No supe en qué parte del jardín estaba, pero las luces de Navidad en los árboles le daban un aire casi mágico al lugar. Era tranquilo, demasiado tranquilo para todo lo que sentía en ese momento. Me senté en una banca y revisé mi tacón roto. "Pero si estaban nuevos," murmuré, frustrada. Sin embargo, ese pequeño disgusto se desvaneció en el momento en que un aroma conocido me golpeó, uno que me resultaba demasiado familiar: el olor a cigarrillo. Lo reconocí de inmediato. Era el mismo que impregnaba la casa del señor Jeon. La nostalgia me recorrió como un relámpago, y, sin darme cuenta, sonreí al recordar cómo siempre estaba de mal humor. "¿Seguirá igual de gruñón?" pensé, sin poder evitarlo.
—Una señorita como tú no debería estar sola por estos lados —la voz grave de un hombre rompió el silencio, y mi cuerpo se tensó al instante.
Mi corazón comenzó a latir frenéticamente. Esa voz... No necesitaba voltear para saber quién era.
—Se... señor Jeon —traté de decir, mientras lo veía recostado en uno de los árboles. No lo había notado ahí hasta ese momento, pero ahora su presencia llenaba cada rincón de mi espacio.
—No me llames señor. Ya no sirves para mí —respondió con esa frialdad característica, exhalando una bocanada de humo que flotaba entre nosotros como una nube cargada de tensión.
Sentí un nudo en la garganta. Cada palabra suya, cada pequeño gesto, parecía querer hacerme recordar que, para él, yo no era más que una sombra de lo que alguna vez fui en su mundo.
—Así que te fuiste con Yoongi. ¿Qué tal tu nueva vida? —preguntó, su voz cargada de sarcasmo, sin siquiera mirarme.
No sabía qué responder. El nudo en mi garganta se hacía más grande, sentía la sensación abrumadora de estar atrapada entre dos mundos. Yoongi, tan dulce, tan protector. Y Jeon... tan peligroso, tan intenso. Su presencia me afectaba de una manera que no podía describir, una mezcla de rabia, atracción, y algo más oscuro que no entendía.
—Tengo que irme —logré decir al fin, con la voz apenas audible. Mi mente me decía que huir era la mejor opción, pero mi cuerpo no reaccionaba igual. Estaba paralizada.
—Jaspe, ese vestido... Sabía que Yoongi escogería algo bonito para ti, pero yo habría elegido uno mejor. El rojo te queda bien, pero tu verdadero color... —hizo una pausa, sus ojos oscuros finalmente se posaron sobre mí— es el azul.
Lo miré, confundida, pero antes de poder preguntar a qué se refería, lo vi botar su cigarrillo y apagarlo con la suela de su zapato, como si fuera lo más insignificante en ese momento. Luego, empezó a caminar hacia mí, despacio, con ese paso seguro que siempre me hacía sentir pequeña. Mi corazón latía tan fuerte que creí que él podría escucharlo. No sé si era el miedo, la rabia, o la extraña atracción que siempre sentí por él lo que me tenía tan inmóvil, pero no podía dejar de mirarlo.
Dios, se veía tan atractivo. Su camisa estaba medio desabotonada, dejando al descubierto parte de su pecho, y las mangas arremangadas hasta los codos mostraban los tatuajes de su brazo. Cada paso que daba hacia mí era como un latido de algo prohibido que me atraía sin remedio.
—¿Por qué huyes de mí, Jaspe? —su voz era suave ahora, pero en esa suavidad había una amenaza velada, algo que me ponía aún más nerviosa—. No tienes por qué correr, no te voy a golpear, ya no...
—Yo no... no estoy huyendo... —intenté decir, pero la verdad era evidente en mi respiración agitada, en cómo apretaba mis manos sobre mi regazo.
Él se inclinó para quedar a mi altura. Sus ojos se clavaron en los míos, y su proximidad me hizo sentir atrapada entre el deseo de gritar y el impulso de acercarme más. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, podía ver la forma en que sus ojos recorrían cada centímetro de mi rostro, como si quisiera leer cada uno de mis pensamientos. Y entonces, sin previo aviso, sus dedos rozaron mi mentón, levantándolo con una firmeza suave.

ESTÁS LEYENDO
El Lenguaje de las Flores
FanficJaspe descubrirá que a veces, el pasado florece en los lugares más inesperados, y que la verdadera fortaleza está en las raíces que nunca dejamos ir.