Parte 8 Perla, la sangre

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Pato y Mariana caminaron en silencio hacia la biblioteca. El ambiente de la hacienda era cada vez más pesado desde que paró la tormenta. Al acercarse a la entrada, ambos vieron a Javi, aún inmóvil, mirando su auto desde la distancia.

Javi tenía los ojos hundidos en la desesperación. Ya no intentaba salir. Solo miraba, convencido de que nunca saldría de aquel lugar. La esperanza, lo poco que le quedaba, se desvaneció lentamente con cada minuto que pasaba. Dejaron a Javi y siguieron su camino.

Al abrir la puerta, encontraron a Víctor dormido acostado en un sillón de terciopelo, su rostro pálido y la pierna cubierta con una manta manchada por la hemorragia.
Axel estaba allí, de pie junto a Víctor, terminándose la botella de tequila él solo. Levantó la mirada cuando Mariana y Pato entraron en la habitación, y les dio una pequeña sonrisa de alivio al verlos. Hizo una seña de que no hicieran ruido.

—Pato, quiero que te quedes con Víctor. Asegúrate de que esté bien. Si algo cambia, cualquier cosa, grítame.
—Sí, está bien. —dijo, sentándose junto a Víctor.

Mariana respiró profundamente, sintiendo la responsabilidad que cargaba sobre sus hombros.

—Axel, ven conmigo. Vamos a buscar más pistas. Algo tiene que estar escondido en esta casa, algo que nos ayude a entender qué está pasando.

Axel asintió, listo para acompañarla. Los dos salieron dejando a Pato vigilando a Víctor. Mientras se alejaban por los pasillos oscuros y fríos, la sensación de que el tiempo se estaba agotando crecía en el aire. Axel, borracho, caminaba de manera inestable, pero con una sonrisa en el rostro, intentando aliviar la tensión del momento. Mariana, estaba su cabeza pensando miles de posibilidades.

—Deberías relajarte, Axel —murmuró Mariana estresada. — con tus adicciones... ya sabes, como lo hace Víctor. Tu hermano no se pone basura como tú.

Axel soltó una carcajada. No había esperado esa clase de comentario de Mariana, y aunque su sonrisa estaba teñida de alcohol, había algo genuino en su alegría momentánea.

—Oh, ¿Para eso me trajiste? —preguntó, ladeando la cabeza para mirarla—. ¿Qué debería ser más como Víctor? ¿Atormentado, atrapado en mis propios demonios?

Mariana lo miró de reojo, sintiendo un pequeño tirón de arrepentimiento por lo que había dicho. Pero antes de que pudiera responder, Axel dio un paso más cerca, sus ojos brillando con una mezcla de humor y algo más.

—Vamos, Mari... —dijo con voz suave y juguetona— No puedes negar que esta situación es... bueno, está de la verga. Todos aquí estamos al borde, tú también. ¿Por qué no dejarlo todo por un segundo? Relájate... como dijiste.

Mariana, que normalmente era tan firme, sintió una grieta formarse en su persona. La soledad, la confusión, y el peso de todas las mentiras que había descubierto estaban empezando a aplastarla. Por un momento, su determinación vaciló.

—No es tan simple...—dijo en un susurro, su voz quebrándose un poco— Me siento perdida. Y no sé en quién puedo confiar. Pato me ocultó información... Si hasta mi novio me engañó y se fue con su amante...

Axel la miró, su expresión suavizándose mientras tomaba su mano con delicadeza.

—No estás sola... —murmuró con sinceridad— Estoy aquí contigo... y honestamente, creo que todos nos sentimos igual. Pero al menos... —hizo una pausa y sonrió— podemos compartir una copa. Si ya todo se va a la verga... que se vaya a la verga.

Sin esperar respuesta, Axel la llevó hacia el jacuzzi, lleno de agua fría por la tormenta. Allí, entre las toallas y el lujo mojado y olvidado, Axel sacó una botella de tequila cristalino de un mueble cercano y la agitó simpáticamente.

Cadáver en las amapolasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora