Capítulo 3: La Rutina del Desgaste

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Cada mañana es lo mismo. Me despierto con el sonido del despertador, pero el verdadero ruido está dentro de mí. Esa ansiedad que me devora desde el momento en que abro los ojos. El pensamiento de tener que levantarme, vestirme y enfrentar un día más en ese lugar me pesa como una losa en el pecho. Siento como si el aire en mi habitación fuera más denso, más pesado. ¿Cómo llegué a esto? ¿Cómo puede alguien llegar a odiar tanto su vida cuando tiene "todo"? Porque eso es lo que todos piensan de mí. Tengo un trabajo, un techo, una familia, un novio maravilloso... ¿Por qué entonces siento este vacío tan profundo?

Cada vez que pienso en el trabajo, me siento estúpida. Como si no sirviera para nada más en la vida. Cuando tenía dieciséis, me imaginaba a los veinte años siendo exitosa, feliz, viviendo mis sueños. Pero la realidad me cacheteó fuerte. Nada de lo que soñé se ha cumplido. Y ahora, solo soy una chica atrapada en un trabajo que odio, en una ciudad que no siento mía, en una vida que parece no tener rumbo.

Ese desgraciado de Raúl... Él lo ha hecho todo peor. Siempre está ahí, vigilando, esperando que cometa el más mínimo error para ir corriendo a la jefa. Insinúa que llego tarde cuando en realidad siempre cumplo con el acuerdo: entre las 8 y las 9. Él llega a las 7:30 solo para hacerme quedar mal, y la jefa, aunque nunca lo dice, parece darle la razón. Ahora todos creen que soy floja, que no hago nada. Me saturan de trabajo como si fuera mi castigo. Tareas que parecen interminables, una montaña que nunca deja de crecer. Raúl lo hace a propósito, lo sé. Quiere que no tenga ni un momento para respirar, ni siquiera para ir al baño. Me siento una prisionera, y lo peor es que me estoy acostumbrando a esto.

Todos los días es lo mismo: llego, me siento en mi escritorio, finjo que no me afecta. Pero cada tarea que me dan es una puñalada más. A veces me pregunto si de verdad sirvo para algo o si Raúl tiene razón al pensar que soy inútil. Cada día que pasa me siento más pequeña, más insignificante. Y cada día que pasa, pierdo más de mí misma. Ya no sé quién soy.

Pero entonces suena mi teléfono. Es Pablo. "Te voy a visitar en un rato", me dice con esa voz que me calma, que me devuelve a la realidad, aunque sea por un momento. La angustia se desvanece un poco. Me alegro, sonrío por primera vez en todo el día. Me levanto del escritorio, termino la última tarea apresuradamente y salgo del trabajo, sintiendo un pequeño alivio.

En casa, me arreglo con prisa. Me pongo algo cómodo, pero que me haga sentir bien. Pablo siempre logra sacarme de este agujero por unas horas. Me promete que hoy nos relajaremos, fumaremos un poco, hablaremos. Y por un momento, todo parece bien. Me invade una sensación de alivio, de dopamina pura. Cuando él llega, nos sentamos juntos, prendemos un cigarro, luego otro. La nube de humo cubre mis preocupaciones. No importa el trabajo, no importa Raúl, no importa nada cuando estoy con él. Nos reímos, hablamos, todo parece más simple.

Pero sé que esa sensación no durará. La dopamina se irá. Y cuando llegue la noche y me acueste en la cama, la ansiedad volverá. Porque mañana es otro día en esta vida, otro día en ese trabajo, otro día en el que siento que me estoy perdiendo a mí misma. Y no sé cuántos días más podré soportarlo.

El Eco de los planes perdidosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora