Te giraste en cuanto oíste la cortina arrastrarse. Nuestras miradas se cruzaron y el tiempo se detuvo. Tenías los ojos profundos y verdes, la cara pecosa y el pelo largo, rebelde y de un tono rojizo muy especial, como las nubes al atardecer. Llevabas puesta una camiseta de tirantes azul celeste y una falda blanca que te llegaba hasta los tobillos. Estabas sentada sobre una silla de ruedas, garabateando algo en una mesa al lado de tu cama, pero no llegué a ver el qué, porqué cerraste la libreta de golpe. Me sonreíste, y entonces me di cuenta de que las agujas del reloj seguían avanzando. Intenté articular una palabra, pero los sonidos escapaban de mi boca.
– Hola, ¡debes de ser mi nueva compañera de habitación! Chloe, ¿verdad? Yo soy Abril. – Me sonreíste de nuevo, mirándome directamente a los ojos. Desprendías una especie de luz propia.
– Encantada de conocerte, Abril. – Conseguí decir al fin. Te acercaste un poco y terminaste de correr la cortina.
– ¿Por qué estás aquí? – Me preguntaste.
– Pues... la verdad es que ni yo misma estoy segura. No me acuerdo de lo ocurrido los últimos días.
– Bueno, ¿y sabes cuanto tiempo vas a quedarte?
– No... solamente me han dicho que estaré en estado de observación un tiempo, y cuando me recupere del todo me van a dar el alta. – Respondí, y asentiste con la cabeza, pero pude apreciar que tu expresión había cambiado. – Y tú, ¿cuánto tiempo llevas aquí?
– Más del que desearía. – Dijiste en un tono brusco, y comprendí que quizás había hecho mal preguntándotelo, así que traté de arreglarlo cambiando de tema rápidamente.
– ¿Qué es lo que estabas dibujando antes? – Pregunté, y olvidaste por completo lo que había comentado hacía unos segundos. Te sonrojaste y sonreíste tímidamente. Noté que yo también me sonrojaba un poco. Te giraste y abriste la libreta por una página cualquiera, miraste la ilustración un momento y me la diste. Era el dibujo de un prado florido, pintado con acuarelas de unos colores preciosos. Me quedé un rato mirándolo, hasta que te acercaste un poco para que te devolviera la libreta, y yo me incliné para dártela. Nuestras manos se rozaron. Inspiré profundamente; olías a flores.
– Es muy bonito, ¿has pensado en dedicarte a esto? – Te pregunté.
– Sinceramente, es algo de lo que me encantaría trabajar más adelante, pero por ahora está bien tenerlo como hobby. – Me respondiste con dulzura.
Seguimos hablando durante un buen rato. La conversación fluía por sí sola, y no había de esos típicos silencios incómodos que suelen ocasionarse cuando hablas con un desconocido. Entre nosotras había una chispa que nos unía, y las dos lo sabíamos. Nunca antes había conectado con alguien de una forma tan especial.
