Clara alzó la vista. El hombre era alto, vestido de oscuro, con las manos en los bolsillos.
—Sí, son veinte mil por un rápido con condón —respondió mecánicamente.
—Pagas por adelantado.
Se guarecieron junto a unos contenedores de basura. Clara apoyó las manos en la pared húmeda y contuvo la respiración cuando él la tomó por la cintura. Solo eran unos minutos, se repetía. Pero entonces sintió el filo helado en su cuello antes que el dolor.
La navaja cortó su garganta con precisión quirúrgica. Clara intentó gritar, pero solo brotó un burbujeo rojo. Su cuerpo colapsó sobre el pavimento mientras el asesino se lavaba las manos en un charco sucio, como quien limpia herramientas después de un trabajo.
A la mañana siguiente, el hallazgo del cadáver de Clara provocó un escándalo mediático. Era la tercera en dos semanas: todas mujeres, todas trabajadoras sexuales, todas adictas. Los titulares lo bautizaron "El Asesino del Callejón".
—¡Es un carnicero! —rugió el ministro de Seguridad, frente a los forenses que no encontraban pistas.
—¡Ni una huella, ni ADN, ni testigos!
El jefe de policía señaló el mapa en la pared:
—Ataca en un radio de cinco cuadras. Conoce la zona.
Mientras, en las calles, las mujeres se organizaban: algunas trabajaban en parejas, otras cargaban gas pimienta. Pero el hambre las obligaba a arriesgarse.
Andrea no usaba crack. Solo marihuana, y solo cuando sobraba dinero después de comprarle comida a su hijo. Esa noche, un cliente de ojos oscuros y manos callosas la abordó cerca de un antro.
—Pago por adelantado —exigió ella, con el corazón acelerado.
El hombre le entregó los billetes con desprecio, como si tocarla lo contaminara. Andrea no vio la navaja hasta que el filo le rozó la mejilla.
—¡No! —gritó, esquivando el golpe mortal. Corrió hacia un bar, con la sangre caliente chorreando entre los dedos.
Su descripción del asesino fue clave: 1.75 m, piel canela, nariz perfilada, cicatriz en el mentón. El retrato hablado circuló en todos los medios.
Mariana, una transexual con diez años en las calles, sabía que era un blanco fácil. Pero esa noche, la voz en el callejón la tentó:
—Quiero joderte por detrás.
Ella rió, ajustándose el vestido:
—Espero que estés bien dotado, cariño.
No sintió el dolor cuando la navaja le abrió la garganta. Pero Mario, un indigente que dormía entre cartones, vio todo.
—¡La mató! —gritó, corriendo hacia la calle principal.
El asesino maldijo y huyó, sin saber que la policía ya lo esperaba.
Alejandro Caballero, de 42 años, fue arrestado a dos cuadras de su apartamento. Llevaba la navaja ensangrentada y guantes de látex bajo los bolsillos.
—¿Motivo? —preguntó el fiscal durante el interrogatorio.
Caballero sonrió:
—Son cucarachas. El mundo está mejor sin ellas.
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Asesinos Seriales
ActionTras estudiar distintos casos de asesinos seriales reales, mi mente ha ido creando escenarios y asesinos ficticios, pero con una crueldad y falta de empatía muy real. Todas las historias que se publiquen en este libro son mías y así mismo sus person...
