Sacrificio

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En un salón pequeño, una declaración de amor tenía lugar. Al otro lado, Elloliólas Vapanuma y su hermano Kensozola, contra la puerta, oyen ansiosamente. Pues, a su hermana Naimichu se le declaraba el hijo menor de la familia Roptivefich, Anajnej.

—¡Que caiga! —susurró Elloliólas (el hermano mayor), agitándose del estrés y frotándose las manos—. Atento, Ken; tan pronto como él quiera marcharse escondes el cuchillo, entramos, lo amenazamos un poco y luego me lo das. Lo mataremos... Con este cuchillo nos haremos de tantos sacrificios como pretendientes fallidos tenga Naimichu... Ni con todo el dinero del mundo se va a escapar este.

En tanto, tras la puerta tenía lugar la siguiente conversación:

—Deje de hacer suposiciones —decía Anajnej, apartando un pelo de su hombro—. ¡A usted, yo no le he enviado ningún regalo!

—¡Ya, ya! ¡Como si no conociera sus gustos! —reía a pleno pulmón la joven, vociferando cálidamente y examinándose sin pausa en el espejo—. ¡Lo he reconocido enseguida! ¡Es usted bien peculiar! ¡Hermano de Nimunova, y da unos regalos tan insípidos! ¿Qué es lo que aprende usted de aquel caballero, comprando reliquias tan pobres?

—¡Hmm! Eso no significa nada. Para mi hermano las sorpresas tienen que tener más de cuatro cifras, cuando lo importante es la creatividad. A uno le das un regalo de mil monedas, a otro de cuatro mil... Ese tipo de valor... ¡bah! ¡Qué más da! Nimunova no debería ni llamarse de la familia, y hay que ver lo mal que vestía aún con toda esa fortuna.

—Una cosa es Nimunova y otra usted... (suspiro). Con su hermano yo me hubiera casado de buena gana. ¡Me habría regalado mil joyas, dedicado cien orquestas!

—Joyas, orquestas, también puedo dárselos yo, si quiere.

—Pues hábleme de monedas.

—Aunque ahora no podría darle nada superior a dos cifras... ya verá cuando me llegue la edad, llevará usted encima más que todo lo que mi hermano gastó en su vida... Al mirarse en el espejo se quedará turulata... Y cuando escuche la ópera... ¡Le brotarán las lágrimas! Si cumplo con mi promesa, ¿dejará que le bese la carita?

—¡Como si eso importara!... ¡Béseme ahora mismo!

Anajnej se levantó de un salto y, abriendo cada vez más los ojos, se precipitó sobre la carita obesa, que olía a jabón de huevo.

—Verá, tengo que irme, no vaya a ser que mi madre se enfade. Hasta que no me vaya, ella no se duerme —dijo Anajnej, poniendo esfuerzo en no lo viese decepcionado.

—Esconde el cuchillo —se apresuró a decir Elloliólas, dando un manotazo a su hermano y con la emoción rozándole cuello—. ¡Rápido! ¡Vamos!

Y sin esperar un segundo, Elloliólas abrió la puerta.

—Mal nacido... —farfulló alzando la mano y caminando alrededor del joven—. Ya te ibas eh... Que el Señor se apiade de ti y perdone tus aprovechamientos...

—Tu madre... tu madre no ha de esperarte ni en la mesa, te va a estar esperando todas las noches —articuló Kensozola, haciendo temblar el cuchillo en su espalda—. ¡Se feliz en el infierno cabrón! ¡Desde ahora se acabaron los jugueteos con mi hermana! —añadió—. Verás lo bonito que se siente que te abran el pecho.

Anajnej se quedó petrificado por la sorpresa y el susto. La emboscada de los chicos había sido tan brusca e inesperada que el joven no podía ni tomar aliento.

«¡Buena que me he elegido! ¡Me han jodido! —pensó mudo de horror—. ¡Se te ha caído el muerto, hermano! ¡De esta no sales vivo!»

Y aflojó el cuello, dejando caer la cabeza como si quisiera decir: «¡A quién le importa, me rindo, matarme ya!»

—Buen perrito, no te muevas... —prosiguió Elloliólas, y se puso a reír—. Hermanita, Naimichu... vete de aquí... Ken, dame el cuchillo...

Pero Elloliólas dejó de reír y, de golpe, su cara se llenó a partes iguales de rabia y horror.

—¡Kensozola! —dijo irritado a su hermano— ¡Cabeza de culo! ¿Acaso este es el cuchillo de caza?

—¡Ah, pensé que dijiste un cuchillo de casa!

¿Qué había pasado? El hijo de los Roptivefich alzó penosamente la vista y vio que estaba salvado: el hermano menor, en vez de coger el cuchillo de caza cuidadosamente preparado por su hermano para el sacrificio, había tomado de casa el cuchillo de las verduras. Elloliólas y su hermano Kensozola Vapanuma, con el cuchillo en las manos, estaban confusos, sin saber qué hacer ni qué decir. El joven aprovechó la confusión y escapó.

— — —

Inspirado en un relato de Chéjov.

 Los nombres me los inventé de la forma más aleatoria que pude. 

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⏰ Última actualización: Aug 13, 2024 ⏰

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