Día 7: Mito griego

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Fue más allá del inicio de la propia humanidad, en la era donde dioses y criaturas míticas aún pisaban la tierra, cuando esta historia ocurrió.

Después del caos traído por la guerra entre dioses y titanes, y la horrible batalla contra los gigantes, la paz parecía ser más que una efímera ilusión.

Es así que para garantizar que la tranquilidad prevaleciera decidieron dividir el mundo entre los tres hermanos más poderosos de los olímpicos.

Shinichiro, como el dios entre dioses, gobernaría desde los cielos en el Olimpo; los mares serían regidos por el temido y respetado Izana; y finalmente, la tierra sumida en oscuridad y muerte conocida como el inframundo sería el nuevo imperio de Manjiro.

Para el resto de los dioses no hubo quejas, muy por el contrario, esperaban con ansias vivir el nuevo mandato de los hermanos tras haber derrotado al tirano de su padre.

Claro que con el poder y todos los beneficios también llegaron las responsabilidades y los deberes. Por lo que, en cumplimiento de su deber como dios supremo, Shinichiro se vio orillado a casarse con la diosa del matrimonio; Yuzuha.

Muy por el contrario, Izana no siguió las reglas y se dedicó a vivir una vida sin compromiso, era un alma libre, incapaz de privar su amor a quien lo deseara.

Para Manjiro la situación no fue diferente a la de su hermano Shinichiro, actuar con rectitud sería un ejemplo para todos los dioses y las criaturas existentes, y como gobernante de la tierra de los muertos debía dar el ejemplo. Además, aunque quisiera, no podía negar que vivir en un lugar tan sombrío cómo lo era el inframundo era desolador.

Sí, tenía grandes compañeros y amigos que le hacían sentir acompañado, pero no era suficiente para calmar el hueco que habitaba su pecho. Por lo que, al final, la idea de casarse no sonaba tan descabellada.

Para cumplir su nueva meta, Manjiro se dedicó a observar "prospectos" para ser la señora del inframundo. No tardó mucho en descartar a la diosa del amor, la diosa de la guerra o la diosa de la caza como alguna posible compañera, para gusto del solitario dios tenían personalidades muy contrarias a la suya.

Es así como su vista se fijó en la joven diosa que vivía en la tierra junto a su hermano, el dios de la primavera. Se trataba de Senju, la diosa de la cosecha.

La joven chica no sólo era hermosa, sino que poseía una personalidad fuerte, noble y leal; cualidades que la hacían merecedora del título de señora del inframundo.

Sí había algo de lo que Manjiro pudiera ser culpado era su incapacidad para relacionarse con otros dioses o seres, por lo que no fue sorpresa cuando la noticia del rapto de Senju fuera de voz en voz.

Sin embargo, lo que todos los oídos entrometidos y voces criticonas desconocían era la total aceptación de la joven diosa. Al fin sería libre del yugo de permanecer al lado de su hermano en la tierra, y por si fuera poco, se convertiría en la esposa de uno de los grandes dioses. Mientras que para Manjiro significaba el final de su soledad. Era ganancia se viera por dónde se viera.

Y es así como Senju se convirtió en la diosa y señora del inframundo. Respetada, admirada e incluso envidiada, pues el mero hecho de acompañar a un dios tan solitario como Manjiro tenía su mérito propio.

Con el paso del tiempo, todo pareció ir bien para el dios del inframundo, su reinado era próspero, sus aliados se mantenían leales y el universo mismo gozaba de una verdadera paz. Y aunque el sentimiento de nostalgia y de un anhelado, pero desconocido "algo" continuaba perforando su pecho, al menos era más tolerable de vivir.

Sin embargo, toda la falsa armonía con la que el dios se obligó a vivir se fue al Tártaro cuando, en una inesperada y fastidiosa salida al mundo humano, encontró a la orilla de un río a Takemichi, una deidad de la naturaleza.

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