacerlo estaba bien para que ninguna de las partes salga lastimada; bueno, al menos no mucho. Sabía que si Hera continuaba teniendo una relación con Claude en algún momento se iba a aburrir de él porque ninguno le sirve al otro, ni lo complementa. 

Como mencioné antes, el hecho de que se hayan entrelazado sus historias es extraño y desconocido, porque no fue por mi que se conocieron, ya que hasta donde tengo entendido, los dos ya habían mantenido una conversación antes de que yo los presentara, hasta habían mencionado algo de volver a "quedar" un día de aquellos. 

Me hacía sentir mal la cercanía de ellos dos, pero al final yo solo quiero verlos felices. A pesar de toda estas cosas que estaba haciendo con Abraham, no me molestaba ver a Claude y a Hera felices porque son mis mejores amigos, su felicidad la pongo por encima de la mía. El problema es que pensaba que si esta relación se prolonga demasiado, va a causar inconvenientes en ese triángulo que parece de las Bermudas y la felicidad de Claude va a ser fugaz.

— Porque es débil —susurré inconscientemente.

— ¿Dijiste algo? —preguntó mientras me hacía cariños en el pelo.

— ¿Uhm? No, no dije nada —respondí un poco asustada.

— Bueno. —Se recostó en la pared.— ¿Crees que algún día me vaya a confrontar? Ya han pasado varios días desde que le dijiste —mencionó desanimado.

— No. —Bostecé.

— ¿Por qué? —No paraba de jugar con mi pelo, me estaba dando mucho sueño.

— Seguramente piensa que me rechazaste porque cree que sigues perdidamente enamorado de ella —dije con sarcasmo y me levanté de su regazo.— Tal vez piensa que me rechazaste porque no hemos tenido ningún tipo de interacción en público desde entonces, es decir, ni siquiera me diriges la mirada. —Rodé los ojos y lo miré.

— Me da pena. —Suspiró— No es lo mismo coquetear contigo que con alguien más. —Arquee una ceja.— Es que tu, no sé, me causas una sensación extraña desde que me puse a llorar aquella vez. —Desvió la mirada.

Esto no puede estar pasando, en serio.

El hombre más mujeriego de este continente era incapaz de tocar o mirar a una persona como mujer solo porque estuvo como una hora llorando en mi pecho.

— ¿Y qué planeas hacer, entonces? —Me rasqué la cabeza.— No podemos seguir así.

El rodó los ojos e hizo una mueca. Yo bufé en consecuencia y me levanté para hacer algo de comer.

Revisé el refrigerador esperando encontrar algo interesante; pero no había mucho más allá de agua, cerveza y lechuga. Aunque por una esquina logré visualizar una caja extraña, la tomé y resulta que eran sándwiches de helado, me emocioné un poco y las llevé hasta la sala donde se encontraba Abraham tirado en el suelo, mientras unas lágrimas caían por sus ojos que parecían perdidos. Me senté al lado de su cabeza y la puse en mi regazo.

— Eres demasiado dramático. —Abrí la caja y saqué un sándwich.— Solo debes hacer conmigo lo que haces con todas las chicas y ya, eso es lo que soy, alguien más en tu lista. —Me llevé uno a la boca.— Aunque todo esto sea falso y yo no esté en tu lista realmente —dije con la boca llena— igual cuenta —me reí.

— No eres igual que las demás —aclaró con un puchero, yo me reí más fuerte.

— No estoy contigo de verdad, no podría ser igual. Además de que no me gustas, con más razón soy distinta —agregué con una sonrisa de oreja a oreja— tampoco que no soy para nada tu tipo.

Otro personaje.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora