CAPÍTULO 8

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Daniela siguió a María José por las escaleras; su  mano envolvía la suya. La manera que tenía
de tocarla era tan ligera y cálida que, de alguna manera sutil pero física, la hacía sentir que estaba a sus órdenes.

No quería pensar en lo mucho que a su cuerpo le gustaba el de la morena. Cómo sus órdenes
conseguían que se le acelerara el pulso y notara calor en el sexo. No quería reconocer la batalla mental que seguía librando a cada momento. Si pensaba en eso quizá lo pararía todo.Le pondría punto final a la historia. Era mejor seguir adelante. Entregarse, como había dicho ella. O, al menos, intentarlo. Le gustaba demasiado para pararlo. Sabía que se encontraba en una especie extraña de negación. Fingía que esto era solo una perversión, que no significaba nada más, ni de ella, ni del modo en que María José la hacía sentir.

«Sí, no es más que sexo y ya está. Es una respuesta puramente física. No tiene por qué tener sentido.»

El dormitorio de Poché estaba iluminado con una luz tenue procedente de una lamparita colocada sobre la cómoda, que proyectaba una luz dorada sobre la gran cama. Recordaba la sensación de las sábanas limpias y almidonadas y su piel desnuda junto a la suya. Su sexo ardía de deseo.

«Muy pronto.»

Poché se volvió y la miró. A tan corta distancia la castaña se dio cuenta realmente de lo hermosa que era. Bajó la vista a los tatuajes en sus brazos.

¿Qué tenían que la hacían parecer algo malvada y erótica a la vez?

—Daniela, estate atenta.

Poché le levanto la barbilla y la sujetó con la mano con firmeza, para que supiera que estaba allí, que ella era la que estaba al mando. De eso no había duda. Aunque con ella nunca la había.

Daniela se dio cuenta de que, salvando las distancias, Poché era la primera mujer que conocía y que controlaba más que ella. Tal vez se debiera a esto la atracción descontrolada que sentía por la morena, así como su habilidad para entregarse. Entonces la embargó una sensación de miedo y de resentimiento.

«No pienses.»

—Daniela, necesito que te concentres. Que estés aquí conmigo.

Miró esos penetrantes ojos aceitunas.

—Estoy aquí.

Poché entrecerró los ojos, estudiándola.

—Sí, ahora sí. Mucho mejor.

La morena bajó la mano, retrocedió un poco y Daniela pensó que le diría que se desnudara, como hizo la última vez.

El corazón le martilleaba y sentía una oleada de nerviosismo ante la expectativa y el esfuerzo por no pensar en nada y resistirse a diseccionar lo que estaba pasando. Sin decir nada, Poché se acercó a la castaña y empezó a desnudarla suavemente y muy despacio; Daniela temblaba al notar sus manos. Su mente empezaba a ponerse en blanco; no podía hacer nada al respecto. No recordaba qué era lo que había estado intentando discernir momentos antes.
Poché le pasó las manos por los brazos al bajarle la blusa por los hombros.

—Tienes una piel preciosa. Me encanta su palidez. Y tienes unas pequitas por aquí… son
como una dulce sorpresa.

Le pasó los dedos por el hombro y el placer la recorrió como si fuera una corriente que le
electrizaba las venas. ¡Y eso que solamente le tocaba un hombro!

La ayudó a descalzarle los zapatos negros de tacón y luego le desabrochó los pantalones y se
los bajó por las caderas. Se quedó sin nada salvo su sostén y las bragas de encaje blanco.

Se quedó sin nada salvo el poder de su deseo.

—Ah, me encanta que lleves puestas estas cosas tan inocentes para verme. El encaje queda
precioso en tu piel, pero tendré que quitártelo también.

𝗘𝗹 𝗟𝗶𝗺𝗶𝘁𝗲 𝗗𝗲𝗹 𝗣𝗹𝗮𝗰𝗲𝗿Donde viven las historias. Descúbrelo ahora