Wakasa es un omega que acaba de perder a su bebé.
Shinichiro es un alfa con un bebé recién nacido, abandonado por su papá omega.
El bebé de Shinichiro necesita de Wakasa para sobrevivir y quizá Wakasa necesite de ambos también.
-Perdón por tomarme el atrevimiento de hacerlo. No quería que tuvieras que pasar por esto también, pero me pedían un nombre para su lápida y yo no...
-Está bien, Benkei. Me gusta, en serio.
Wakasa finalmente había podido librarse de esa horrible bata de hospital y reemplazarla con su ropa normal. La camiseta gris ahora se le ceñía al abdomen plano, como un recordatorio personal de su tragedia y, sobre todo, para no volver a entrar en ese estado somnífero que le privaba recordar que aún le debía lágrimas a alguien.
Benkei había tenido que escoger improvisadamente el nombre de su bebé para poder tener siquiera una lápida que visitar: Sayuri.
Sayuri. Sonaba lindo.
Aparentemente, lo recordó de alguna revista y -según su lógica-, si aparecía en una, debía pertenecer a alguien importante o famoso; un nombre digno para una princesita como la que la suya iba a ser. Era perfecto. Lástima que ahora solamente iba a estar grabada en piedra y adornada con flores que envejecerían cada día más.
-¿Ya estás listo? -preguntó el alfa detrás de él.
Wakasa estaba por asentir, pero se detuvo. Meditó un par de segundos que hicieron preocupar a Benkei.
-No, pero adelántate.
-¿A dónde irás? ¿No quieres que vaya contigo?
Wakasa entendía la preocupación del alfa. La última vez que lo había dejado solo... pues, pasó eso. Era natural que su instinto de protección saltara por el ardor de la herida aún fresca y se rehusara a abandonarlo.
-Solo quiero preguntar algo. Adelántate, te alcanzo después -sentenció con esa voz autoritaria que tácitamente comunicaba que no quería más objeciones.
A Benkei solo le quedó asentir inseguro y esperar afuera al omega el tiempo que fuera necesario.
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-Mira, tú y yo conviviremos los siguientes dieciocho años, así que tenemos que llevarnos bien.
En respuesta, Manjiro se soltó a llorar. Shinichiro consideró seriamente resignarse y solo unirse a él.
Era definitivo: su propio hijo lo odiaba. Había cometido el garrafal pecado de separarlo del primer omega con el que tuvo contacto y ahora se deshacía en gritos cada vez que hacia el amague de querer cargarlo; casi como si le reclamara el desprenderlo del omega o incluso a veces, como si le exigiera llevarlo con él; Shinichiro tenía el severo presentimiento de que así era.
-¡Si sigues así, no serán dieciocho, serán quince!
En su defensa, se le habían acabado las opciones.
¡El mocoso no aceptaba fórmulas! A pesar de tratarse de leche extraída de algún omega al que la enfermera que le tuvo compasión debió implorar, no las quería aceptar completas y eso preocupaba a los médicos, pues podría entrar en riesgo de desnutrición.