II

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La fuga de la boa constrictor le acarreó a Harry millones de pensamientos que perduraron durante toda una semana, cuando consiguió medianamente olvidarlo ya habían comenzado las vacaciones de verano.

Harry se alegraba de que el colegio hubiera terminado, pero no había forma de escapar de sus actividades, responsabilidades y las tareas que su padre le dejaba cuando debía ir a trabajar, manteniendo siempre la mente de Harry ocupada pues él siempre decía que si la mente no se ejercita, perdería su valor.

No se quejaba, por más ilógico que pudiese sonar y teniendo su edad, a Harry no le molestaba hacerlo, primero porque encontraba entretenido intentar resolver los problemas que una mente tan madura como la de su padre le dejaba y eso le hacía sentir la necesidad de demostrar que era capaz y que era suficientemente inteligente para ello y segundo porque siempre se trataban de temas que resultaban interesantes.

Ese día tocaba leer un pasaje de la historia griega y realizar un debido resumen de lo que Harry entendiera.

Era complicado, sumamente complicado porque la historia griega era compleja, muy bien estructurada y una lectura para nada ligera, de hecho, era de las lecturas más pesadas que podían existir pero cuando Hannibal le dejó su primera actividad y Harry no consiguió responder ni entender, Hannibal no expresó nada, contrario a todo, simplemente tomó el cuaderno, lo guardó y eso había sido suficiente para Harry y notar que en silencio lo había defraudado o eso fue lo que el muchacho percibió, prometiendose a sí mismo que la siguiente vez sí lo conseguiría puesto que para Harry, la aceptación de Hannibal era lo que más amaba tener pero mantenerla era difícil si no se lo ganaba. Demostrarle a su padre que Harry era un igual, requería su propio esfuerzo.

Harry pasaba tanto tiempo como le resultara posible fuera de la casa dando vueltas por ahí cuando terminaba sus responsabilidades y pensando en el fin de las vacaciones, en septiembre estudiaría secundaria y, por primera vez en su vida, no iría a la misma escuela a la que iba todos los años, si la suerte seguía de su lado, Harry recibiría finalmente su carta.

—¿Al menos puedo acompañarte? —dijo Harry mientras cerraba su cuaderno antes de que su padre se fuera.

—Hoy no. —respondió—. Tal vez otro día, estos días han sido complicados con mis pacientes.

Harry bufó en silencio y se sentó nuevamente en el escritorio, refunfuñando para sus adentros, no lo diría pero cuando su padre se iba, Harry realmente lo extrañaba aunque fuese un par de horas nada más ya que Hannibal dejó de trabajar en las noches para no estar tanto tiempo fuera de casa.

Una pequeña caricia sobre sus cabellos fue lo que hizo a Harry cerrar sus ojos por unos minutos y ya luego sonreír vencido.

El día pasó completamente tranquilo, ya Harry había comido, se había duchado y en ese momento estaba en el patio de su casa con las últimas gotas de luz que le quedaban al día mientras intentaba mover una hoja sobre el suelo con su magia.

Harry no hacía otra cosa que no fuese mirar fijamente aquella hoja por horas. No se movía, simplemente mantenía la mente sofocada en moverla, pero no sentía frustración ni mucho menos, las veces que había podido lograrlo era bajo la completa tranquilidad, por lo tanto sabía que si perdía los estribos, no iba a lograrlo.

Sin embargo, Harry seguía siendo un niño y después de veinte minutos sin éxito, empezó a frustrarse. Una patada a la hoja fue lo que vino a continuación ligado a que con su enojo, las hojas alrededor dieran un vuelco como si una brisa viniese del ambiente, ni siquiera se lo atribuyó a él mismo cuando escuchó el timbre de la casa.

Sus pasos cortos iban camino hacia la puerta pero no para abrirla, no podía abrirle a nadie cuando su padre estuviese fuera.

—¿Quién es? —Preguntó tornando su voz más gruesa para que así creyeran que la edad de Harry era mayor a la que realmente tenía.

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