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Caminé apresurado, chocándome con un par de personas; balbuceé una disculpa y mantuve la mirada clavada en el suelo. Llegué a la cola del tren casi sin darme cuenta. Como el tren estaba parado en una estación, abrí la puerta y salí al último vagón, que no era más que un pequeño cuadrado sin techo.

El suave sol de Diciembre me acarició el rostro. Pude ver cómo se abría paso en un cielo salpicado de nubes, aunque tenía la mirada turbia por las lágrimas que no dejaban de mojarme el rostro. El recuerdo reciente de aquella cena aún  me hacía temblar y la presión en el pecho se agudizó peligrosamente. Traté de respirar hondo. Y me limpié las lágrimas con torpeza cuando intuí que había alguien detrás de mí. No me hizo falta darme vuelta para saber quién era.

   —¿Estás bien?— me preguntó Mew.

Me cercioré de que mi rostro estuviera bastante seco cuando me volví a mirarlo. Quise contestarle pero sólo fui capaz de asentir. Y ante su mirada urgida me eché a llorar allí mismo, otra vez como un niño indefenso. Lleno de vergüenza intenté alejarme pero él no me lo permitió. Me envolvió en sus brazos y me consoló. Además de su calor, me rodeó su perfume: un exquisito aroma a pino silvestre, muy dulce y muy reconfortante. No sé cuánto tiempo estuve entre sus brazos. Creo que hasta que pude derramar todas mis lágrimas.

   — Lo lamento.—dije despegándome con esfuerzo de su pecho cálido. 

   Mew me miró con curiosidad.

   —No es agradable ver a un hombre llorar.—le dije con un hilo de voz– Los hombres no lloran.

   — Quien te haya dicho eso, no sufrió nunca. Y me da mucha pena porque cuando tenga que sufrir de verdad será muy doloroso para él si no se permite llorar.

Sus palabras, y la dulzura con la que las expresó, me envolvieron de tal forma que me anclé en sus ojos y me perdí en ellos, quién sabe por cuanto tiempo. Una magnética sonrisa en sus labios finos me trajo de nuevo a la realidad. Parpadeé todavía embelezado cuando sentí sus dedos largos sobre mi hombro izquierdo.

   — ¿Qué es lo que necesitas justo ahora? Si pudieras pedir lo que fuera, ¿qué sería?

   — Paz…— balbuceé frotándome el pecho que todavía me dolía.

   Mew sonrió pícaro.

   — Si es paz lo que necesitas…, entonces yo puedo ayudarte. Sigue viaje hasta la estación Frieden. Ya te he hablado de ese lugar. Pero ahora tengo la certeza de que deberías conocerlo. Cuando estés en la vieja estación, pregunta por la posada del mismo nombre. Bueno, ya descubrirás que en ese pequeño pueblo todo- o casi todo- se llama Frieden. Allí serás bien recibido. Y podrás descansar. La posada es un lugar…mágico. Allí…cualquier cosa puede pasar…

Reconozco que logró despertarme cierta curiosidad, especialmente con sus últimas palabras. Pero descarté su consejo para mis adentros. Era consciente de que, en el apuro con el que había dejado el departamento, no tenía encima ni una sola moneda. Las pocas que tenía ya las había gastado en la estación de tren.

   — ¿Tú también te bajas en  Frieden?–  le pregunté.

   — Yo me bajo antes...

Eso aceleró mi decisión. No me bajaría en Frieden. Iría, en cambio hasta el final del recorrido, y luego vería qué hacer. No tenía ni ganas ni fuerza para pensar cuál sería mi próximo paso. Aquella mirada azul celeste me seguía hipnotizando. Y otra vez fui consciente de que tenía el poder de barrer de mi pecho todo ese dolor que me invadía cuando el fantasma tortuoso de Eric buscaba aproximarse a mí.

Y otra vez me perdí en aquella mirada, tratando de ignorar una voz en mi cabeza que me advertía que no me hiciera ilusiones. Que aquella historia seguramente no acabaría bien. Que yo no había nacido para sentir el amor- como decía el Poeta- sino para soñarlo... También la traté de ignorar cuando buscó apartarme de aquella mano, ahora amiga, sobre mi hombro, invitándome a retomar el camino hacia adentro. Ya que el tren volvía a ponerse en movimiento.

Un beso de AmorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora