Capítulo 11. El Asesino de policías©

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Una noche como cualquier otra, el reloj marcaba las nueve cuando la radio de la patrulla número 320 cobró vida con un mensaje urgente:

—¡Unidad 320! ¡Unidad 320! Se requiere apoyo inmediato en la calle Tres, avenida Nueve, en el centro de la ciudad. Posible asalto en progreso —anunció una voz estática al otro lado de la línea.

El oficial Arnáez, un veterano con más de quince años en el cuerpo, respondió con calma, pero firmeza:


—Aquí el oficial Arnáez, de la unidad 320. Nos dirigimos a la ubicación indicada. Cambio y fuera.

El vehículo patrulla arrancó con un chirrido de neumáticos, sus luces rojas y azules iluminando las calles desiertas. Nadie imaginaba que sería la última vez que se vería a los oficiales con vida.

Casi doce horas después, un transeúnte que pasaba por la zona encontró la patrulla abandonada, sus puertas entreabiertas y el motor aún tibio. Pero lo más inquietante eran las manchas de sangre que cubrían el interior y el exterior del vehículo, como si alguien hubiera limpiado apresuradamente sin poder borrar todo rastro. El hombre, con las manos temblorosas, llamó al 911.

Al llegar al lugar, el jefe del departamento de policía, un hombre de rostro curtido y voz grave, no pudo ocultar su consternación:


—¡¿Qué diablos ha pasado aquí?! ¡¿Dónde están mis oficiales?!

Un agente del equipo de indicios se acercó, examinando el suelo con una linterna:


—No hay rastros de sangre fuera del vehículo, jefe. Solo dentro... como si los hubieran arrastrado.

Los días siguientes fueron un torbellino de interrogantes. Los análisis forenses confirmaron que la sangre pertenecía a los dos oficiales desaparecidos, pero no había rastro de ADN de ningún tercero. Dos semanas después, aún no había señales de ellos.

Esa misma noche, los oficiales Camaño y González, dos compañeros de patrulla conocidos por su eficiencia y camaradería, hacían su ronda habitual por el centro. Para combatir el frío de la madrugada, se detuvieron en un AMPM, donde compraron café caliente y unos emparedados. Mientras comían, la radio volvió a sonar, esta vez con un tono aún más urgente:

—¡Unidad 125! ¡Unidad 125! ¡Reportense de inmediato! Se requiere apoyo en la calle Diez, avenida Uno. Posible ataque con arma blanca contra una mujer. ¡Repito, situación crítica!

Sin pensarlo dos veces, dejaron la comida a medio terminar y partieron hacia la ubicación.

A la mañana siguiente, el jefe Villegas revisaba meticulosamente las bitácoras del turno nocturno. Al notar la ausencia del informe de la unidad 125, su rostro se ensombreció.

—¡Canales! —rugió, haciendo eco en el pasillo de la comisaría.

El oficial Canales apareció de inmediato:


—¿Señor?

—¿Dónde están Camaño y González? ¿Por qué no han reportado su patrullaje?

—No han regresado, jefe. Hemos intentado contactarlos por radio, pero no responden.

Una hora después, la patrulla 125 fue encontrada en un callejón cercano al centro, sus faros aún encendidos y las puertas abiertas de par en par. Esta vez, la escena era aún más macabra: manchas de sangre salpicaban el pavimento alrededor del vehículo, y había claros signos de una lucha violenta.

El jefe Villegas, con el peso de la responsabilidad sobre sus hombros, emitió una orden inmediata: a partir de esa noche, todas las emergencias serían atendidas por al menos dos unidades.

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