Yo parecía estar sentada a la orilla de un muelle, sumergiendo la punta de los dedos de mis pies en el agua. Observando la cálida noche que daba el valle en el que estaba y la enorme y brillante luna. Era hermoso. De la nada salió él. Se sentó a mi lado y tomo mi mano, con ternura. Nos mirábamos fijamente a los ojos. Me encantaba mirarlos. De repente con un movimiento rápido, llevó sus labios hasta juntarlos con los míos. Pronto nuestros labios ya se entrelazaban. Sujeté fuerte su mano, que aún no me soltaba. Despegamos nuestros labios para juntar nuestras frentes. Ambos con los ojos cerrados. Disfrutando la presencia el uno del otro. Sonó el despertador.
Era imposible quedarse dormido con una alarma tan escandalosa. Una hora más tarde ya estábamos en el aula, después de haber estado unos minutos buscando la correcta. Había varios chicos y chicas dentro, platicando o haciendo cualquier otra cosa. Los observé a todos; no había nadie que hubiese visto antes en el auditorio. Miré mi reloj. Eran casi las ocho con diez minutos, el timbre de entrada ya había sonado y el profesor aún no llegaba. Veía ansiosa la puerta, que aún se encontraba abierta. Vi pasar un par de chicos y luego a... al chico de la cafetería y el auditorio. Entró al aula que se encontraba del otro lado del pasillo. Justo después llegó el maestro. Se presentó como el profesor Benson: matemáticas. Comenzó a explicarnos acerca de la forma de trabajo que llevaríamos durante todo el año escolar. Hablaba y nos trataba diferente a como lo hacía Rita cuando me daba clases. Yo solo intentaba adaptarme y no verme como un bicho raro. Aunque no dejaba de pensar en que "mi chico" estaba en el aula de en frente. Sonó el timbre de cambio de clase. El profesor salió del salón y todos detrás de él a tomar un poco de aire y despejarse. Yo no. Él en serio me ponía muy nerviosa. Yo preferí ir a ver por la ventana. El cielo estaba particularmente hermoso ese día. Entró la siguiente profesora. Timbraron. Salió. Y así por el resto del día. Era ya la salida.
-Deberíamos ir por algo de comer ¿no?- dijo Naiara.
-Vamos- respondió Zoé.
Yo iba callada. Aún a distancia pude verlo comprando en el carrito de sándwiches al que nos dirigíamos.
-Creo que voy a beber algo de agua, adelántense- les dije.
Me dirigí a los bebederos, sin dejar de mirarlo de reojo. Me detuve a tomar agua y recuperar el aliento. Unos segundos después escuché:
-Hola.
-Hola – dije mientras me daba la vuelta. Era él.
-Creo que no tuvimos la oportunidad de presentarnos en la cafetería- me sonrió. Me quedé pasmada. No sabía qué hacer o qué decir. – Me llamo Christian.
Estiró su mano para estrecharla con la mía.
-Ke... Kenia.
-Mucho gusto Kenia-. Se oía tan bien mi nombre dicho por él.-¿Estás bien? Te diste un buen golpe.
-Sí, sí. Y gracias por ayudarme-. Aún no soltaba mi mano.
-¿Tardarás mucho?- interrumpió Zoé. Ambos reaccionamos a su voz, me soltó.
-No. Ya iba con ustedes.
Ella se fue. De nuevo estábamos los dos solos, en silencio. Mirándonos.
-¿Tienes que irte?- preguntó Christian.
-Eso temo. ¿Nos vemos después?
-Cuando quieras.
Salí de ahí casi corriendo. En realidad me sentía muy nerviosa. Seguramente parecía un jitomate de lo roja que estaba. Naiara soltó una carcajada al verme.
-Debiste haber visto tu cara, parecía que habías visto un fantasma-dijo.
-¿En serio?
-Bastante en serio. ¿Tan así está la cosa?
-¡Perdón! No puedo evitarlo-. Hice una pausa. Dejé salir un suspiro. –Christian...
-¿Christian? ¿Ya se presentaron? Perfectoooo. ¿Él contigo o tú con él? ¿Qué te dijo? ¿Cómo te lo dijo?
-Hey, tranquila. Les contaré.
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Un minuto de silencio.
Romansa"Las historias de amor se escriben sin saber qué se va a decir y se terminan sin saber qué se ha dicho". (Jean J. Rousseau)
