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 Tal como las últimas noches, el mayor no había podido dormir adecuadamente, por lo que ahora se encontraba mirando fijamente su teléfono, mientras se encontraba sentado en el pequeño sofá de su despacho que le ofrecía la inmensa vista de la nocturna ciudad que amaba hasta los cimientos.

 La pantalla era la única luz interna en la habitación, sentía sus ojos arder, pero aún así observaba el silencioso marcador, que ofrecía una larga lista de contactos para hablar. Pero a pesar de la gran cantidad de números de teléfono que poseía en su celular, allí no se encontraba el que buscaba, el que necesitaba.

 Fukuzawa no utilizaba aquel tipo de aparatos, siempre había sido un hombre rígido e incapaz de afrontar el cambio. Sabía aun así que había terminado por aceptar el tener un teléfono fijo en la Agencia de Detectives que nunca atendía por su cuenta.

 Aun sabiendo todo eso, Mori deseaba marcar algún número que fuera únicamente de él, para que únicamente los conectase a ellos.

 Tenía una extraña sensación.

 Quería verlo.

 Quería escuchar su voz.

 Quería pelear contra él.

 Quería ver sus cejas fruncidas.

 Quería verlo acariciar amablemente algún gato.

 Quería, quería y quería.

 Lo quería a él.

 Quería atraparlo y tenerlo solo para sí mismo.

 El doctor suspiró y dejó el teléfono violentamente a su costado, luego tapó sus ojos con frustración, aquellos pensamientos no hacían más que molestarlo, pensó que aquellos pensamientos, que aquellos deseos habían desaparecido, pero no parecía el caso.

 Pellizco su brazo, fuertemente, como castigo.

 Le dolió.

 "Deja de pensar en eso", se recriminó, "no tienes derecho alguno a pensar en él", pensó, "porque sigues generando malestar a personas que no lo merecen", se odió.

 Se refería a Fukuzawa.

 Se refería a Chūya.

 Soltó su propio brazo.

 "Chūya", cayó en cuenta, "¿Cómo estará Chūya?", y rápidamente actuó. Torpemente con la vista aún afectada por el brillo del teléfono caminó hacía la habitación del pelirrojo. Su vista se acostumbró a la oscuridad a medida que iba avanzando. Pensó y se preparó para todos los posibles escenarios en los que podría encontrarse al menor; dormido, despierto, borracho, herido, en un ataque de pánico, perdido en su mundo, enojado, cansado.

 Pero al encontrarse frente a la puerta se quedó congelado al oír que no estaba solo.

- vete a la mierda Dazai -. Le decía el dueño de la habitación.

- sé que me has extrañado Chūya -. Reía el contrario.

- ¿extrañarte? -. Soltó una carcajada fría -. Deja de decir estupideces momia, nadie nunca te ha extrañado.

Mentira. Era una obvia mentira.

- yo si te he extrañado -. Interrumpió Dazai. Ambos de quedaron en silencio por un rato.

Mentira. Era otra obvia mentira.

El doctor comenzó a escuchar una risa amarga, incluso irónica. Luego un golpe. Siguió un traqueteo y extraños ruidos, creyó que debían de estar peleando, había murmullos que no identificó, luego un golpe seco, se habían caído al suelo.

El diablo no negociaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora