CAPÍTULO 17

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Pov Daniela

Había conseguido no pensar durante tres semanas. Tras la noche con Poché en la ducH laha, había realizado un nuevo pacto conmigo misma: puesto que no podía hacer nada respecto a mis sentimientos, me limitaría a aceptarlos. No tenía por qué cambiar nada.

Los sentimientos, simplemente existían podía elegir qué hacer al respecto… o no.

Había habido más noches en la ducha. Y días.
Se había convertido en uno de mis lugares preferidos para tener sexo y me encantaba, me gustaba la crudeza de las azotainas en mi piel mojada, el ruido resonando en las paredes de las baldosas de la ducha, el que hacía ella y el que hacía yo.

Poché se había medio instalado en mi casa, dejando un cepillo de dientes aquí, una camiseta de repuesto allí y ropa interior. Tampoco era que significara nada. Sencillamente, era práctico. Mi casa estaba mucho más cerca del Pleasure Dome que la de Poché; se encontraba
al final de la calle.

El ordenador portátil de Poché en un rincón
del comedor era otra cuestión práctica, nada más. Fuera como fuese, a mi me gustaba sentarme a escribir juntas por la tarde, con Poché en la mesa de cristal del comedor y yo trabajando en el escritorio del despacho de mi piso, a pocos metros. Me hacía sentirme acompañada. Y, si alguna de las dos necesitaba alguna idea para un punto de la trama, la otra estaba justo ahí. Lógicamente, a menudo todo ello llevaba al sexo. Pero, como era una autora de novela erótica, lo consideraba una especie de inspiración. Mi libro empezaba a cuajar, con la trama y las dinámicas de los personajes fluyendo, gracias, en gran parte, a la morena sexy. Siempre era un buen signo que el texto funcionara.

Lucía había vuelto a llamar y había preguntado cómo iba todo. No le había explicado la mayoría de las cosas. No estaba segura del motivo. Quizá solamente quería que todo lo que ocurría quedara entre nosotras. En privado.

O quizá tenía miedo de que, si hablaba de ello, se convertiría en algo demasiado real que arruinaría mi capacidad para negar lo que significaba para nosotras. Para mí. Y prefería que esos pensamientos no alcanzaran mi plena consciencia.

Era una especie rara de autonegación, pero me permitía lidiar con todo aquello.

Me proporcionaba el pequeño distanciamiento que necesitaba para conservar el equilibrio. El control. Yo no había dejado nada mío en casa de ella, por mucho tiempo que hubiera pasado allí.

Ese era uno de los pocos días en los que estaba sola en casa durante un rato, sentada en la
mesa del comedor, sorbiendo una taza de mi té preferido, jazmín y té verde, con un plato de tostadas con mantequilla al lado.

Miraba a través de las ventanas, como hacía a menudo. El sol intentaba abrirse paso entre la niebla matinal de Seattle, con una luz dorada y brumosa, dejando manchas calientes sobre el
pulcro parqué, haciéndolo brillar con un destello cálido y dorado. Me recordaba aquella
mañana tumbadas en la cama con Poché, otro día soleado, como ese. El sol había atrapado el vello suave de su antebrazo mientras dormía, tiñéndolo de oro y ámbar. Había estirado el brazo y había tocado el de Poché con las puntas de los dedos. Y ella se había despertado, sonriéndome, con sus ojos de un verde aceituna imposible que parecían atravesarme con la mirada.

Que parecía que miraran dentro de mí.

Aún estaba medio oscuro cuando Poché me había dado un beso de despedida hacía una hora porque había quedado con su amigo Dante para ir de excursión a algún sitio. Más tarde, quedaríamos con Dante para cenar.

Cogí la taza entre mis manos, la levanté y bebí el líquido caliente. No estaba segura de cómo me sentía respecto al hecho de conocer a los amigos de Poché. Parecía el curso natural de las cosas, suponía. El curso natural de una relación. Y eso no era lo que ocurría. ¿O sí?

𝗘𝗹 𝗟𝗶𝗺𝗶𝘁𝗲 𝗗𝗲𝗹 𝗣𝗹𝗮𝗰𝗲𝗿Donde viven las historias. Descúbrelo ahora