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El aire en sus pulmones fue soltado de golpe, totalmente aliviado. Su aliento cálido acarició mi rostro, y entendí que estuvo conteniendo la respiración. Un tierno latido asomó en mi pecho, recordándome que Gabriel estaba demasiado cerca como para estar tan tranquila.
"Dios mío".
Aprovechando que aflojó su agarre, me deslicé lejos de su alcancé, respirando y dándonos tiempo de recuperarnos. Él definitivamente iba a matarme.
— Gracias — murmuró, sosteniendo mi mano entre las suyas, y me dejé. "No huiré de nuevo". Me beneficiaré de estos momentos tanto como sea posible — Esperaré con ansias ese día: las promesas no se rompen — pasó un brazo sobre mis hombros, estrechándome contra él.
"Ignora que no tiene camisa, aunque tu cara esté estampada en su pecho desnudo". Un letrero con las palabras de ánimo «¡Tú puedes!» se alzó con letras rojas, intentando interponerse justo donde mi cara se unía con su calurosa piel pálida.
— ¿Qué eres? ¿Un niño? Las promesas ya no se usan... — me reí de él — ¡Ay, ya para! — otro pellizco.
— Si vas a ser la consejera de un adulto, entonces respeta las leyes de los adultos: las promesas son sagradas. Haz tu parte como se debe — asumí el regaño — Repito, gracias por concederme el honor de saber algún día, el secreto oscuro que tanto temías que yo supiera — se mofó, y el enojo tomó el control de lo que restaba de mi paciencia.
"Con esas estamos, ¿eh?".
— Seh, Seh. Está bien — "La venganza es un plato que se come frío, McGrenne" — Porque el primero no eres — puedo jurar que el horror deformó su rostro, y antes de pararme a sentir culpa, seguí refregando el dedo en la llaga — Ja, si quieres puedes preguntarle a mi mamá. Pero dudo que te diga algo — me mofé en respuesta, levantándome de la cama y caminando hacia la puerta, ante sus ojos desmesurados.
Su voz fue un eco en mis oídos.
— Estás mintiendo — gruñó, cruzando los brazos sobre el pecho.
"Oh, claro que lo hice. Si me hundo yo, nos hundimos todos".
— ¿Qué gano mintiendo, McGrenne? — reí sardónica, viendo como su rostro enrojecía de rabia.
— ¿Cómo te atreves? — susurró, y tuve que hacer un esfuerzo para escucharlo — Tendremos que trabajar en esa actitud: más que mi consejera, pareces mi bully — suspiró.
A mí no me agradaban los bullys, pero si debía ser uno, lo sería con él, y daría todo de mí para ser el más letal.
— Tienes 18 años, supuesto adulto, y te ofendes porque una niña te ocultó un secreto... — tarareé, y sus ojos me escrutaron amenazantes, advirtiendo que no siguiera.
— Ashley — pronunció en clara señal de que debía usar los frenos y dar marcha atrás.
"Lo mejor de todo es que yo no sé conducir". Dedicándole una sonrisa cargada de malicia, comprendí que hay cosas que se heredan, y una de ellas, fue la maldad latente en mi madre en cuanto a jugarle bromas a Gabriel se refiere.
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Ansiedad
Teen Fiction"¿Por qué debía ser así? ¿Se obtendría un buen resultado al intentar forzar la barra? ¿El amor tuvo siquiera oportunidad en esta maldita guerra que estuvimos peleando?"... Al mirar mis manos polvorientas y encarnadas, me percaté de que estaba desalm...
