Capítulo 4: Soy yo la que salva a Sherlock Holmes.

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Dos años antes.

Era la primera vez que Sherlock iba a mi apartamento. La luna estaba puesta sobre nuestras cabezas y su luz fantasmal alumbraba tan poco como si su energía se hubiese agotado. Los perros ladraban y cada sonido, por pequeño que fuere, alertaba mis sentidos.

Sherlock Holmes iba colgado de mí con el brazo rodeando mis hombros. Sangre goteaba de mi herida en la mejilla recién abierta y el ardor de mis otros pequeños cortes me molestaba. Pero aún así tenía la fuerza suficiente para llevar el cuerpo herido de Sherlock.

Una profunda herida decoraba su pecho. La camisa que antes había sido del blanco más puro que había visto en toda mi vida ahora estaba teñido de un rojo escarlata que emanaba pánico.
Habíamos estado en la resolución de un importante caso cuando alguien que quería evitar que lo resolviéramos nos atacó en la oscuridad de la noche. Él había contado con la ayuda de un cuchillo recién afilado, y nosotros solo con nuestros dones físicos y un bastón que con un solo golpe se había partido por la mitad.

Por suerte el amenazante no había querido matarnos, y cuando vio el grado de la herida de mi compañero se había largado como un niño que oye los pasos de su padre luego de haber hecho una travesura.

Me monté a Sherlock en mis hombros y lo llevé al edificio donde me hospedaba. Estábamos demasiado lejos de la casa de Sherlock o de un hospital, en cambio estábamos a solo un par de cuadras de mi apartamento.

Subir las viejas escaleras fue un enorme desafío, pero, como siempre, lo superamos. Metí a Sherlock Holmes al apartamento y lo guie hasta mi cama de sábanas blancas. Que suerte la mía.

Lo recosté con cuidado y desabotoné su camisa. La prenda tenía un tajo enorme. Ya no había rastro del majestuoso blanco de hace algunos minutos.

—¿Está muy mal? —preguntó echando la cabeza hacía atrás a causa del dolor.

—¿Prefieres la verdad o la mentira? —respondí intentando no entrar en pánico. Con un trozo pequeño de tela hice presión sobre la herida para evitar que se desangrara, pero eso no parecía ayudar mucho. Los quejidos del detective me ponían los nervios de punta.

El cabello le caía mojado por el sudor sobre la frente. Mis sábanas no tardaron en teñirse del color de su sangre.

—Solo quiero saber —dijo seguido de un sonoro quejido. 

—No se si voy a poder parar la hemorragia.

Le indiqué que presionara sobre la herida mientras iba por el botiquín de emergencia al baño. Había hecho mi propio botiquín hacía años, mi difunto padre me había enseñado que lo mejor era siempre prevenir lo peor.

Cuando volví Holmes estaba casi desmayado, corrí a su lado y puse mis manos en sus mejillas. Estaban frías. El pánico no tardó en invadir mi lánguido cuerpo, que de no ser porque Sherlock necesitaba de mi, habría estado tan débil como una hoja que cae de la rama de un árbol. 

Le di una cachetada más fuerte de lo que pretendía.

—Despierta, Sherlock. Si te desmayas no podré salvarte —dije intentando mantener la mente fría.

Un suspiro escapó de los labios de Sherlock. El pánico fue reemplazado por el alivio. Abrí el botiquín y limpié la herida con cuidado. 

—¡Cuidado! —dijo cuando por accidente toqué cerca del corte.

—Lo siento, no soy profesional en esto. Deberías saberlo.

Por suerte se detuvo el sangrado luego de varios minutos, pero Holmes estaba muy débil. Con cuidado logré cerrar la herida, y antes de que se quedara dormido cubrí el profundo corte con una larga venda blanca.

Un caso de amores libres y misterios indescifrables [Sherlock Holmes]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora