Capítulo 5

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Ahí estaba Poseidón, tranquilamente en el Olimpo. Obviamente, no siempre tenía forma de sireno. Esa era una de las ocasiones. Su piel azul se había vuelto una piel pálida, pero no sumamente pálida. Sin embargo, sus ojos seguían igual de azules. Miraba aquel paisaje idílico, lleno de nubes y belleza. Todo iba perfecto, hasta que notó que acababa de aparecer alguien que no debía de estar ahí.

-¿Poseidón? ¿Eres tú?

Se giró. Sus ojos no podían creer quién estaba ahí. Era Kuan Kong, el mismísimo dios de la guerra chino. ¿Qué hacía en el Olimpo? ¿Cómo había llegado hasta ahí? Desde luego, ya no estaba claro ni donde pertenecía cada dios ni donde debían estar cada uno. Era increíble como la globalización había llegado hasta a ellos.

-Sí... Soy yo... -respondió extrañado, con miedo a decir algo que no debiese

-Tu elegida, me pertenece a mí, no a ti- le dijo Kuan Kong, con cara de pocos amigos

-¿Qué? No, perdona. Ha pasado una prueba y tiene sangre griega. Me pertenece a mí- le reprochó Poseidón, sintiéndose insultado

-¿Quiénes no tienen sangre griega con lo promiscuos que sois? Por favor, tienes hijos hasta con tu abuela... -le contestó Kuan Kong, con cara de pocos amigos. ¿Lo peor de todo? Es que razón, no le faltaba.

-Bueno, que hayamos conquistado el mundo... No es mi problema. Es mi elegida y punto. – defendió Poseidón su postura

-Esa chica que has elegido, es una de mis descendientes. No voy a permitir que juegues con ella con tanta facilidad. A diferencia de ti, no tengo tantos hijos. Elige a otra y deja a los míos en paz, Poseidón – le recomendó Kuan Kong, con notable enfado

-¿Y si no qué? ¿Vas a ir a por mí? – vaciló Poseidón, intentando ponerse gallito a Kuan Kong. Sin embargo, él era nada más y nada menos que el dios de la guerra. Ni se inmutó ante la actitud de Poseidón.

-No hará falta. Ya se encargarán mis descendientes de acabar con tu vida.

Por primera vez en todos los siglos que hacía que se conocían, Kuan Kong sonrió. Era la sonrisa más verdadera que había visto Poseidón. Se echó hacia atrás, al ver que lo decía en serio. Había escuchado sobre las guerreras de Kuan Kong, sí, pero esperaba que lo que se decía de ellas no fuese cierto. La sonrisa de aquel dios de la guerra parecía indicar todo lo contrario. Poseidón tragó saliva.

-Ya no puedo cambiarlo. Además, si paramos ahora los juegos, ¿qué pensarán de nosotros? – intentó Poseidón excusarse

-¿Desde cuando os ha importado lo que piensen de vosotros los humanos?

Tras decir eso, Kuan Kong sonrió de oreja a oreja y se desvaneció, dejando a Poseidón un mal sabor de boca. ¿Había sido eso una amenaza? ¿Cuántos dioses habían enfadado con esos juegos? ¿Qué juegos podían diseñar, de tal manera de los descendientes de Kuan Kong no le diesen caza? No sabía como había acabado ahí, pero algo tenía claro. La había cagado, probando a esa escorpio. Sin embargo, al ser descendiente de Kuan Kong, Poseidón pensó que había acertado con ella de lleno. Sería una guerrera disciplinada, correcta, valiente e intrépida. Ganaría los juegos seguros con ella.

En ese mismo tiempo, en la Tierra. Nerea se tiraba un pedo que retumbó por todo el coche, porque, en realidad, no tenía nada de disciplinada, correcta y mucho menos de guerrera. Sibila empezó a reírse a carcajada limpia mientras Rubén miraba asqueado a su hermana.

-Te lo dedico, hermanito, todo para ti

-¿Cómo puedes ser tan guarra con los modales que nos han enseñado?-le preguntó Rubén mientras abría la ventanilla

La elegida de PoseidónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora