CAPÍTULO 10

2.8K 127 3
                                        

Pov Daniela

Trato de respirar con calma, pero el peso de Poché encima mío no ayuda. Aún así no quiero moverla.

Estoy completamente adolorida, exhausta y excitada.

¿Qué acababa de ocurrir entre nosotras?

Esto que acaba de pasar entre las dos fue diferente. Hubo juego de poder, de eso no había duda. Me sentí absorbida por ella.

Me había rendido ante ella y había vaciado mi mente en el momento en que entró por la puerta de mi apartamento.

Sus manos encima mío habían sido duras, pero me había encantado.

«No pienses en ello.»

No quiero pensar en qué significa admitir todo esto. No, porque cuando pienso demasiado en eso, vuelve el miedo y por ende desaparece el placer.

«Para.»

Sí, tengo que parar de pensar y, sencillamente, estar aquí. Con ella. Puedo sentir su olor, ese exquisito y agradable olor del océano y el bosque, dulce y sexual. Huele tan bien.

Dios, ¿desde cuándo mis pensamientos habían tomado ese cariz infantil?

Ha estado ocurriendo un poco cada vez que la veía. Pero se me está yendo completamente de las manos.

Tengo que volver a la realidad, pero me es imposible al estar consciente del cuerpo de la mujer que tengo encima, del ruido de su respiración entrecortada. La textura de su piel bajo mis manos, su mejilla contra la mía, su respiración cálida en mi sien. De repente me pasa por la cabeza la idea de que no quiero que se mueva y deje de sentir su calor, una pequeña ola de pánico me invade. Me obligo a quedarme quieta para tragarme ese pánico.

María José levanta la cabeza y me mira . Tiene los ojos de un tono aceituna muy brillante y a mí se me encalla la respiración en la garganta. O quizá lo que intento reprimir es la ansiedad que siento.

—¿Daniela? ¿Qué tienes?

—¿Qué quieres decir?

—De repente, te has puesto totalmente tensa.

—Estoy… estoy bien. Pesas un poco…

—Ah, lo siento.

Poché se quita encima de mí y lo noto como una aguda pérdida. Eso, y el calor de su cuerpo cuando se pone de rodillas. Sigue entre mis muslos y yo quiero cerrarlos para retenerla allí, para tomarla dentro una vez más.

«Jamás es suficiente.»

Tragué saliva y la emoción me produjo un nudo en la garganta.

«¿Qué es lo que me está pasando?»

María José me observa pero su mirada habitualmente incisiva está un poco ensombrecida. Los efectos posteriores al orgasmo, supongo, pero está contenta por eso.

Es demasiado intuitiva y sé que no quiere hablar en este momento de lo que ocurrió. Ni yo misma lo entiendo.

Estira el brazo y con un dedo, me acaricia la mejilla, la barbilla, mi labio inferior,
sonriéndome, me derrite. Me enternece completamente y noto sus extremidades calientes y lánguidas. No sé cómo luchar contra eso.

Me doy cuenta de que tampoco quiero seguir haciendo esto con ella. ¿Por qué debo hacerlo?

La idea me sobrevino como un golpe: repentina, pero clara. ¿Por qué no, simplemente, explorar esto, sin cuestionar cada pensamiento, cada sensación, cada acto íntimo entre las dos?
Ninguna de las dos buscamos el «felices para siempre». Eso debe bastar para mantenerme a salvo. Oh, sí, Poché es peligrosa. Se ve peligrosa. Huele a peligro.

𝗘𝗹 𝗟𝗶𝗺𝗶𝘁𝗲 𝗗𝗲𝗹 𝗣𝗹𝗮𝗰𝗲𝗿Donde viven las historias. Descúbrelo ahora