Debo anticipar que la gran parte del inicio (y de paso también parte del cuerpo central) de esta nueva aventura amorosa tiene que ver con el fútbol, pues como saben, en un país como el mío el fútbol siempre está presente (aunque seamos muy malos en él). En fin, el fracaso con Gaëlle me había dejado sumamente abatido (y avergonzado), sentía que había hecho las cosas bien, pero que por culpa de ese minúsculo detalle, por ese maldito calambre, todo se había ido al demonio. Obviamente esa experiencia me dejó marcado y muchas cosas sobre mi cambiaron. Primero que nada renuncié a la natación para siempre, empecé a bajar de peso de forma impresionante y empecé a salir más a la calle. Dejé de lado las reuniones de los hijos de las cuarentonas por carreras en bicicleta por el vecindario; dejé las tardes pegado a la televisión por los interminables partidos de fútbol en la cancha de cemento; las palabras correctas por la fina lengua de la calle llena de palabras soeces que casi me cuestan regaños de mi padre.
Para mi mala suerte toda esa diversión terminó antes de empezar porque tenía que volver a clases. Debido a que Vania y Fabiana aún seguían ahí, y verlas me sacaba una cara larga y una tenue sonrisa maliciosa respectivamente, decidí abandonar la conquista escolar, visto que sentía que si fallaba de nuevo, posiblemente quedaría mal ante todo el colegio. Además que estaba en tercer grado, ya los chicos comenzaron a dejar de ver mal a las amiguitas y empiezan a fijarse en hablarles, conocerlas, etc. Así que ya veía a cada chico con un objetivo; inclusive Jorge volvió a intentar con Vania... Finalmente para fracasar miserablemente, pero bueno, ese no es el punto.
Visto que no quería involucrarme mucho en el colegio, renuncié a los amigos de colegio y pasaba todas mis tardes en la cancha de cemento. Igualmente me concentraba mucho en la escuela, mantuve a los amigos originales que tenía, al fin y al cabo no es que quería perder amigos, solo no involucrarme más en la escuela de lo poco que ya estaba, que yo consideraba suficiente.
Mi vecindario era el clásico de la clase media-baja limeña: Eran varias casas multicolores distribuidas en forma de rectángulo. La zona principal era el conjunto de casas que formaban el rectángulo más grande, donde se hallaba un jardín rodeado por la vereda y que al centro tenía una pequeña glorieta a la cual se accedía por un par de veredas diagonales. Al lado izquierdo estaba la mítica cancha de cemento. La otra parte del vecindario eran dos calles a la mano derecha donde vivían los más alejados pero que casualmente siempre se caracterizaron por ser los mejores jugadores. El sistema es fácil: todos juegan igual con todos, no importa la edad, pero tienes que ser del vecindario. Esta última norma les puede sonar extraña pero es que desde siempre mi vecindario se caracterizó por ser uno de los pocos con cancha de cemento, y como los del barrio no éramos pocos, incluir a más personas haría de los partidos algo tedioso y aburrido.
Yo empecé a jugar en la cancha de cemento a los 7 años, recuerdo que para entonces una nueva oleada de niños surgió por lo que no fui el único chiquillo que quería iniciar su carrera de fútbol callejero. Una vez que todos nos reunimos, conocimos al supuesto líder: su nombre era Braulio, era un joven de unos 17 años, delgado, un poco alto, de tez un poco oscura (no era negro, era un cholo oscuro, si quieren que sea más claro). Siempre usaba polos blancos largos y shorts negros hasta las rodillas. Lo primero que hizo como líder es preguntarnos de que casa venimos y qué familiar nuestro había jugado antes. Por suerte mi casa era muy visible, por lo que no hubo problema, y mi antecesor era el marido de mi tía, así que fui recibido sin mayor problema.
Nos contó un poco de la historia de la cancha. Nos dijo que cuando el empezó a jugar, el vecino la casa que esta a espaldas del arco sur solía ser muy amable y no tenía problemas en devolver el balón, pero desde que se casó por segunda vez, se volvió un ser despreciable y el peor castigo que les impuso fue construir una reja con clavos sobre su techo, y cada vez que un balón caía en su casa, él lo tomaba, subía al techo, y clavaba el balón y lentamente veíamos como agonizaba hasta que de quedaba como un pedazo de tela. Ante esto los vecinos quisieron solidarizarse con los chicos por lo que mandaron a que la municipalidad construya rejas que rodeen todo el campo de futbol para que sea más difícil que el balón se vaya.
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Libro del mal amor
HumorEl siguiente conjunto de historias tienen como inspiración el libro "Libro del Mal Amor" de Fernando Iwasaki. Leí el libro hace unos meses y me pareció sensacional y divertido. Ahora trataré de hacer una versión propia. Cada capítulo será breve y co...
