SEIS

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—¿Te has fijado en que muerte rima con suerte? —observó Ruby.

Durante esos días yo andaba muy interesada en la poesía y, como ella era curiosa, la puse un poco al tanto de mis lecturas. Ella todo lo relacionaba con la muerte, hasta la explicación de mis versos.

—Estas cosas deben ser perfectas para leerlas en un buen viaje de los que sabemos —dijo y a Rosé y a mí nos pareció una buena propuesta.

Hubo un tiempo en que nos encerrábamos las tres todo un domingo a fumar marihuana y a leer poesía. Encontrábamos frases que nos hacían creer que ya comprendíamos el mundo, otras muy profundas que nos dejaban mudas, otras que nos hacían carcajear de la risa y otras que nos producían un hambre espantosa. Esas fueron las épocas tranquilas, las de música y lectura, y una que otra droga para cambiar de estado. Pero hubo otros días domingos y otros encierros de los que todavía no entiendo cómo salíamos completas. Entonces ya no eramos las tres solamente, sino un montón de personas extrañas.

—Son amigos de Ruby —me explicó Rosé.

No se necesitaba un espejo para observar que eran diferentes a nosotras, aunque con el tiempo termináramos las dos iguales a ellos. Tenían unos peinados particulares que hacían distinguirlos de las personas que conocíamos, usaban unas ropas tres tallas más grandes, aunque algunos jeans sí eran pegados al cuerpo, y abajo encontrábamos un par de zapatos enormes, con luces fluorescentes y rayas de neón. Siempre había visto a estas personas de lejos y nunca entré a detallarlas, pero ya metidas en el apartamento de Ruby, comencé a observarlas minuciosamente y, con mucha cautela, a imitarlas. Primero fue el cabello, Rosé y yo nos lo dejamos suelto a un estilo salvaje bien interesante, después nos enrollamos brazaletes en las muñecas y nos metimos en jeans gastados y ceñidos al cuerpo; en las fiestas intercambiábamos camisetas, y así fue como a mi armario fue a parar la ropa de Jessica, Vicky, Minji, Dami y otras más.

Inclusive, John, en un ataque de afecto, me regaló uno de sus escapularios, el que tenía colgado en el pecho y que, según Ruby, por ese motivo lo asesinaron porque por ahí le había entrado el disparo.

—Ruby me habla mucho de ti, ¿sabes? —me dijo John esa noche—. Dice que eres una mujer cool, genial, tú sabes —se abrió la camisa y apretó la medallita—. Para mí, las personas que quieren a mi Ruby se merecen todo mi afecto —se sacó el escapulario con mucho cuidado, como si fuera una delicada cadena de oro—. Ten, bonita, pontelo y cuida a mi hermana, no quiero que vayan a hacerle daño a mi Ruby. Tú pareces ser responsable, ¿no? Úsalo, este es del Divino Boy, y las va a cuidar a las dos —me agarró el rostro con las dos manos, me apretó los cachetes y me dio un beso en la boca, yo solo pude parpadear y asentir sonriendo a lo que preguntó después—. ¿Quieres más coca?

Después que lo asesinaron le di el escapulario a Ruby. Creí que me iba a culpar, pero no me dijo nada, lo besó, se lo puso y con un movimiento de mano se bendijo a sí misma. Eso ocurrió cuando se fue después del entierro, cuando volvió subida de peso. Sin embargo, atando cabos entendí que los kilos y su bondad conmigo provenían de haber saldado ya el rencor.

—Si me lo hubieses dado antes, podíamos haberlo enterrado con él —fue lo único que me refutó.

La única que no iba a las fiestas donde Ruby era Jisoo, no si estaba Rosé. O Rosé no iba si estaba Jisoo. La que llegara primero era quien se quedaba, la otra no tenía más opción que mandar advertencias.

—Dile a esa perra que ya tiene aroma a muerto —mandaba decir Jisoo.

—Dile a esa perra que ya quisiera ella tener mi aroma —mandaba decir Rosé.

Al comienzo se armaban conflictos entre los defensores de Jisoo y los simpatizantes de Ruby, porque Rosé no tenía a nadie que intercediera por ella, excepto yo, quien por supuesto no iba a buscar problemas con ellos. Mientras vivió, John fue quien neutralizó la situación.

RUBY TIJERAS | Adaptación JenlisaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora