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Había pasado una semana desde que James comenzó a acercarse más a Regulus. Los primeros días fueron inesperados para Regulus, quien seguía esperando que el pirata revelara su verdadera naturaleza en cualquier momento. Sin embargo, James se había mostrado sorprendentemente atento, casi como si intentara conquistar su confianza.

Cada mañana, James aparecía en la puerta de la habitación de Regulus con algún tipo de detalle: una bandeja de desayuno más elaborada que la anterior, un libro que sabía que a Regulus le interesaba, o alguna prenda cómoda para que no tuviera que seguir vistiendo las mismas ropas. Incluso se había encargado de decorar un poco más el cuarto con algunos objetos personales que él mismo traía del barco. Regulus, aunque receloso, no pudo evitar sentirse más cómodo con el paso de los días.

James lo llevaba a pasear por la cubierta, mostrándole el vasto mar y hablándole de las aventuras que había vivido. Los diálogos eran sencillos, pero siempre quedaba una sensación extraña en el aire, como si James estuviera ocultando algo tras esa máscara de amabilidad.

Una tarde, mientras el sol se ocultaba en el horizonte, James le trajo una copa de vino a Regulus y se sentó junto a él en la pequeña mesa del cuarto. Regulus aceptó la copa con cierta desconfianza, pero la conversación que siguió fue sorprendentemente relajada.

—¿Alguna vez habías visto una puesta de sol tan hermosa desde el mar? —preguntó James, mirándolo de reojo.

—No, no he tenido el placer —respondió Regulus, su voz baja pero honesta. Nunca había sido alguien que apreciara esos detalles de la vida, su educación siempre había sido demasiado rígida para darle espacio a esos momentos de tranquilidad.

James sonrió, como si hubiera logrado un pequeño triunfo en esa respuesta. Se reclinó en su silla, disfrutando del silencio entre ambos. Parecía estar calculando cada movimiento, cada palabra, pero lo hacía de manera tan sutil que Regulus no podía estar seguro de si todo era una fachada.

Con el paso de los días, James comenzó a ser más cercano, a invitar a Regulus a compartir más momentos juntos. No sólo hablaban, sino que también hacían actividades pequeñas, como leer en silencio en el camarote de James o incluso enseñarle algunos juegos de cartas que le gustaban.

Regulus, por su parte, comenzó a bajar sus defensas. No podía evitar pensar que James estaba cambiando. El hombre que lo había secuestrado y llevado a este barco comenzaba a parecer menos monstruoso, y más… humano. No había habido más amenazas, ni castigos. Incluso cuando cometía errores o era torpe, James se lo tomaba con calma, lo que confundía a Regulus. Tal vez, pensaba, había juzgado mal a James desde el principio.

Una noche, después de cenar juntos en la cabina, James lo miró con una sonrisa satisfecha mientras se servía un poco más de vino.

—¿Sabes? —dijo James, con tono casual—. Nunca pensé que podríamos pasar tiempo así, tú y yo.

Regulus lo miró, sintiéndose ligeramente incómodo por la cercanía que habían desarrollado.

—Tampoco yo lo esperaba —admitió, tomando un sorbo de su vino, aún desconfiando de las intenciones de James—. No pensé que fueras capaz de… esto.

James arqueó una ceja, divertido.

—¿De qué? ¿De ser amable?

Regulus apartó la mirada, sin querer admitir que eso era precisamente lo que había pensado. James siempre había sido alguien a quien temer, alguien impredecible, pero en los últimos días, parecía casi un caballero. Era extraño, pero Regulus comenzaba a sentirse confundido por las señales que James le enviaba.

—No sé qué esperabas de mí, Regulus —continuó James, inclinándose un poco hacia adelante—, pero estoy dispuesto a demostrarte que no soy lo que piensas.

the kidnapped prince regulus black Donde viven las historias. Descúbrelo ahora