Capítulo 1

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La tensión en la habitación se sentía tan densa que parecía difícil respirar. La mirada del Señor Jeon, oscura y amenazante, estaba fija en mi hermana. Dejé caer el sexto de ropa con un ruido sordo, pero lo único que escuchaba era el latido de mi corazón. Mi hermana lloraba a unos metros de distancia, su voz entrecortada resonaba como un eco que no podía ignorar.

—Señor Jeon, suéltela —dije, mi voz temblaba, pero no retrocedí. Di un paso hacia adelante, sabiendo que tenía que hacer algo.

Me arrodillé, desesperada, tratando de contener el miedo que amenazaba con paralizarme. No podía dejar que mi hermana sufriera más.

—Por favor, a ella no le haga nada —mis palabras apenas fueron un susurro, una súplica que sabía que él disfrutaría ignorar.

El Señor Jeon se detuvo, su rostro cruel se torció en una sonrisa desdeñosa mientras se giraba hacia mí, lentamente quitándose el cinturón.

—¿Quién eres tú para decirme qué hacer? —Su voz era baja y peligrosa, con esa calma que siempre precedía algo peor.

Cerré los ojos, sabiendo lo que venía. Sentí el aire cambiar a mi alrededor cuando él levantó el brazo, preparándose para descargar el golpe. Me encogí, esperando el impacto, pero... el golpe nunca llegó.

—¡No te atrevas a tocarla, Kook! —Una voz grave e intensa rompió el aire como un trueno.

Abrí los ojos de golpe y vi, justo frente a mí, a un muchacho pálido como una hoja de papel. Su expresión era gélida, sus ojos ardían de furia contenida mientras agarraba firmemente el brazo del Señor Jeon.

—No te metas, Yoongi. Esta es mi casa, y aquí mando yo —gritó el Señor Jeon, furioso, intentando zafarse.

Mi hermana, aprovechando el caos, corrió hacia mí y tiró de mi brazo, su rostro pálido y lleno de terror.

—Vamos, Jaspe, ¡corre! —me susurró con urgencia.

No necesité que lo repitiera. Mis piernas, temblorosas, reaccionaron al fin. Nos lanzamos por el pasillo, nuestros pasos resonaban mientras el aire en mis pulmones se sentía insuficiente. Llegamos a nuestra habitación, cerramos la puerta de golpe, y me dejé caer al suelo, jadeando, tratando de controlar mi respiración agitada.

—¿Qué vamos a hacer...? —pregunté, mi voz apenas en un susurro, mientras los ecos de la confrontación seguían resonando en mi mente.

—No sé, pero tengo miedo —me susurra mi hermana, su voz quebrada mientras me envuelve en un abrazo. Siento sus manos temblar sobre mi espalda, y aunque intenta calmarme, puedo sentir su miedo mezclado con el mío. El silencio de la casa es opresivo, solo interrumpido por nuestras respiraciones agitadas y el eco de los gritos que aún resuenan en mi mente.

¿Cómo llegamos a esto? Cada vez que cierro los ojos, lo revivo. El día en que creí que esta casa sería nuestra salvación, un refugio de todo lo que habíamos perdido. Ahora, cada día aquí parece una sentencia. Si lo hubiera sabido... Dios, si lo hubiera sabido, habría buscado otra forma, cualquier otra forma, menos esta.

Nuestros padres fueron asesinados, brutalmente arrancados de nuestras vidas. No puedo sacarme de la cabeza la imagen de aquella noche, los gritos, el caos. Mi padre, siempre metido en malos negocios, creyó que podía salirse con la suya una vez más, pero esta vez no hubo escape. Mi madre... ella también pagó el precio, no solo con su vida, sino con el dolor que vi en sus ojos en sus últimos momentos.

Recuerdo haber corrido, mi corazón latiendo con tal fuerza que pensé que explotaría. Mi único pensamiento era salvar a mi hermana. Solo a ella. Nada más importaba en ese instante. Pensé que, si al menos ella estaba a salvo, todo lo demás podría solucionarse después.

El Lenguaje de las FloresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora